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CENSO DE SINTECHO

La batida solidaria

Un millar de voluntarios recorren todos los rincones de la ciudad en buscar de personas durmiendo al raso

Óscar Hernández

Uno de los sintecho que encontró uno de los equipos de voluntarios desplegados en el Eixample.

Uno de los sintecho que encontró uno de los equipos de voluntarios desplegados en el Eixample. / FERRAN NADEU

Piso de tres habitaciones en Poble Sec. 45 metros cuadrados. 195.000 euros. El anuncio cuelga en el escaparate de una inmobiliaria de la calle de Consell de Cent, muy cerca del parque de Joan Miró. A apenas dos metros, duerme un sintecho, pegado a la persiana de un local. Es el tercero detectado en la batida de un grupo de cinco voluntarios en una zona de 12 manzanas. Es uno de los 287 equipos que peinan la ciudad en busca de personas durmiendo al raso. 

La operación comienza a las diez de la noche. Los voluntarios, movilizados por las 38 entidades que integran la Xarxa d’Atenció a Persones Sense Llar, llegan a 13 puntos de encuentro repartidos en los diez distritos. Desde colegios a parroquias. Allí hay alimentos y bebidas, mesas y sillas, las credenciales para salir a patrullar, mapas detallados de sus zonas y las listas de los equipos que formarán y quiénes serán sus responsables.

Sin molestar

En el comedor social de la calle de Consell de Cent, 116, hay un centenar de voluntarios. La mitad de ellos son nuevos, el resto repetidores. Cada año, en mayo, realizan la misma operación. Esta se llama Recompte 2018. Cada coordinador explica qué calles van a rastrear y cómo se tienen que comportar. "Para todas las personas que duermen en la calle el espacio público es su lugar de intimidad y hay que respetarlo. Solo tomaremos algunos datos, pero sin molestarles", explica Maite Mauricio, de la cooperativa Soara.

Juan López, publicitario, de 65 años; su hija Alba, de 29, trabajadora social de Cáritas; Mariano González, de 41, y Mónica Galcerán, de 46, trabajadora de una oenegé, salen juntos y comienzan a andar hacia su zona, un rectángulo de 12 manzanas colindante con el parque de Joan Miró. "Al parque no entraremos porque eso lo hacen otros voluntarios acompañados de personal de Parcs i Jardins", aclara Galcerán, que lleva el mapa impreso en una hoja y va marcando con un bolígrafo los portales recorridos.

"Yo vivo en este mismo barrio y sé dónde suele dormir gente. Pero nosotros no podemos entrar", explica López. Su hija, trabajadora social, dice que ella esta noche dormirá menos pero a gusto. "Todos tenemos que colaborar", afirma. 

El grupo va recorriendo las típicas calles del Eixample, con mucha más vida que la esperada a las 12 de la noche gracias a los numerosos bares que permanecen abiertos y a la temperatura veraniega, 20 grados. Diputació, Entença, Gran Via, Vilamarí, Llançà… Al principio no se ve a nadie durmiendo en la calle. Ni tan siquiera en los recovecos del complejo comercial  de Les Arenes. «Aquí no entran porque no les dejamos. Y por fuera, solo a partir de  la una de la madrugada empiezan a colocarse. Aún es pronto», dice un vigilante.  Dicho y hecho. A la una llegó uno. Así hasta seis en las diez manzanas rastreada. Eligen sitios ni muy iluminados, ni muy oscuros. Una cierta visibilidad da seguridad. Pero hay que tener el ojo preparado para verlos, discretos, estirados en el suelo. La mayoría cogerán sus cosas al amanecer y desaparecerán. 

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