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El mundo de Manolita

Los dibujos de Marcos Isamat transforman en gatos paisajes, personajes y escenas de la Barcelona contemporánea

Javier Pérez Andújar

Marcos Isamat, con la gata Manolita, en su casa en Gràcia.

Marcos Isamat, con la gata Manolita, en su casa en Gràcia. / RICARD FADRIQUE

Barcelona es una ciudad de gatos que una vez se vio rodeada de perros callejeros y le dio un soponcio, pero como todo pasó ya les dedica exposiciones y conferencias. No es que la cultura amanse a las fieras, es que las encierra y las exhibe. La cultura es un zoo dominical donde el peligro lo corren los animales. Basta pensar cómo acabaron NietzscheBaudelaire, claro, también Rimbaud. Sus libros son jirones de su pellejo, pieles extendidas con que adornamos nuestras casas, que ponemos en el suelo para andar confortablemente descalzos. Barcelona fue una ciudad de perros de día y gatos de noche. Cuando en la vieja Europa, es decir en Londres, se publicaron DráculaEl hombre invisible y la primera novela de Sherlock Holmes (Estudio en escarlata), en Barcelona se inauguraba un garito para noctámbulos, que hoy encanta a los turistas y que se llama Els Quatre Gats. Vivimos en una ciudad que ha convertido su indolencia de clase media en esnobismo de medio pelo, y por eso todo lo que pasa queda siempre un poco demodé. Lo moderno era hacerse invisible, beber sangre, supurar inteligencia en el aire viciado de los bajos fondos, pero aquí mirábamos a París, preferíamos el champán a la ginebra, la burguesía de pluma de marabú al dinero hecho con el látigo, y por eso Els Quatre Gats tomaba su estilo, su nombre, de un cabaret de Montmartre que acababa de chapar: Le Chat Noir. ¿Se acuerdan de El gato negro, el cuento de Poe que tanto gustaba a Baudelaire? La historia de amor entre Estados Unidos y Francia, es decir el mundo moderno, es lo que va de aquel gato tuerto y su alcohólico propietario a La pantera rosa y el inspector Clouseau.

Barcelona fue una ciudad de perros de día y gatos de noche

Pero Marcos me va a matar, porque le dije que la crónica de hoy sería para hablar de su libro y todavía no he empezado. Al dibujante Marcos Isamat el ayuntamiento acaba de editarle Bcn.Gat, gatejant per la ciutat, un libro donde a base de trazos gatifica, transforma en gatos paisajes, personajes y escenas de la Barcelona contemporánea. Deambulan por sus páginas algunos de los felinos que ha dado nuestra ciudad, como Gato Pérez, por supuesto, o aquel gato terrible de 13, Rúe del Percebe, que ataba al ratón a un cohete (lo saca para ilustrar las terrazas de los edificios), o el gato Mao del Perich ("éramos vecinos, dice, era un gato enorme y no especialmente simpático"), y hasta el Gato Félix ante el Palau de la Música como doble homenaje a dos Félix de zarpas bien diferentes.

Un clásico

Marcos Isamat dibuja siempre a lápiz, y ser del grafito antes que del grafiti le convierte en un clásico. Representan su obra un par de galeristas, en el libro de los gatos ha tirado más hacia el cómic y lo ilustrativo; pero le fascina meterse en dibujos grandes, algunos de hasta tres metros, impregnados de limaduras de sacar punta a los lápices. Los grises, los fondos, los hace con todo ese polvillo misterioso y que sigue siendo lápiz, pues lo ha extraído de sus Staedtler, de sus Faber Castell, dándoles vueltas en la maquineta del tiempo. Por todas las paredes de su casa ha colgado lo que llama "restos de exposiciones". Los dibujos del vapor de las chimeneas en la fábrica de azúcar de Olmedo son maravillosos. Como es científico (se ha dedicado muchos años a la investigación, y también antes, cuando estudiaba Biología en Edimburgo, hacía los carteles del teatro universitario), se manifiesta en esos dibujos de columnas de vapor de la azucarera su curiosidad por todo lo que parece vivo; muestra una capacidad profunda para captar el funcionamiento de lo que llamaríamos inerte. Aún colabora con un equipo que se dedica al rediseño de moléculas humanas. Eso es lo que hace: rozar la vida con la puntita del lápiz bien afilada, a ver si reacciona. Tiene una gata que se llama Manolita, y siguiéndola por las escaleras aparecen enmarcados unos dibujos de la paja recién cortada en el campo de Valladolid, o los dibujos de los juguetes de sus hijos, los muñecos, las tortugas Ninja, todos juntos en bodegón, al modo de las vanités del s. XVII con que aquellos pintores meditaban sobre el paso del tiempo y lo vano de las pasiones.

Marcos vive con su familia en un antiguo taller de monjas carmelitas, donde se reparaban órganos

Marcos vive con su familia en un antiguo taller de monjas carmelitas, donde se reparaban órganos, en el corazón del barrio de Gràcia. Es una casa muy grande y fascinante. Cuando la pilló estaba llena de teclados de ébano y marfil, y había también una máquina de fuelles para afinar los tubos. Buena parte de todo esto lo guarda ahora el Museo de la Música. Manolita abre la puerta del armario blanco de la cocina para pedir comida y cuando su dueño se la pone tintinea el cuenco de cristal de la gata. Así se rompe el silencio extraordinario que ha dejado en la casa la ausencia de aquellos órganos. Sobre la mesa hay una fuente de membrillos que les han dado unos amigos de Lérida y que también le gusta dibujar a Marcos. Como hoy hace frío, lleva un pañuelo al cuello y se ha abotonado el chaleco de punto, de color calabaza. Se lía un cigarrillo y las gafas le cuelgan abiertas sobre los hombros como unas viejas alforjas.