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BARCELONEANDO

¿Qué quieres ser de mayor?

Los viejos luchadores de la mítica huelga del fin de Bruguera se reúnen dos veces al año en el barrio del Coll

Javier Pérez Andújar

Antiguos trabajadores de Bruguera en el centre cívic Coll Bruguera. 

Antiguos trabajadores de Bruguera en el centre cívic Coll Bruguera.  / ELISENDA PONS

Pocas preguntas eran tan inquietantes como "¿qué quieres ser de mayor?". Una persona era su oficio o su trabajo: se era médico, tornero, fresador, albañil, fotógrafo (también en femenino, pero esta fue una lucha muy larga). Sin embargo, ya hace mucho tiempo que un trabajo no es para toda la vida y también en este sentido resulta que ya no somos nada. ¿Existió otra cosa que pudiera dar más sentido a una vida que tener un oficio? Sí, cuando todo petó, cuando se evaporó el viejo mundo en aquellos años que aquí llamamos la Transición, miles de trabajadores y trabajadoras empezaron a sentirse más de una huelga que de un trabajo. Ya no se era de una vida, se era de una herida. Claro que se cierran las heridas; pero la historia está hecha de cicatrices. 

Entonces miles de trabajadores empezaron a sentirse más de una huelga que de un trabajo

La semana pasada se juntaron para comer en el albergue del barrio del Coll, como suelen hacer un par de veces al año, los viejos luchadores de la mítica huelga del fin de Bruguera. Bueno, entonces todas las huelgas tenían dimensiones mitológicas, pues los obreros, la obreras, eran ya una especie en extinción, unicornios rojos de la lucha de clases, y viendo que esa batalla definitiva también iban a perderla se dispusieron a hacerlo con las herramientas puestas. En el barrio del Coll (Barcelona ha vivido de espaldas a su montaña lo mismo que de espaldas al mar), la editorial Bruguera tuvo hasta tres edificios; por ejemplo, en lo que ahora es el centro cívico de El Coll-La Bruguera estuvieron antes los talleres de la editorial. El director del centro cívico es Xavier Franch, y con un puñado de antiguos empleados de Bruguera, y vecinos, y asociaciones del barrio que se dedican a la recuperación de la memoria, organiza estos encuentros. Esta vez la comida era también un homenaje a un compañero desaparecido: Josep Maria García. El barrio le debe la fundación del equipo de baloncesto y conseguir el polideportivo, y los compañeros de Bruguera le deben el gesto que dio categoría épica a su lucha cuando Bruguera cerró a mediados de los años 80. Así lo explican esta tarde entre las largas filas de mesas con mantel blanco de papel, a las que se sientan cerca de cien personas. Botellas de agua y vino. Los abrigos en el respaldo de la silla. El plato con el pan cortado, la ensalada verde con huevo duro. "¿Quién quiere fideuáaa?", grita una camarera vestida de blanco enfermera. "De postre: plátano, manzana o naranja" (la clase obrera pela los plátanos con la solemnidad con que abre una caja de herramientas). Es una comida de compañeros y compañeras. Mujeres con collares bonitos encima del jersey, también bonito, y hombres con bigote blanco y camisa de franela, y el pelo un poco largo, unos mechones en la nuca, y en una mesa aparte aún siguen los organizadores con el ordenador abierto y van cobrando a los que llegan, y Carme Ferrer, que había trabajado hasta el año 75 en producción, y en el archivo de la revista Fans con Armand Matías Guiu, apunta los pagos con un boli en un trozo de cartón igual que cuando se juega al dominó. Ha traído una fotografía de las niñas de su clase en el desparecido colegio Balmes del Coll.

Josep Callejón, que se crió en el barrio, y ahora es presidente del grupo de estudios del Coll-Vallcarca para la recuperación de la memoria histórica, y que en Bruguera fue jefe de estadística, ha venido con su mujer, que es médico, y su hijo, y sus hijas, y una prima que también trabajó en la editorial. Explica que cuando Josep Maria García se sumó aquel verano al encierro en las instalaciones de Parets del Vallès, la reivindicación cobró una trascendencia determinante, pues Josep Maria Garcia era un auditor, un directivo, y había sido jefe de la delegación de Bruguera en Madrid. Era un ejecutivo que se encerraba en la imprenta junto a la plantilla de trabajadores. Otro amigo lo recuerda como un fan de los Beatles. Y otro, como afiliado que dejó la CNT cuando el caso Scala.

A la grasa y a las máquinas de aquellos talleres de Parets, está pegada nuestra democracia

A la grasa y a las máquinas de aquellos talleres de Parets, está pegada nuestra democracia desde el principio, pues en ellos se imprimieron las papeletas electorales de las primeras elecciones generales, y también está la libertad de prensa, ya que de allí salía la recién finiquitada Interviú, y por supuesto, allí nacía la cultura popular: los cromos, los tebeos, las novelas de kiosco, todo lo que somos al tiempo que votamos y buscamos trabajo y hacemos huelgas. José Antonio Rodríguez era técnico de hueco-impresión en la rotativa y también evoca la solidaridad de aquel encierro, que no era sólo de trabajadores, sino de familia enteras. Por ejemplo Josep Beltri, antiguo impresor, oficial de primera que había entrado a los 14 años de aprendiz, se encerró con su mujer y con su hija de 7 u 8 años. Había más niños. "¿Tú qué quieres hacer?", le preguntó su mujer. "Quedarme dentro, o que me saque la Guardia Civil, o que me den lo que me corresponde", y así entró acompañado de la familia. Se le saltan las lágrimas cuando habla de cómo se repartían las tareas, de cómo todos confiaban en todos.

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