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viviendas abandonadas y ocupaciones

Hospital 19, Barcelona: la finca de los horrores inmobiliarios

Residentes de una finca del Raval sufren hace años continuas invasiones de los pisos vacíos propiedad de una entidad bancaria

Este mes han tenido que atrincherarse tapiando ventanas y reforzar el portal para evitar las usurpaciones

Patricia Castán

Un vigilante controla la entrada y las viviendas de Hospital, 19. / JOAN CORTADELLAS / LUAY ALBASHA-Vídeo

Podría ser la escena de una película bélica. O, mejor, de terror. Alguien trata de entrar violentamente en un edificio y sus legítimos ocupantes tienen que defender desesperadamente con barras de metal el portal de la finca y de madera las ventanas de los entresuelos. Con angustia e impotencia. Porque nunca saben cuándo va a haber otra ofensiva e incluso han de montar guardias nocturnas. Pero la historia no es ficción ni tiene lugar en Elm Street. La pesadilla sucede aquí mismo, en la calle del Hospital, 19, junto a la Rambla. En un edificio que glosa los pecados capitales de la Barcelona actual: la avaricia inmobiliaria de muchos inversores, la pereza de entidades financieras que dejan degradar la convivencia, la gula turística y de ocupas que trafican con pisos ilegales, la lujuria convertida en pisos-meublé, la soberbia municipal al permitir la brutal gentrificación que sacude Ciutat Vella... y sobre todo la ira de las víctimas, vecinos que un día pensaron que en esa fatídica finca tendrían un hogar.

Con lo sucedido en una década en ese estrecho edificio de 1881 -originalmente hogar de una conocida familia barcelonesa-, habría para escribir una novela de mil páginas. De hecho, en los peores momentos Karen (historiadora y escritora), la residente con más solera, se ha aferrado a ese reto literario para seguir adelante. Lo cuenta a punto de arrojar la toalla. No puede seguir en su vivienda porque su marido está muy enfermo y carece de ascensor, así que el año pasado la alquiló a un académico escocés, que ha vivido allí unos meses con su pareja y un bebé prematuro hasta que la situación ha sido insostenible y se han mudado esta semana a otro distrito. Tenían miedo, no dormían, el hombre -con su hijo- llegó a ser rodeado en la entrada por ocupas que le reclamaban "a gritos la llave del portal", relata esa víctima.

El último episodio negro en la historia de esta escalera se empezó a escribir el pasado diciembre. Pero para entender el culebrón hay que situar el escenario actual y recapitular. La finca tiene dos entresuelos minúsculos (uno de ellos ocupado ilegamente y ambos propiedad de un banco) y otros cuatro pisos mayores, uno por planta. Karen compró uno hace casi tres décadas; hay otros dos recientes propietarios y la tercera planta pertenece al mismo banco y está en venta.

Ha sido la comercialización de las tres viviendas de titularidad bancaria, cuyos datos y fotos aparecen en portales inmobiliarios, la que ha puesto a cazadores de pisos vacíos en aviso. Una acción que no es nueva, pero sí "mucho más violenta". Porque el inmueble ha conocido ya a muchos ocupas, algunos "buenos", ideológicos, respetuosos. Otros, "profesionales" de la usurpación.

Todo se precipita en el 2013

La insólita experiencia de esta vecina, norteamericana y enamorada "a primera vista de Barcelona", se incia a su llegada en 1978. Fascinada por la Rambla y su entorno, decidió comprar finalmente comprar un piso en Hospital, 19 en 1989, aunque el resto de viviendas eran de alquiler. Narra que vivió feliz y en una "comunidad perfecta" hasta el 2006, cuando la propiedad de los otros pisos decidió venderlos a dos inversores que iban a modernizar el edificio y revenderlos.

Se instaló gas en la finca, se contó con las ayudas de Barcelona Posa't Guapa, se renovó la fachada... Pero a la hora del negocio, la burbuja les estalló en la cara y los pisos se quedaron sin vender, con precios hasta 390.000 euros. Entonces optaron por alquilarlos. 

En el 2013, relata, los cinco quedaron en manos de una entidad bancaria, que envió cartas a los inquilinos para informarles de dónde hacer sus pagos. Al renovar los entresuelos aparecieron los primeros ocupas. Uno lo tomó un exlegionario africano y el otro un israelí, luego llegarían varios italianos y de otras nacionalidades que se hicieron con todo el edificio, sin que Karen lograra un interlocutor para poner fin a aquello. "Me sentí impotente y pensé que lo mejor era llevarse bien, les pedí que me respetaran y pudimos convivir. Entonces se podía dialogar", aunque ella era la única que pagaba algún gasto.

Los entresuelos ocupados fueron 'traspasados' y llegaron a ejercer de meublé pintado de rosa hace un par de años 

"Me llegaron a contar todos los trucos de la ocupación y hasta me enseñaron su plantación de marihuana", recuerda. Pero pasaron los meses y a sabiendas de que llegaría un desalojo judicial, algunos empezaron a exprimir como meublés los entresuelos. Se alquilaban a 10 euros la hora y llegó a haber colas de prostitutas nigerianas esperando habitación. El negocio se 'traspasó' por 2.000 euros a unos suramericanos que pintaron las paredes de color rosa chicle, crearon varios cubículos y multiplicaron el conflicto de convivencia e insalubridad, con mafias incluidas, mantiene. Tras varias denuncias (que documenta), y con el apoyo de la Guardia Urbana del barrio  -"los únicos que siempre nos han hecho caso"-, se logró el desalojo.

Impotencia

Karen responsabiliza de la epopeya a la "desidia de la entidad bancaria", que solo empezó a ser receptiva cuando el problema de la prostitución se hizo público. Pero el tormento no acabó. Se sucedieron puertas antiocupa, otro intento de ocupación, una intervención de los Mossos, nuevas puertas, intentos abortados… También hubo un alojajento turístico ilegal cuando un inversor israelí compró el segundo piso, que luego revendería. Por fin, se instauró la paz durante más de un año. Una canadiense con niños adquirió ese segundo en el 2016, y un señor marroquí otro, hace solo unos meses.

Aquello volvió a parecer una comunidad normal, hasta que un nuevo grupo de ocupantes supo de los pisos vacíos en venta y en diciembre forzaron la puerta. Robaron carritos de bebés y trataron de ocuparlos. 

Karen responsabiliza de la epopeya "a la desidia de la entidad bancaria"

Los propios vecinos gastaron 380 euros aquel fin de semana para tratar de evitar su acceso en sábado o domingo, cuando la inmobiliaria no atendía el teléfono. Instalaron planchas de metal en la entrada. Pero los jóvenes rompieron una cristalera del entresuelo que daba a la calle, lo que llevó a los tres inquilinos a unir fuerzas y tratar de cerrar ese paso con maderas y soldando la puerta. Hasta hicieron vigilancia unos días.

En vano, porque este enero llegó otro grupo que "parece más profesional aún", pese a su juventud. Habían instalado candados de seguridad valorados en 1.200 euros que fueron reventados con un nuevo intento de ocupación el fin de semana del 20 de enero, que la Urbana logró evitar. Otros 350 euros para arreglar el portal no impidieron que el siguiente lunes se colaran, creen que por el patio trasero y sin ser detectados.

"Los Mossos dicen que no podemos impedir el acceso de los 'ocupas' a la finca porque ya están instalados"

Karen

Propietaria de una vivienda en el inmueble

Aseguran los vecinos que los cuatro recién llegados consumen drogas (como mínimo, marihuana) y están tratando de ampliar la ocupación al otro entresuelo y al tercero. "Los Mossos dicen que no podemos impedir su acceso a la finca porque ya están instalados", se desespera. Vigilantes profesionales ha sido enviados esta semana por el banco para tratar de blindar las viviendas mientras se venden. La situación es surrealista, los agentes inmobiliarios que acuden a hacer visitas se han de acreditar. Cuando un comprador se decida, ¿tendrá tiempo de instalarse si se van los ‘seguratas’ antes de que se reocupe? ¿Podrán los vecinos resistir la presión varios meses más hasta la orden de desalojo del entresuelo? Karen ya no solo quiere vender su amado piso. Tambien piensa en dejar Barcelona porque ya no reconoce la ciudad de la que se enamoró.  

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