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BARCELONEANDO

El cartero Alloza y otros relatos

El historiador Antonio Aguilar publica un anecdotario sobre el desarrollo del correo postal en Barcelona

Olga Merino

Antonio Aguilar, autor de un libro sobre la historia del servicio de correos en Barcelona.

Antonio Aguilar, autor de un libro sobre la historia del servicio de correos en Barcelona. / FERRAN SENDRA

Ya casi nadie manda cartas. A casa solo llegan de Endesa, Telefónica y del administrador con la distribución minuciosa de las derramas por rellano. La Caixa también nos escribe mucho. Y Pizza Domino’s. Pero rara vez aparecen en el buzón una postal, la sorpresa de un veraneo distante, ni aquellas misivas kilométricas de amoríos adolescentes que se abrían con el corazón encogido, como en el verso de Emily Dickinson, "¡qué terrible azar es una carta!" Ya casi nadie envía cartas, aunque hubo un tiempo en que constituían la única forma de comunicarse con el mundo.

El libro detalla que los primeros repartidores tenían que pagarse el uniforme de su propio bolsillo

Allá por el siglo XVIII, por ejemplo, el correo procedente de Castilla llegaba a la ciudad de Barcelona los miércoles por la tarde y el de Italia los viernes por la noche. Lo traían a caballo, y las gentes se agolpaban a las puertas de la oficina, situada entonces en la Casa Golorons, en la plaza del Regomir, para consultar la lista con los nombres de los destinatarios. Se acuñó la costumbre leer las cartas allí mismo, y una vez obviadas las cuestiones más íntimas -el abuelo enfermó, la prima Eustaquia está encinta otra vez, la cosecha de trigo viene mala-, los afortunados receptores solían compartir en el corrillo los hechos noticiables acaecidos en geografías lejanas. Ahora, basta el parpadeo de un tuit.

Todas estas cuestiones las explica de forma muy amena Antonio Aguilar (Barcelona, 1964) en el ensayo recién salido del horno 'Cartes i carters. Una història del correu postal a Barcelona' (Albertí Editor). Se trata de una destilación de su doctorado en Geografía e Historia mediante una tesis, elaborada tras años de investigación, sobre el desarrollo de la red de Correos en Catalunya desde 1714. Una vez expurgadas las partes más sesudas, las estadísticas y los razonamientos, el libro se lee como un trago de agua, como una sucesión de anécdotas divertidísimas; o no tanto. El lector se entera de que los primeros carteros tenían que pagarse el uniforme de su bolsillo. O de que a finales del XIX las cartas se fumigaban con vapores sulfurosos para evitar el contagio de enfermedades.

Placa dedicada al cartero Alloza.

Otro relato interesante: cuenta Aguilar, funcionario de Correos desde hace 35 años, que Barcelona alberga el que probablemente es el edificio más antiguo de Europa vinculado al gremio; esto es, la capilla d’en Marcús, situada en el número 2 de la calle dels Carders. En época medieval, un tiempo de bandoleros y lluvias bíblicas que embarraban los caminos hasta hacerlos intransitables, los mensajeros que partían de la ciudad solían hacer un alto en el oratorio para encomendarse a la Virgen de la Guía con el fin de que los protegiera durante la travesía.

El caballero del título conservó su calle durante el franquismo a pesar de su filiación a la CNT

También se acumula el barro en una de las historias más deliciosas del libro, la del cartero barcelonés Salvador Alloza, quien tuvo el honor de que se le dedicara una calle durante la Segunda República. El hombre fue un crack. Había entrado en el servicio en 1919, a los 22 años, cuando se le adscribió al servicio en el barrio de Porta, entonces un paisaje difuso de masías, barracas y campos de cultivo, donde a buen seguro que se le debían de enfangar los bajos de los pantalones en el reparto. Ni siquiera había un trazado claro de las calles, pero si las repartía él, llegaban con certeza a destino. Tanto es así que él mismo advertía a los vecinos que aconsejaran a sus remitentes poner Alloza entre paréntesis junto a la dirección para facilitar la distribución. En aquellos días de aluvión migratorio, recibir una carta del pueblo debía de ser media vida.

Y vino la guerra. Y la feroz represión. Y, sin embargo, nuestro cartero, antiguo afiliado a la CNT y vinculado con Esquerra Republicana, quien pasó por los campos infames de Argelès y el castillo de Montjuic siguió conservando su calle. ¿Por qué? Pues porque en el rótulo sólo decía Alloza a secas, y los del espíritu nacional creyeron que se refería a un pueblo homónimo de la provincia de Teruel. Alloza, en cambio, nunca pudo volver a colgarse la cartera al hombro.          

              

              

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