Ir a contenido

'gentrification city'

Siete pisos en 10 años, las peripecias de un nómada inmobiliario barcelonés

Las siete mudanzas que desde el 2008 encadena Carlos sintentizan la sinrazón de la vivienda en Barcelona

Carles Cols

Carlos y Lucía, antes del traslado, en un salón ya sin mesa de comedor, vendida en Wallapop.

Carlos y Lucía, antes del traslado, en un salón ya sin mesa de comedor, vendida en Wallapop. / ALBERT BERTRAN

Carlos, siete pisos en 10 años. Puede que no sea esta la plusmarca barcelonesa de hasta donde ha llegado la desmesura inmobiliaria de la ciudad. A lo mejor el récord lo ostenta otro arrendatario, que lo haga saber si así es, pero hasta entonces el caso de Carlos es perfecto para relatar la historia reciente de Barcelona, la de la gentrificación, la de los fondos de inversión, la de los desahucios invisibles, la de los abusos por parte de las agencias y, sobre todo, la de esa (a la fuerza) nueva tribu urbana que son los nómadas inmobiliarios. Lo que ha ocurrido en Barcelona desde el 2006, un año antes, pues, de que estallara la crisis, podría contarse con cifras o estadísticas, pero esa es a veces una píldora difícil de tragar. He aquí, como alternativa, el caso de Carlos. Siete pisos en 10 años.

No todas sus mudanzas han sido precipitadas por la misma causa. Ni siquiera todas lo han sido por la subida de los precios. Mejor así. El retrato es más polícromo, más rico en matices.

Compró un piso en el 2006, cuando Zapatero, conténganse la risa, decía que merecíamos una silla en el G-8

En el año 2006, Carlos, aún muy joven, se empareja. De eso hace más de 10 años. Tiene un sueldo correcto. El clima es el que es. España, dicen, es el cohete económico de Europa. José Luis Rodríguez Zapatero, que no se olvide aunque dé risa, asegura que este país merecería ya por derecho propio pertenecer al G-8, el club de las ocho potencias económicas mundial. Ji, ji, ji. Carlos se deja llevar y compra un piso con su pareja en Riera Alta, 18. Quienes compraron una vivienda en el 2006 son como quienes invirtieron en la Bolsa de Nueva York el miércoles previo al jueves negro del 29. La relación, cosas de pareja, no dura. La hipoteca, por el contrario, sí. Le quedan 23 años por pagar.

Regresa a casa de sus padres, a la calle de Espronceda. Eso será común en esta crisis. El regreso al hogar de la infancia. A veces es por la pérdida del trabajo, a veces porque incluso con un sueldo no salen las cuentas. Hasta hay un sentido documental sobre ello. Volver a casa con 50 años. Muy recomendable, aunque acongoja un poco.

Karras visita a Regan

Pero Carlos, como se lo puede permitir, busca un nuevo nido. La palabra es perfecta para el tamaño de lo que encuentra. Es una habitación de alquiler, en casa de un amigo, en Les Corts. Los pisos compartidos, cuando son por necesidad, no por camaradería, son el síntoma de una patología económica. Antes eran algo muy soviético. Véase a la pobre Ninotchka cuando regresa a Moscú, pero, de repente, de nuevo por la crisis y por los bajos sueldos, han crecido en Barcelona como champiñones. En este caso, mejor que ver un documental, es más revelador visitar una app especializada en ello. Badi. No es por hacerle publicidad. Lo que allí se puede ver puede sacar de quicio. “Habitación con baño en Gràcia, 590 euros al mes”. Una foto la muestra. La cama está literalmente encajada entre la pared y el armario. La habitación en la que el padre Karras conoce a Regan da menos miedo.

Carlos conoce todas las perversiones del sector inmobiliario: la habitación alquilada, el minipiso, el contrato de tres años, la amenaza del fondo inversor...

La siguiente parada de Carlos es la calle de Urgell, justo delante de la Escola Industrial. Esto es ya a finales del 2010. Este cuarto apartamento de las aventuras inmobiliarias de Carlos da pie a repescar de la hemeroteca ese sin par momento en que la que fuera ministra de Vivienda, María Antonia Trujillo, tuvo su momento eureka y dijo que ya sabía cómo acabar con el problema de la vivienda en España. ¡Que hagan los pisos más pequeños!, propuso. De 30 metros cuadrados, sugirió. Seguro que hasta se sorprendió de que a nadie antes se le ocurriera tan evidente remedio. El que encuentra Carlos tiene 35. Es esta otra reflexión sobre cómo la crisis y la demencia inmobiliaria ha transformado el paisaje, en este caso el del interior de los inmuebles. Los pisos, en algunos inmuebles, son como los minifundios gallegos, el resultado de una partición exagerada que condiciona el futuro de las familias.

Llega el 15M, es decir, el año 2011. Carlos participa en las protestas y, cosas que pasan, conoce allí a su actual pareja. En las calles se exigían medidas de cambio. Las habrá. Mayormente, a peor. Por ejemplo, los contratos de alquiler no tardarán en pasar de cinco años, que no es mucho, a un suspiro, tres años. Antes de que esos suceda, Carlos y Lucía encuentran piso. Querían algo más que 35 metros cuadrados como hogar. Se trasladan a una vivienda en la Ronda de Sant Antoni, justo al lado del mercado, donde, ¡oh!, justo entonces comienzan las obras de reforma del mercado. Pagan por ella 800 euros al mes. ¿Mucho? ¿Poco? A ver, las ventanas están en mal estado. Cualquier golpe fuerte de viento las abre y el piso se llena de hojarasca. Se filtra el agua por lugares insospechados. Piden cita con el administrador. Reparaciones así deberían correr a cuenta del dueño. Es la ley. La respuesta les deja pasmados. Les informan de que cuando se extinga su contrato, y para eso quedan dos años, el propietario venderá la finca a un fondo de inversión. A Carlos se le pasa el pasmo de inmediato y reacciona con una jugada maestra. Exige una rebaja en el alquiler. Si deja el piso, el dueño no podrá alquilarlo solo por dos años, así que, por bocazas, se enfrenta a tenerlo vacío hasta la venta del inmueble. ¡Victoria! Carlos y Lucía pasan a pagar 110 euros menos cada mes. Esta es otra de las mutaciones experimentadas estos últimos 10 años en la ciudad. El movimiento vecinal ha resucitado. Lucha con todas las armas a mano. A veces, con astucia.

Inquilino previsor vale por dos

Aquella finca de la Ronda Sant Antoni, como estaba previsto, está ya en manos de un inversor francés. Ese es un barrio que también se merece un documental. Alguno hay en fase de producción. El caso es que Carlos y Lucía dejaron el piso en el 2015 y se enfrentaron a su primer contrato de tres años. No muy lejos de ahí, en Sepúlveda con Villarroel, por mensualidades de 950 euros.

Lo de los tres años, explica Carlos, exige aplomo. Pasados los dos primeros años, el inquilino previsor debe tener ya un pequeño colchón ahorrado para la próxima mudanza y para las siempre sorprendentes exigencias del siguiente arrendador, porque ese es otro sustancioso capítulo. Hay quien pide ocho meses de fianza. Hay quien exige un aval de los padres pese a que ambos miembros de la pareja trabajan. La situación más inverosímil vivida por Carlos fue, sin embargo, otra. Vio un anuncio. Preguntó. La telefonista de la agencia le informó que el precio había subido a 1.000 euros aquella misma mañana. ¿Por qué? “Es que ha llamado mucha gente”. Friedrich von Hayek, padre del neoliberalismo, lloraría de emoción en Barcelona.

Las leyes del mercado inmobiliario barcelonés serían la fantasía húmeda de Hayek, el padre del neoliberalismo

El día 31, Carlos y Lucía devolverán las llaves de su actual vivienda. Es la sexta de la lista personal de Carlos. Incluso en eso, en la devolución de las llaves, se nota como han cambiado los tiempos. No te tratan como cliente. Más bien como culpable de algo.

La séptima vivienda está en el Clot. El barrio se ha convertido en refugio de muchos gentrificados de Sant Antoni y Gràcia. A ese piso han llegado, por fortuna para ellos, a través de conocidos, buena gente que ha entendido que un contrato de 15 años es más razonable que tres, una cifra que te esclaviza más de lo que en principio parece. Según Carlos, hay que demasiadas familias en esta ciudad que han claudicado ante subidas que no deberían haber aceptado solo por, por ejemplo, no cambiar a los niños de colegio. No es su caso. Ahora le esperan, en principio, 15 años de paz inmobiliaria.

Lo peor de los 10 años, una llamada de teléfono

Que la codicia inmobiliaria no tiene alma no lo descubrió Carlos en ninguna de sus siete mudanzas. Lo descubrió como consecuencia de un momento triste, la muerte de su padre. Los hijos recibieron la llamada de un agente inmobiliario. Decía que quería dar el pésame a la familia, que era amigo del padre. Nadie le recordaba.

"Parece que habéis puesto en venta el piso". Lo dijo casi con entonación de pregunta. La cuestión es que no era así. La madre vive, le respondieron. Pasó entonces el agente al plan b. Un piso tan grande, con tantos recuerdos… A lo mejor preferiría ahora algo más pequeño. Como es un tipo muy educado, Carlos se calla los calificativos. 

0 Comentarios
cargando