BARCELONEANDO

¿Soda qué? Soda Stereo

Sin Soda lleva dos años rindiendo tributo a la banda líder del rock latinoamericano de los 90

Nano Radice y Pedro ’Botella’ Merighi, en la sala Almo2Bar.

Nano Radice y Pedro ’Botella’ Merighi, en la sala Almo2Bar. / JORDI COTRINA

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Mauricio Bernal

Es posible que al ver los carteles por la calle la mayor parte de los barceloneses pensaran: “¿Soda Stereo?” Salvo, claro, si el barcelonés era de adopción, y si venía de algún país entre el Río Grande y la Patagonia; entonces puede que su reacción fuera de otro orden: “¡Ah! Soda Stereo”. O algo así. Con conocimiento. Con ilusión. Amiga de muchas cosas, Barcelona también siente debilidad por los tributos. Tributo a U2, se ve un día por ahí. Tributo a Dire Straits. Y un día, en un cartel, Tributo a Soda Stereo. ¿Tributo a qué? A Soda Stereo. Y qué es Soda Stereo.

Soda Stereo es un lugar común, en el mejor sentido de la expresión: la banda de rock más popular de Latinoamérica en los años 90. Tuvo el poder y la música suficientes para seducir durante más de una década a los jóvenes desde México hasta Argentina, pero especialmente de Argentina, porque era de allí, y era es el tiempo verbal porque Soda Stereo es pasado: la banda se desintegró en 1997 y su líder, Gustavo Cerati, falleció en el 2014 después de cuatro años en coma, víctima de un accidente cerebro vascular posterior a una presentación en Caracas –para entonces en su prolífica etapa en solitario. Miles de argentinos hicieron fila para despedirlo en su velatorio. Traspasó todas o casi todas las fronteras, Soda, pero nunca las de España. Otro misterio de la música. Un tributo a Soda Stereo. ¿A Soda qué? Stereo.

Una respuesta

–¿Cómo te encuentras?

–Sin Soda.

Sin Soda era una respuesta: la que se daban los amigos Nano Radice, Pedro ‘Botella’ Merighi y Valeria Ballerini cada vez que se encontraban. Era la expresión de una nostalgia, porque, como todas las bandas al desintegrarse, Soda Stereo se volvió nostalgia. Radice era músico, Merighi era músico y Ballerini tenía un poder de convocatoria que al parecer roza lo sobrenatural. Los tres, argentinos, vecinos de Barcelona, estaban en ese arco de edad que generacionalmente los vincula a Soda. Poco más se necesitaba. Nostalgia, música, organización.

Sin Soda, aquella respuesta, iba a convertirse, por supuesto, en el nombre del homenaje. O tributo. “Tributo, si querés escribí tributo, la gente entiende más por tributo, aunque estrictamente no lo es, es un homenaje”. La diferencia no es sutil. El tributo es imitador, y si es a U2, digamos, debe ser algo asombrosamente parecido a U2. El homenaje es distinto: Soda Stereo eran bajo, batería, guitarra y voz. Sin Soda son dos guitarras (Radice y Merighi) y una voz (Radice). A la mayor parte de la población barcelonesa esto no le dice ni mu, pero viene a ser lo mismo que ver tocar a unos Rolling Stones sin batería.

Bares con limitaciones

“El problema es que en los bares de Barcelona hay muchas limitaciones. Por eso es un homenaje acústico”, explica Ballerini, mánager del proyecto. Sin Soda echó a andar en el 2015 y se ha presentado siete veces desde enero del 2016, siempre en Barcelona, primero en bares y luego en pequeñas salas, la última el Almo2Bar –sus profundidades–, en Gràcia, hace un par de semanas. Allí, como en cada subida al escenario, tuvieron que explicar que no, que no había batería, y que sí, que era acústico, porque, como en todo, hay puristas. “Sobre todo los argentinos, son muy exigentes”. Es posible que esa velada en Gràcia haya marcado un significativo fin de ciclo. Puede ser. Las salas con cada vez más grandes, el público es cada vez mayor... “Y nos estamos planteando meter la batería y el bajo”. No es seguro. Solo posible.

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Argentinos hay, claro, en todas sus presentaciones, pero no son ni de lejos la nacionalidad mayoritaria. Soda gustaba de arriba a abajo de Latinoamérica y de arriba a abajo de Latinoamérica es el público de sus conciertos: porque esto es Barcelona, y es posible. Veinte años después, aquel vasto movimiento migratorio que depositó en la ciudad a miles de ecuatorianos, argentinos, colombianos, venezolanos y gente venida de más o menos todas partes entre aquellas fronteras elocuentes –Río Grande, Patagonia– se ha forjado sus propios circuitos, tocados a veces con la varita de lo subterráneo. Como una ciudad dentro de la ciudad: a veces se tiene esa impresión. A veces es un cartel pegado en la calle, un cartel que reza simplemente Tributo a Soda Stereo.

Que no es tributo, che. Es homenaje.