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Mercado barcelonés

Los comerciantes de Sant Antoni ultiman la gran mudanza

Tras ocho años de reformas, algunos vendedores con larga trayectoria en el mercado explican desde la carpa provisional sus historias e ilusiones

Patricia Castán

Los comerciantes de Sant Antoni ultiman la gran mudanza

JOAN CORTADELLAS

Preparados para la gran mudanza

LAURA MINYONET

FRUTA Y VERDURA

Cuatro generaciones de payeses y vendedores

Laura Minyonet en su tienda de frutas y verduras / JOAN CORTADELLAS

Sant Antoni es territorio de estirpes de comerciantes. Rompe la teoría de que muchos jóvenes reniegan de su herencia comercial porque se trata de una profesión de horarios dilatados y sacrificada. Valga el ejemplo de Laura Minyonet, que lleva 14 de sus 33 años tras el mostrador junto con su hermana Mireia. Son la cuarta generación de una familia que fusiona convenientemente el trabajo de campo con la venta de ese fruto de la tierra. Su padre, Pere Ros, y su tío siguen cultivando -siete días por semana- sus huertos en el Parc Agrari del Baix Llobregat y adquieren lo que no pueden cosechar en Mercabarna.

Estos horticultores presumen de las mejores alcachofas, que tienen enganchados a muchos compradores. Laura adoraba el viejo mercado, donde de pequeñita ya se afanaba por despachar. "Era un espacio mágico, parecía un pueblo dentro de la ciudad", rememora. Aunque es consciente de que en los últimos tiempos estaba obsoleto y deteriorado. Le apena la pérdida de volumen de vendedores, ya que la oferta se ha reajustado a una demanda más realista, en una ciudad llena de supermercados. Ahora vive con enorme emoción un traslado que les permitirá ampliar un poco su puesto e incorporar algo de producto de cuarta gama (manipulado), desde ensaladas a zumos de presión fría. Puntualiza, eso sí, que lo que más le gusta y sigue siendo prioritario es atender y asesorar al cliente de producto fresco. Y más en tiempos en los que el producto de proximidad está especialmente valorado por los consumidores. ¿Qué opina de una posible invasión turística? Es consciente de que el mercado atraerá más público, y habrá que domesticarlo.

AGUSTÍ COLÀS

MODA DE SEÑORA

45 años despachando en la calle

Agustí Colàs, en su puesto de los Encants de Sant Antoni. / JOAN CORTADELLAS

Un joven Agustí debutó con 18 años vendiendo moda por puro amor a un oficio que no heredaba. Para hombre, mujer y niño, ofrecía género variado y primaba ese trato personalizado que tanto gusta en el comercio de barrio. 45 años después, el vendedor y su esposa se han especializado en ropa clásica de señora y pueden jactarse de atesorar una clientela fiel y agradecida. Cuenta que muchas compradoras han estado ante su mostrador durante décadas, hasta su muerte. Algunas hijas de aquellas han ido tomando el relevo, se congratula.

Toda una vida le une al mercado de Sant Antoni, del que además es vecino y que ha visto evolucionar. Recuerda que como vendedor debutó bajó un toldo de madera en la calle de Urgell, luego estuvo bajo las estructuras exteriores de Borrell y tras algunos movimientos más ahora está provisionalmente instalado en las de Tamarit, siempre a la intemperie. Aguantando frío en invierno y calor en verano. Pero siempre procurando un espacio de probador y otras atenciones.

Agotado tras las duras obras, que también han afectado al flujo de paseantes y compradores, encarrila con la ilusión de un niño pasar al mercado cubierto: más confort para sus compradores, más espacio para el género. Y para crecer, ya que contarán con cuatro números y podrán ampliar su oferta y destinar parte de su lineal a moda más joven. Ha diseñado su coqueto puesto con espacio para lucir prendas en la cristalera exterior y para trabajar a gusto. La mudanza final de género se ejecutará en poco más de tres días, de la tarde del 19 de mayo al 22. Con los nervios casi de aquel primer día, pero la fuerza que aporta la veteranía.

JOAN ANGLADA

CARNICERÍA

Una familia ligada al mercado hace 134 años

Joan Anglada, en su carnicería de la carpa provisional de Sant Antoni. / JOAN CORTADELLAS

Los primeros documentos que les ligan a Sant Antoni datan de 1884, solo dos después de su apertura. Joan Anglada dibuja la sexta generación de este clan de carniceros, que también tuvo una tienda en la calle de Urgell, muy popular en el barrio. Toda una tradición que ahora lleva en solitario, ya que es pronto para saber si su prole le seguirá. No oculta que es una tarea es dura y exige mucha entrega y vocación. La mayor parte de los días se levanta a las cuatro de la mañana, siempre está atento al negocio y no es raro acabar de recoger pasadas las nueve de la noche.

Un ritmo que ahora es aún más estresante tratando de compatibilizar la venta con la preparación de los nuevos puestos, de diseño moderno y muy práctico para atender a sus clientes y tras un año sin tiempo para vacaciones. Sacando pecho, en el nuevo recinto afronta el reto de dar un paso adelante al negocio, añadiendo la especialidad de carnes ecológicas y maduradas, tan en boga. También ofrecerán producto preparado para llevar, como demandan tantos consumidores con poco tiempo para cocinar. Para ello, han agregado un espacio de cocina vista en su puesto, de 10 metros de largo por 2,4 de ancho, en plena vorágine de obras. ¿Expectativas? Espera ganar clientes al tener un mejor servicio, del barrio y de más allá. Y, por supuesto, mantener los que también suman ya generaciones.  Como el resto de vendedores que el día 23 estrenarán el nuevo Sant Antoni, le conforta que aunque todo sea nuevo y rutilante, las caras conocidas de los comerciantes serán el nexo real y esencial con esa clientela consolidada que también aguarda desde hace demasiado el estreno. 

MARIA LLUISA CANADÉS

BATAS

Una vieja conocida para muchas familias

Maria Lluïsa Canadés.  JOAN CORTADELLAS

Miles de padres y madres conocen a esta fantástica tendera que suma la friolera de casi 68 años vendiendo en Sant Antoni. Empezó con solo 10 años, compaginándolo con el colegio y durante algunas horas. «He conocido a todos los alcaldes», bromea, echando la vista atrás con memoria fotográfica. Relata que a finales del siglo XIX su abuelo llevaba tranvías de mulas que conducían a los trabajadores. Tras enviudar, el hombre se casó con una vendedora (inicialmente con el fardo sobre el suelo), rememora.  

Después, su padre siempre trabajó montando los puestos y la conexión con el mercado siguió sin pausa. Aunque ella, en cambio, entró como dependienta en un negocio que acabaría quedándose en 1977. Atenta a la demanda del momento, dejó atrás las batas de señora -que ahora toca menos- y se especializó en batas escolares, que fabrica en su propio taller. "Todas las noches corto", ilustra, fiel desde siempre al mismo proveedor de telas de Sabadell. Cuando empieza el curso las colas son antológicas, porque su variedad y calidad es un secreto conocido en decenas de colegios. Como buena comerciante, siempre olfatea la necesidad y trata de sintonizar con la demanda. Con la crisis apostó por trabajar también lo que cariñosamente llama "pegotitos", cosiendo a las batas piezas de tela con nuevos nombres, para que estas pudieran ser reutilizadas por hermanos u amigos.

Con 77 años, por fin va a dar el salto al interior del mercado, aunque sea por unos pocos años. Se le hace extraño pero se alegra de coronar su carrera en un espacio más amable. El trabajo sigue siendo el motor de esta dama, que garantiza que aún le quedan pilas.

MARIA MASCLANS

BACALAO

Una saga que estrenó el mercado en 1882

Maria Masclans, en su bacaladería de la carpa de Sant Antoni. / JOAN CORTADELLAS

El bacalao corre por las venas de Maria Masclans, quinta generación en el mercado, aunque sospecha que algún antepasado ya lo vendía de forma ambulante. Este alimento, versión salada, ha vivido muchos momentos de gloria durante más de un siglo porque era fácil de conservar en tiempos en que no había neveras y muy proteínico. Con el tiempo se fue refinando (desespinado), lo que aumentó su precio, y también se enriqueció la elaboración y preparación (brandadas, frito...), ampliando el consumo.

Presume de que las mujeres de la familia siempre han sido las más pioneras en la comercialización. «Cada generación ha aportado algo», dice. En el nuevo mercado, ante el que en la primera visita se extasió, tendrá dos amplios puestos diferenciados, uno más conservador y otro más atrevido. Podrá ofrecer también su producto estrella al vapor, explica con entusiasmo. Y dar rienda suelta a su interés por la hostelería, ya que también regentará un bar -que compró hace 12 años pero no pudo llevar a la carpa-, especializado en este manjar.  La tradición bacaladera de los Masclans es tan vigorosa que los cuatro hermanos se dedican. Uno en el mercado de Galvany, otro en Sarrià y otro que elabora para la venta mayorista. 

Positiva por naturaleza y tras 25 de sus 41 años en el mercado, cree que la larga espera de la reforma ha servido para pensar lo que se requiere en un mercado único en su composición que estará también muy vinculado a la vida vecinal y cultural de la zona. Recuerda que en su debut como presidenta del área alimentaria la lista de quejas de concesionarios era enorme. Desde hace unos años hay lista de espera para lograr un puesto.