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NUEVO MODELO SOCIAL

Barcelona no sabe, no contesta

La encuesta de servicios municipales demuestra que cada vez son más los que no conocen la ciudad

Las pérdida de la cercanía o la desconfianza en los políticos, posibles explicaciones ante tanto pasotismo

Carlos Márquez Daniel

Ambiente ciudadano en el Portal de lÀngel, en enero del 2017. 

Ambiente ciudadano en el Portal de lÀngel, en enero del 2017.  / JORDI COTRINA

Las encuestas municipales permiten obtener una foto fija de muchos aspectos de la ciudad, pero también son una buena herramienta para mirar hacia atrás y comparar con el presente. Para ver de dónde venimos y predecir hacia dónde vamos. Si se retrocede 20 años, es fácil darse cuenta de lo lógico, como que el turismo no inquietaba lo más mínimo y el tráfico y la inseguridad preocupaban por encima de todas las cosas. Al rasgar la capa superficial subyace, sin embargo, un dato revelador: se ha multiplicado el porcentaje de barceloneses que, al ser preguntados sobre los distintos servicios de la ciudad o sobre aspectos concretos de su vida, dicen no tener ni idea. Barcelona no sabe, no contesta. ¿Por qué?

Pongamos algunos ejemplos. Las instalaciones deportivas, ¿cómo han evolucionado en el último año? En 1997, un 12,9% de los entrevistados no atinaban a dar una respuesta concreta. En la encuesta de hace unos meses, presentada el 6 de noviembre por el primer teniente de alcalde, Gerardo Pisarello, ese porcentaje escaló hasta el 30,1% (llegó al 35,2% en el 2014). ¿Y qué tal la fiestas populares? Pues se ha pasado del 7,2% al 17,9%. Y en cuanto a las actividades culturales, del 9,4% al 22,7%. Lo mismo con los servicios de información y atención a los ciudadanos (del 9,2% al 26%), los aparcamientos (del 7,4% al 15%), los mercados municipales (del 5,9% al 14,6%) y los centros de servicios sociales (del 15,6% a un sangrante 52,6%). Otro ejemplo llamativo: a la pregunta de qué le pediría al consistorio que hiciera por su barrio, el registro se ha doblado: del 4,7% al 8,5%. Casi uno de cada 10 barceloneses no tiene ni idea de qué le hace falta a su vecindario.

Subida constante

Este no es un pasotismo repentino. Los números demuestran que el crecimiento de ciudadanos desconectados de la realidad más próxima ha ido creciendo año tras año. Y no solo al preguntar sobre equipamientos y servicios. También en las cuestiones relacionadas con las condiciones de vida. De lo poco que se ha mantenido estable es el conocimiento del bus y el metro. Las cosas de ser una ciudad que, aunque a veces no lo parezca, apuesta por el transporte público.

Preguntada por la Barcelona que no sabe o no contesta, la socióloga Marina Subirats no se aventura a dar un solo diagnóstico. Aporta varios. "Creo que puede ser una suma de varios factores. Puede ser una creciente desconfianza en las encuestas que lleva a muchas personas a responder sin pensar demasiado la respuesta. Tampoco ayuda la mala imagen de los políticos y de las instituciones, que puede traducirse en esa falta de interés". Y luego están los tiempos que corren; el argumento definitivo.

Dice Subirats que en el 2017 "predominan las relaciones lejanas a través de las redes sociales". "Antes tenías que coincidir con alguien en un lugar para saber de él. Eso se acabó. Ahora hablamos con una persona que está al otro lado del planeta y en cambio no sabemos cómo se llama nuestro vecino. Se está produciendo un tipo de comunicación que pasa por encima de la proximidad". Y eso, la cercanía, es lo que hace que las ciudades sean vividas, experimentadas y compartidas. "El hecho de tener menos relaciones en el entorno inmediato -señala Subirats- hace que las cosas se comenten menos, como lo mal que está la acera o el aparcamiento". 

El turismo que vino de golpe

Más allá del presunto pasotismo que refleja la encuesta municipal también está el retrato social, esa comparación con la Barcelona que fuimos. A día de hoy, el turismo es la principal preocupación de los barceloneses (15,6%), muy por delante del paro, la circulación y el acceso a la vivienda. El malestar ante la llegada de forasteros no apareció hasta el 2006, cuando arañó un 0,5% de inquietud. El salto se dio, curiosamente, con la llegada de Ada Colau a la alcaldía. Se pasó del 3,8% del 2014 al 6,4% del 2015 y al 8,1% del 2016. No es que en los últimos tres años hayan desembarcado de golpe hordas de ‘guiris’ en la capital catalana. Puede que sea más una cuestión mediática, de discurso político que termina por impregnar la opinión pública. En 1997 el mayor quebradero de cabeza era el tráfico (22,9%), muy por encima del paro (11,4%) y de la contaminación (9,9%). El acceso a la vivienda apenas desvelaba al 2,8% de los consultados. En aquel año, el metro cuadrado de alquiler salía a una media de 5,8 euros. Hoy está a 13,2 euros, un 127,6% más. Comprensible el cabreo contemporáneo, pues el sueldo medio ha subido menos de la mitad, un 57,7%.    

Gana el coche, como siempre

El tráfico y la contaminación siempre han estado en la mente de los barceloneses. En el tipo de medio de transporte usado para moverse por la ciudad, en estos 20 años se ha notado una importante caída del uso del coche en beneficio de la moto y de la bicicleta, que en 1997 tenía un papel residual y ahora aglutina el 4% de los desplazamientos diarios. El bus y el metro, a pesar de que hoy hay más servicio que nunca, han caído ligeramente. También el taxi, que se ha dejado por el camino a la mitad del pasaje (del 2,2% al 1,1%). En términos generales, a pesar de la bici, de las zonas 30, de la pacificación de cascos antiguos, de la nueva red de bus, de la ampliación del metro, de las supermanzanas, de tantas cosas puestas en marcha para conseguir una movilidad más sostenible, el uso del vehículo privado no solo no ha caído sino que ha aumentado (del 20,3% al 21,3%). El transporte público, en cambio, ha pasado del 71,5% al 69,4% y los que van andando son ahora el 9,1% por el 7,6% en 1997. Lo que sí ha aumentado es la percepción de disponer de un transporte público de calidad. Hace 20 años eran el 75,1%; ahora son el 84,2%.