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Barceloneando

El Mies es mucho

Ni me acordada de que Barcelona tiene esa obra de arte, el pabellón de Mies van der Rohe

Javier Pérez Andújar

 El pabellón Mies Van der Rohe. 

 El pabellón Mies Van der Rohe.  / FERRAN NADEU

Me pasé el día esperando que fuera la noche para visitar los museos; así que como por la tarde no podía más me metí en el CCCB con mi mujer a ver el documental sobre el pabellón de Mies van der Rohe. Ni me acordaba de que Barcelona tiene esa obra de arte. No me acordaba pero sí lo recordaba. Me acordaba como nos acordamos de los sueños. El docu se titula 'Mies on Scene. Barcelona in two acts', está dirigido por Pep Martín y Xavi Campreciós y lo pasaron dentro del festival DocsBarcelona.

Es culpa de la globalización, de los monopolios. Llevamos tanto tiempo repitiendo sin parar la palabra Gaudí, que ya no atinamos a decir otra cosa. Nos alimentan con monocultivos, nos politizan con monotemas. Aspirando a que seamos todos iguales, solo hemos conseguido que sea igual lo que nos rodea. Demasiado igual. Asfixiantemente igual. ¿Recuerdan la conspiración de los iguales de Babeuf? Entonces la mayoría de nosotros éramos muy pequeños; pero la revolución Francesa ya había mostrado su lado oscuro. Hoy somos una época envejecida, han sucedido muchas cosas desde entonces. A ver si llegan nuevos tiempos de una vez.

Llevamos tanto tiempo repitiendo sin parar la palabra Gaudí, que ya no atinamos a decir otra cosa

De los iguales de Babeuf, que aspiraban a la igualdad perfecta, nos fuimos a los iguales de la ONCE. Pero ambos iguales están en desuso, me refiero a la palabra. Aunque en el caso del revolucionario francés el olvido es absoluto. La primera vez que leí su nombre fue en una columna de Haro Tecglen. Los periódicos son transmisores de pasión. Salen a vivir cada día pero sucumben, y lo intentan al día siguiente, y así para siempre. Nacen y mueren en las aceras, en las barras de los bares. Son lo más parecido a la gente. Nadie como John Berger, el crítico de arte, el escritor, ha explicado en qué consiste esa resignación, ese pacto cotidiano con el fracaso de los sueños. Está en su artículo sobre Manhattan, en el libro 'El sentido de la vista'. Lo vio en las caras de los habitantes de Nueva York. Esas gentes han llegado allí en busca de sus sueños, y la mayoría sabe que nunca va a conseguirlo; pero da igual, tienen inoculadas la expectativa, la ilusión, y se lanzan “a verse diariamente traicionadas por sus propias esperanzas”. Eso forja carácter, da pragmatismo, da ironía.

En los días de Babeuf la ironía estaba proscrita. Las épocas de fe ciega son contrarias a la sonrisa, solo cabe en ellas lo excesivo, el llanto o el sarcasmo. Los tiempos de los creyentes han llenado las plazas de hogueras y guillotinas. No creer en nada para no hacer daño, a esto le llamaron posmodernidad en los departamentos universitarios; pero era algo mucho más antiguo. Babeuf y sus iguales acabaron con la cabeza cortada igual que se corta en la calle un cupón de los iguales.

No hay maldito al que no le lleve una flor, y por eso no paré hasta que encontré 'La conspiración de los iguales', la novela que dedicó a la gesta de Babeuf el escritor bolchevique Ilyá Ehrenburg, corresponsal de prensa en la España de la Segunda República (creo que yo aun pertenecería más a esta, que a una tercera si llegara). Ramón Gómez de la Serna fue amigo de Ehrenburg y en un retrato literario que le dedica cuando ya todo había muerto baña su amistad en arrepentimiento y termina pidiendo “desmemoria”. Lo escribió en una época en que se leía entre líneas y se hablaba con la boca pequeña. Ahora hablamos a voces y leemos al pie de la letra, que es lo más parecido a leer con los pies.

Seguimos viviendo en un país donde nunca se pregunta nada. Hoy ya no se pregunta ni en las ruedas de prensa

En el docu sobre la obra de Van der Rohe salen varios expertos, y además un filósofo prodigioso, Rubert de Ventós, y un escritor aún más literalmente prodigioso, Eduardo Mendoza, pues en 'La ciudad de los prodigios' (y en 'La verdad sobre el caso Savolta') ha novelado los tiempos en que se construyó por primera vez el pabellón. Un filósofo y un escritor no necesitan ser expertos sino sabios, y por eso estaban allí. Mendoza explicó que uno de los rasgos inconfundibles de Mies van der Rohe era su gusto por los voladizos, y me vino a la cabeza la antigua fotografía de Hergé con una gorra de visera, y así creí entender por qué una época va a llenar de voladizos las cabezas y las fachadas, y también me pareció comprender por qué la arquitectura de Van der Rohe y la línea clara son contemporáneas. Tras la proyección se dio paso al turno de preguntas. La gente intervino poco pero muy bien. Seguimos viviendo en un país donde nunca se pregunta nada. Eso lo vi, y también aprendí a comportarme así, de niño en el colegio y así siguió hasta acabada la universidad. Cuando durante el franquismo crepuscular Maux Aub vino a España de visita, sin dejar de ser preso de su exilio, escribió un libro muy amargo que se titula 'La gallina ciega'. Trata de todo lo que encontró y de todo lo que ya no había, y tiene un párrafo donde cuenta que la gente no pregunta en público porque la dictadura es el miedo a significarse. No es temor de hacer el ridículo sino miedo al poder. Hoy ya no se pregunta ni en las ruedas de prensa. Bueno, siempre hay alguien que se atreve. Está en el Evangelio de Lucas: la mies es mucha; pero los obreros pocos.

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