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BARCELONEANDO

Los primeros enterrados

La mayor parte de los grandes cementerios perpetúan la memoria de sus primeros inquilinos

El de Montjuïc fue el indiano Josep Fontrodona, inhumado en la colina barcelonesa en 1883

Mauricio Bernal

Un visitante en el cementerio de Montjuïc.

Un visitante en el cementerio de Montjuïc. / RICARD FADRIQUE

Se puede ser el primero de muchas cosas, el primero en pisar la Luna o el primero en bajar de 10 segundos en los 100 metros planos; o el primero en comprar el nuevo súper teléfono con súper pantalla táctil y súper poderes, que es una forma de ser el primero muy en boga. Pero también se puede ser el primero en algo fúnebre como ser enterrado en un cementerio. Lo cual ya no está en boga, sobre todo porque nuevos cementerios se hacen muy pocos. Hubo una época en que eran una novedad, es más: hubo una época en que los cementerios abrían, empezaban a funcionar, y no había nadie enterrado hasta que se presentaba el primer muerto.

Hay cementerios con amor por el dato que se han preocupado por perpetuar la memoria de sus primeros inquilinos. El cementerio de Montjuïc es uno de ellos, como cuenta Manuel Vázquez Montalbán en 'Barcelonas', su gran crónica de la ciudad que el ayuntamiento ha anunciado que reeditará esta primavera. El solitario muerto –hay que imaginar un cementerio nuevo y habitado por un solo vecino– se llama Josep Fontrodona i Vila, un indiano nacido en Mataró que marchó muy joven a Cuba y se instaló en Matanzas, ciudad de la que llegó a ser alcalde. Había vuelto hacía poco de la isla cuando murió y fue enterrado en Montjuïc, en 1883, en virtud de un favor especial que concedió a la familia el entonces alcalde Rius i Taulet. Su actual dirección es el número 14 de la vía de Sant Josep, departamento III.

Fosas comunes

Primer muerto implica primera inhumación, y la imagen de un grupo de dolientes estrenando instalación: solos, rodeados de nada o de naturaleza. Fue lo que debieron sentir los Fontrodona. Lo que debieron sentir, en realidad, todos los que estrenaron cementerio en Europa a medida que los iban abriendo, la mayoría en el siglo XIX. No todos los camposantos conservan el nombre de su primer muerto, eso sí, entre otras cosas porque a veces los primeros entierros se llevaban a cabo en fosas comunes. El Père Lachaise de París, probablemente el campeón de los cementerios turísticos, es un cementerio auténtica e impúdicamente enamorado del dato, y conserva los nombres de los dos muertos: el primero que fue enterrado en una fosa común –Antoine Dulac, fallecido a los 75 años– y el primero en ser enterrado en una tumba individual –Adelaïde Paillard de Villeneuve, fallecida a los 5 años–. Debe ser una de las pocas maneras de ser alguien en un cementerio repleto de celebridades.

No con menos rigor rinde homenaje el cementerio de Highgate, en Londres, a su ilustre primer enterrado: una tal Mary-Anne Webster, una joven mujer que tenía 16 años en el momento de su muerte y de la que incluso se conserva el dato de que era la hija de un panadero local. Fue enterrada el 12 de junio de 1860. El cementerio madrileño de la Almudena consigna por su parte que su primer inquilino fue un bebé de 14 meses cuya inhumación tuvo lugar el 13 de septiembre de 1884, y explica que por orden del rey Alfonso XII es la única sepultura con carácter perpetuo. En cualquier caso, la soledad solitaria de todos estos muertos no debió durar mucho, pues la gente se muere a todas horas. Pronto debieron tener algún vecino.

El hermano famoso

Aparte de que pasó la mayor parte de su vida en Cuba, de que fue alcalde de Matanzas y de que prácticamente volvió para morir en la tierra que lo vio nacer, es poco lo que se sabe de Josep Fontrodona. Se sabe mucho más de su hermano, Jaume, con quien emprendió en los albores del siglo XIX la aventura cubana. Por decirlo de algún modo, fue Jaume el famoso de la familia: al volver de Cuba se asoció con otro indiano de Arenys de Mar, retornado como él de Matanzas, y puso en marcha una refinería de azúcar en Badalona que fue en su día las más grande de España, según cuenta Jaume Soler i Fontrodona en su memoria 'El mataroní Jaume Fontrodona i Vila, empresari sucrer'. De la que fue a la postre rebautizada como Refinería de Badalona queda hoy en día una nave, justo al lado de la de Anís del Mono. 

Temas: Cementerios

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