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LA OTRA BARCELONA

Vidas de saldo en el mercado de la miseria de Glòries

"Me duele el alma rebuscar en la basura, pero no me avergüenza porque no robo a nadie", dice un vendedor del mercadillo

Víctor Vargas Llamas

Younes Achehab, vendedor en el mercado de la miseria de Glòries. 

Younes Achehab, vendedor en el mercado de la miseria de Glòries.  / FERRAN NADEU

"Me duele meter las manos entre las basuras. La sensación que tengo es muy mala, pero es la única escapatoria. Algunos se te quedan mirando, oyes como una niña le pregunta a  su madre qué estás haciendo y se te hace muy duro, pero, al menos a mí, nadie me ha dicho nada nunca. Mejor, porque ya tengo bastante con lo mío". Quien así expresa la dureza de su día a día como es Karim, el nombre con el que prefiere que se le identifique a quien es miembro forzoso del mercado de la miseria de la plaza de las Glòries.

La sensación se parece mucho a la que describe Younes Achehab, compañero de fatigas en el mercadillo, quien no obstante matiza aspectos de calado. "Me escuece el alma, pero no me avergüenzo de cómo consigo el material, ni tampoco del nombre de mercado de la miseria; lo que me avergonzaría para siempre sería pagar mi comida con dinero robado, nunca con algo que consigo con el sudor de mi frente", explica este tangerino de 36 años y con la mujer y sus dos hijos en Madrid. "Allí viven en casa de mi cuñada, que tiene nacionalidad y cobra ayudas; yo no quería ser otra carga y vine a Barcelona, esperando poder traer a mi familia cuando pueda", dice Younes. 

"Vivo en una casa abandonada, con luz pero sin agua. Si os parece jodido, imaginad mi pasado"

Karim

Vendedor en el 'mercado de las miserias' de Glòries

Mientras tanto, se apaña con su compañero Abdessamie en una habitación minúscula y baño compartido en el barrio de La Salut de Badalona. "Pagamos 200 euros y eso es lo primero en lo que pensamos, junto con la comida; con los 7 euros que hemos conseguido hoy hemos comprado tomate, un zumo, dos paquetes de galletas y yogures. Lo justo para vivir", detalla. Peor panorama incluso para Karim. "Estoy en un casa abandonada en Barcelona. No tenemos agua, solo luz", dice. Nada que ver con las expectativas por las que puso en riesgo su vida al venir en patera para pisar suelo europeo. "Si esto os parece jodido, imagina...", dice. Antes de venir aquí estuvo en Alemania e Italia, habla cuatro idiomas (àrabe, español, italiano y francés) y tiene experiencia como ayudante de cocina. Pero no le llega la oportunidad que espera. 

Todo sería más fácil con papeles, el gran objetivo que persiguen Karim y la mayoría de inquilinos del mercado de la miseria. Un pasaporte para tener ingresos estables y dar un nuevo rumbo a su existencia. "Hay días en los que no ganas nada. Nada. Puedes conseguir 15 o 20 euros, sobre todo los domingos, cuando hay más público", dice. También más puestos de venta, dado que pueden cuadruplicar el medio centenar que se acostumbra a ver entre semana.

Fragilidad

Su frágil calidad de vida depende del azar de sus hallazgos.  "Alucinas con algunas cosas que ves en los contenedores. No puedes entender que tiren cosas incluso con etiqueta. La gente con dinero y con papeles se puede permitir tirar cosas que a mí ni se me ocurre, con las que yo puedo vivir", resume Younes. Él y Abdessamie frecuentan zonas con mayor población autóctona, "donde hay menos inmigración y más dinero". 

"Escuchas a los de aquí hablar de corrupción y lo entiendes, pero al menos puedes tener un futuro"

Younes Achehab

Vendedor en el 'mercado de la miseria' de Glòries

La escena es desoladora, pero mejora su pasado. "En Marruecos puedes cobrar 200 euros como conductor de bus, los meses que cobras --dice Younes--. Y sin contrato, sin seguro... Te sientes un esclavo mientras disfrutan unos gobernantes corruptos. Escuchas a los de aquí hablar de corrupción y los entiendes. Pero al menos tienen buenas escuelas hospitales. Posibilidades de cambiar tu vida. Un futuro".

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