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BARCELONEANDO

El Bicing ha muerto. ¡Viva el Bicing!

Se nos termina la primera era de la bici pública, a la que hemos odiado y amado a partes casi iguales

En diez años se han recorrido 192 millones de kilómetros, como ir a Marte y volver un trocito

Carlos Márquez Daniel

Usuarios del Bicing, en una de las estaciones del centro de la ciudad. 

Usuarios del Bicing, en una de las estaciones del centro de la ciudad.  / FERRAN NADEU

Lo oyes. Lo notas. Sonríes. Quizá porque relames la Barcelona de los últimos 10 años. La de Hereu o la de Trias, eso va por barrios. O la contemporánea de Colau. Eso que viene por tu espalda solo puede ser un Bicing, con esos frenos que resuenan como un hipopótamo con dolor de muelas. O sus pedales, chocando con el cuadro; tacatá, tacatá, obligando al sufrido ciclista a dar un poco más de sí en cada patada. Tú le miras y te sientes como quien ve el Tour de Francia desde el sofá con un ojo cerrado: una tierna empatía. Todo eso se acabó. O se acabó tal y como lo hemos vivido. Terminó el contrato de la primera era de la bicicleta pública. Una década. Se nos muere la bici que lo ha cambiado todo. Le hemos dado duro, pero qué demonios, también le hemos cogido cariño.

El blanco y el rojo dejaron de ser en Barcelona el color de un ‘stop’ o de un ‘ceda’. Las bicis, muy parecidas a las que usan los chavales de ‘Los Goonies’ (manillar alto, minimalistas), forman ya parte del paisaje y del paisanaje. Para lo bueno y para lo malo. No tuvo unos inicios fáciles. Durante los primeros dos años desaparecieron 3.300 bicis, más de la mitad de la flota. Algunas viajaron hasta Lleida. El récord se lo llevó la que apareció en el País Vasco. Se recuperaron 2.900 gracias a los ciudadanos que avisaban a la Guardia Urbana, que acabó hasta la gorra del tema.

Bicing rescatado del litoral barcelonés / JOAN CORTADELLAS

Las han sacado del fondo del mar, de aparcamientos particulares y de balcones. Un hombre fue detenido en el 2010 por robar más de 200 piezas de las bicicletas. El tipo alegó que se las había encontrado por la calle. Las 200. La del Bicing fue una infancia muy callejera, de aprender a base de puñetazos. Como los que daban los que saqueaban las estaciones. Porque al principio era muy fácil sacarlas del anclaje. Bastaba una llave y una sutil maniobra. En Youtube había incluso tutoriales, como esos que te enseñan a fabricar casitas para el perro o cestitas de motos con pañales.  

Dichosa informática

De todo aquello aprendió el consistorio, que también tuvo que lidiar con fallos informáticos que provocaron la caída del sistema en varias ocasiones. La cosa iba más lenta que el caballo del malo. Y los casi 200.000 abonados alcanzados a finales del 2009 tampoco eran de gran ayuda. Pero a pesar de los obstáculos, y la mala imagen que arrastraba, fue cogiendo músculo. Textualmente, pues a la bici se le fueron añadiendo componentes antivándalos que la convirtieron en un 'panzer' de ciudad. Pero funcionó. A partir del 2011 solo quedaron el ruido de los frenos, los asientos del revés y ese dichoso pedal que suena a manivela con tropezón.

Con el sistema también ha madurado el ciclista. Ese que al principio cogía la bici tal y como la encontraba, con sus casi dos metros y encogido como una pasa porque el abonado anterior no pasaba del metro y medio y dejaba el asiento tocando el cuadro, ahora sabe que debe colocarlo, si consigue aflojar la clavija, de manera que al pedalear tenga la pierna casi estirada. El que no sabía usar las marchas y bajaba Balmes con la de subida y pedaleaba como si no hubiera un mañana hoy sabe gestionar los cambios con solvencia. Y el que iba con auriculares…, no; ese, mayormente, sigue con los cascos puestos. Pero hoy no hablaremos del presunto incivismo.

Ferrovial, ¿qué puede salir mal?

Los usuarios de la bicicleta pública han participado sin querer en uno de los mayores experimentos sociológicos de los últimos tiempos. Y no han sido pocos los voluntarios. Desde marzo del 2007 hasta hoy, casi medio millón de barceloneses han sido socios del Bicing en algún momento, según cifras que facilita el consistorio. En su piel, los abonados han vivido las virtudes y los inconvenientes de la bici. Han sido pasto de tertulianos con ruedines, han hecho trampas en aceras y calzada, han desquiciado al peatón; pero también han supuesto un ahorro del coste sanitario cercano a los 18 millones de euros (según el Instituto de Salud Global de Barcelona), han abierto puertas y ventanas a la bici particular, que ya es mayoría, y han demostrado que la movilidad sostenible puede hacerle frente a la industria del automóvil.

El nuevo modelo de Bicing, más estilizado.

En diez años se han realizado 140 millones de viajes en los que se han recorrido 292 millones de kilómetros, como ir a Marte y volver un trocito o ventilarse la Diagonal de punta a punta 24 millones de veces. El Bicing iniciará pronto una vida nueva. Hoy es ese robot de la película que ve cómo una versión mejorada está a punto de extinguirle. En este caso, será de la mano de Cespa, una empresa filial de Ferrovial. Efectivamente, la empresa que, según Fèlix Millet, financiaba a Convergència a cambio de obra pública. ¿Qué podría salir mal? 

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