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BARCELONEANDO

Una asesina victoriana

El mito de la vampira del Raval revive ahora en formato de cómic a tres manos

Olga Merino

La vampira del Raval, Enriqueta Martí.

La vampira del Raval, Enriqueta Martí.

De todas las Barcelonas que en la historia han sido, tal vez una de las más sugestivas sea la que se extiende desde la Exposición Universal de 1888 hasta más o menos la Setmana Tràgica, allí donde el siglo XIX se encabalga con el de la bomba atómica. Un periodo fértil en cambios, de tránsito vertiginoso hacia la modernidad, años de vapor, ferrocarril y telégrafo, justo cuando el terror abandona la abadía embrujada y el cementerio rural para instalarse entre las sombras urbanas. Así lo vaticina Jack el Destripador en una de sus supuestas cartas: "Conmigo comenzará el siglo XX". A la ciudad le sienta francamente bien lo gótico.

Londres tuvo en él, en el sacamantecas de Whitechapel, a su particular monstruo victoriano, mientras que aquella época finisecular, de atentados anarquistas y fortunas amasadas en el gremio del textil, forjó en estas tierras el mito de Enriqueta Martí, la Vampira del Raval, secuestradora de niños y proxeneta. Una historia tan fascinante la de la chupasangres -por las mañanas, se tiznaba la cara con hollín para vivir de la caridad, mientras sus veladas transcurrían entre el Liceu y el casino de l’Arrabassada- que ha inspirado varios ensayos y novelas, entre ellas 'La mala dona', de Marc Pastor, y ahora vuelve a ver la luz en un formato fresco, un cómic obra de Miguel Ángel Parra, Iván Ledesma (guion) y Jandro González (dibujo). Lo publica Norma Editorial.

Miguel Ángel Parra, Iván Ledesma y Jandro González, autores del cómic  'La vampira de Barcelona' / JORDI COTRINA

El trío de autores se decanta por la versión de que Enriqueta Martí tuvo amigos entre la alta burguesía

Para la foto del trío, quedamos una tarde de la semana pasada frente al antiguo Palau de Justicia, en el paseo de Lluís Companys, donde debieron haberse celebrado las vistas contra Enriqueta Martí si esta no hubiera fallecido en la cárcel antes del juicio. Aunque su muerte prematura sumió el caso en una nebulosa abierta a todo tipo de especulaciones, los autores del cómic se decantan por la versión de que hubo algo muy turbio detrás de los crímenes. Dicho de otra forma, defienden la tesis de que muchas personalidades, vinculadas con la Iglesia y la burguesía, utilizaron su poder e influencias para echar tierra encima y buscar chivos expiatorios. El temor de que estallara el polvorín de la calle lo pagaron los gitanos de las chabolas.

Han culminado un trabajo espléndido en el difícil corsé de la viñeta. Se nota el año largo invertido en la hemeroteca de la ciudad, entre las páginas amarillentas de 'El Diluvio' y 'El Imparcial', para acercarse tanto como fuera posible a la verdad en una historia demasiado proclive al morbo. ¿Preparaba la vampira ungüentos con los cadáveres de los niños? ¿Ocultó huesos de bebés tras las paredes del piso de la calle de Ponent? Los autores ni confirman ni desmienten. Pegados a los hechos, tan solo se han permitido dos licencias narrativas: fundir en uno a los dos forenses catalanes que analizaron los restos orgánicos y desplazar unos meses el calendario para hacer coincidir el clímax de la vampira con el hundimiento del 'Titanic'.

Uno de los ejercicios más interesantes que propone 'La vampira de Barcelona' es el reconocimiento de los viejos escenarios en la trama -las calles del Raval, el teatro Apolo, los juzgados, el cementerio de Montjuïc, el restaurante Can Cullaretes-, coloreados en un atractivo tono vintage sepia. Para distinguir los 'flashback' de la historia, en cambio, Jandro se ha decantado por la gama entre el azul y el gris.       

Lo bueno del caso es que el cómic había nacido como película. Los autores tenían ya una productora interesada, pero el proyecto se quedó en el dique seco. ¿Por qué? Un filme de época suele costar mucho dinero. O tal vez la razón fuera porque las cosas feas, como las que sugiere el relato, prefieren dormitar bajo la alfombra. Una lástima, porque ya habían imaginado al juez De Prat encarnado nada menos que por Josep Maria Pou. Un actor inmenso para encarnar a un antihéroe en una época en que la separación de poderes también estaba embarrada.