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EL ZOO DEL TEMPLO

El bochornoso león infantil de la Sagrada Família ya tiene sustituto

La escultura y el cordero que la acompañará se colocarán en breve en la Fachada de la Pasión

Carles Cols

La versión 2.0 del león bíblico de Judá, obra de Lau Feliu.

La versión 2.0 del león bíblico de Judá, obra de Lau Feliu. / EL PERIÓDICO

Tras la rechifla que en otoño del 2015 causó el primer león que se colocó en la Fachada de la Pasión, a cuyo lado el felino cobardica de ‘El mago de Oz’ parecería un devorador de hombres del río Tsavo, el escultor Lau Feliu tiene ya a punto la versión 2.0 de aquel fiasco. El león, y también el cordero que se colocará en el extremo contrario del acroterio de la fachada, ya están esculpidos. Una red colocada allí donde durante unas breves pero desconcertantes semanas estuvo el primer felino anuncian que la colocación de la nueva escultura está cerca. Así pues, como casi siempre que se trata de la Sagrada Família, volverá la polémica, que ya ha comenzado en las redes sociales entre quienes han tenido la oportunidad de echarle un ojo a las piezas. “Pocos leones ha visto esta gente”. Es uno de los comentarios.

El primero y pasmoso león, instalado en la Fachada de la Pasión en el 2015

La Sagrada Família, tal y como la predicó Gaudí, tenía que ser una suerte de Biblia de piedra, sobre todo su piel exterior, contar lo que los frescos románicos trataban de transmitir en la Edad Media, misterio y miedo. En vida, el arquitecto de Reus solo tuvo tiempo de ‘escribir’ la Fachada del Nacimiento. No quiso comenzar por la Fachada de la Pasión porque pretendía que esta fuera trágica, incluso tétrica, y, de haber optado de entrada por ella para comenzar los trabajos de su obra magna, temía que fuera un mal reclamo para pedir limosnas a favor de la construcción del templo.

Tras los pasos de Subirachs

De la mayor parte de la obra escultórica de esa fachada comenzó a encargarse hace poco más de un cuarto de siglo, no sin gran controversia, Josep Maria Subirachs. Se supone que quiso ser fiel a los deseos de Gaudí, que la concibió como algo austero, y ya que del sacrificio de Jesús se trataba, optó por sacrificar de paso la estética. Pero Subirachs falleció sin completar todo el conjunto. Quedaron pendientes elementos simbólicos del cristianismo previstos por Gaudí, como el León de Judá, que representa el triunfo de Cristo sobre la muerte, y el cordero de Abraham, dos esculturas que irán colocadas sobre ese desconcertante cimacio de la fachada que parece el costillar de un gigante y que, efectivamente, es lo que pretende, pues son los huesos de los muertos antes de la resurrección.

El cordero de Abraham, de estética también discutible.

El nuevo león (esculpido con piedra de la misma cantera que pavimenta los Champs-Élysées de París, por cierto) impone más respeto que la primera y fallida versión del 2015, objetivo fácil de superar, desde luego, pero tampoco tiene la presencia de un rey de la selva. No es, vamos, “el trozo de piedra más triste, conmovedor y contundente del mundo”, que es lo que Mark Twain dijo, por ejemplo, de la escultura del ‘León herido’ de Lucerna, un homenaje a los centenares de guardias suizos que murieron durante la revolución francesa en defensa de la familia real.

El león de la Sagrada Família dará de qué hablar, seguro, y contribuirá así a añadir nuevos capítulos a la accidentada historia de los leones escultóricos de España. En el extranjero, no hay mucho que contar salvo éxitos. Ahí están los leones londinenses de la estatua de Nelson, que para moldearlos se emplearon cañones de la flota francesa derrotada por el almirante. También es archiconocido el león alado de Venecia, que ha logrado ser un símbolo en una ciudad sobrada de señas de identidad. Merecen también una mención Paciencia y Fortaleza, los leones de la Biblioteca Pública de Nueva York, realmente imponentes.

Leones gafados

En España, sin embargo, los leones vienen con gafe, como los del Congreso de los Diputados, que también tienen nombre, Daoíz y Velarde, dos héroes del levantamiento del 2 de mayo. En su primera versión, por falta de presupuesto, eran de yeso, con una capa de pintura de color bronce. Recibieron un aplauso unánime el día de su presentación, pero al cabo de un año de lluvias y mal tiempo, daban más pena que gloria. Fueron sustituidos por una segunda versión, esta vez sí de bronce, pero también por ahorrar eran muy chirriquitines y, en consecuencia, objeto de burlas. A la tercera, en 1872, llegaron por fin los actuales, y además muy a la inglesa, porque se elaboraron con cañones capturados al enemigo en la batalla de Wad-ras.

De esos leones del Congreso quedan aún humeantes los rescoldos de su última polémica, surgida en el 2012, cuando por desconocimiento o por mala fe alguien organizó una campaña para dotar de testículos a uno de los dos leones, porque no solo no tiene, sino que el otro luce unos bien visibles, como balas de cañón. La razón es que representan a Hipómenes y Atalanta, héroe y heroína de la mitología griega convertidos en leones, y a ella, la transformación no le supuso un cambio de sexo.

Por si alguien siente curiosidad, el león 2.0 de la Sagrada Família sale del taller sin genitales.

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