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BARCELONEANDO

Enrique y la casualidad de vivir

Una patrulla de la Guardia Urbana, una portera, un farmacéutico y un vecino anónimo se conjuraron para salvar la vida de este tímido camarero

Carlos Márquez Daniel

Franc Capdevila, Enrique Ramos y el desfibrilador sin el que esta fotografía sería imposible, el pasado martes. 

Franc Capdevila, Enrique Ramos y el desfibrilador sin el que esta fotografía sería imposible, el pasado martes.  / CARLOS MONTAÑÉS

Enrique es un hombre tímido y sencillo. Habla despacio, lo justo; se mueve sin prisa. Y escucha. Sobre todo escucha. Es uno de esos barceloneses, como lo son la mayoría, que pasan desapercibidos y que sin querer han hecho grande esta ciudad. Solitario y metódico, Enrique está vivo por casualidad. Su afortunada historia es también la de una patrulla de la Guardia Urbana, la de un ciudadano anónimo, la de una portera y la de un farmacéutico. Y sí, entre todos le apartaron de una muerte segura.

Enrique Ramos se marchó de León a los 27 años. Llegó a Barcelona animado por su hermana, que le prometía trabajo y prosperidad en una región que estaba a punto de dar el salto con los Juegos del 92. Empezó de camarero en un restaurante japonés. Y ahí ha seguido hasta nuestros días. Concretamente, hasta el pasado 8 de agosto.

Un joven que pasaba por ahí detuvo a los policías mientras la portera sujetaba la cabeza de Enrique 

Cuenta que esa mañana salió un poco más pronto de lo habitual y que decidió pasar por el banco. Vive en Casanova y el trabajo lo tiene en Josep Tarradellas. Subió avenida de Sarrià y a partir de ahí cede el relato porque ya no se acuerda de nada. Aquella semana había notado algunas molestias en su brazo izquierdo. Franc Capdevila es el propietario de la Farmacia Sarrià. Explica que vio a Enrique sentado en el suelo, en el portal sito junto a su negocio. “Se balanceaba y tenía la mirada totalmente perdida”. Un joven que pasaba por ahí detuvo a grito pelado a una patrulla de la Guardia Urbana que iba en coche: el agente Óscar Gallardo y el caporal Jesús García.

Manos a la obra

Fueron momentos intensos y desagradables. Pero también hubo coordinación, trabajo en equipo y sangre fría. Estuvo despierto entre 15 y 20 segundos. Hablaron con él, pero balbuceaba. Entró en parada cardiorrespiratoria tras convulsionar y todos se pusieron a trabajar. La portera le sujetaba la cabeza. Franc fue por el desfibrilador de la farmacia y uno de los agentes, al coche para coger el ambu (máscara de aire) y la cánula de Guedel (tubo semirrígido que mantiene abierta la vía respiratoria).

Oscar (izquierda) y Jesús, los agentes que salvaron a Enrique / JORDI COTRINA

Su piel empezó a ponerse morada. Lo perdían. Le practicaron la reanimación cardiopulmonar y le aplicaron dos descargas. “Recuerdo perfectamente el ruido de la máquina. Creo que pasó menos de un minuto sin responder”, recuerda Franc, vagamente. Finalmente recuperó el aliento. En ese momento llegó la ambulancia. El médico que realizó un primer chequeo le dijo a los agentes que sin su intervención, Enrique podría haber muerto. Pero no. Porque esa mañana se levantó algo más temprano. Porque se detuvo frente a la farmacia. Porque un vecino paró a la patrulla. Porque Franc tenía el desfibrilador. Porque esos policías sabían lo que tenían que hacer.

“No soy religioso, pero sí creo en la suerte. No me tocaba morir. Pasé seis días en el Clínic y salí sin secuelas del infarto. Tomo cinco pastillas diarias e intento comer un poco mejor. Ahora me gustaría encontrar un gimnasio para hacer bicicleta o natación. Antes mi vida era pura monotonía. No es que haya cambiado mucho, pero ahora me doy cuenta de la importancia de aprovechar el tiempo”. Enrique se pasa a menudo por la farmacia para llevarle galletas a Franc, que seis meses antes de aquel incidente enterraba a su padre, precisamente de un infarto. Charlan un rato y él se marcha, agradecido. Le gustaría conocer a la patrulla que le salvó la vida. Debía suceder la semana pasada, pero será la siguiente, porque Quique, por primera vez desde agosto, se ha aventurado a viajar por una boda familiar.

Más galletas

Los agentes recuerdan aquel día con satisfacción. “Aunque forme parte de nuestro trabajo, salvar una vida es muy gratificante”, dice Oscar. Una semana después se pasaron por la farmacia para ver si sabían algo de Enrique. Nunca han coincidido. Lo harán pronto. Seguro que también les invita a galletas. 

"¿Por qué no un desfibrilador en todas las comunidades de vecinos?" reflexionan los agentes

No era la primera vez que esta patrulla tenía que lidiar con una situación de vida o muerte. Antes de verano, un hombre les paró por la calle en su moto pidiendo ayuda para su bebé, que estaba en casa con su mujer. Pusieron la sirena y para allá que se fueron. El pequeño, de seis meses, se ahogaba. No respiraba. Tras el masaje cardíaco, pudieron recuperarle. "¿Por qué las comunidades de vecinos no se ponen de acuerdo para instalar un desfibrilador en las porterías?", se pregunta Jesús. No es ninguna tontería. 

Jesús, urbano desde 1991, ha pasado por un par de experiencias más. Una acabó bien; la otra, no. En una ocasión vio morir a un indigente al que no pudo salvar. “Tenía 24 años y era la primera vez que veía la muerte tan de cerca. Sucedió dentro de la ambulancia”. En el 2005, su compañero de patrulla colapsó mientras estaban en el coche. Lo llevó a toda velocidad al Hospital del Mar y pudieron recuperarlo cuando parecía imposible. Hoy sigue en el cuerpo.

A Enrique le salvaron unos desconocidos. Esos que nuestras madres nos dicen que evitemos pero que de mayores pasan a ser conciudadanos. Tiene previsto volver a su pueblo, Santa María del Páramo, cuando se jubile. Dice que ahí tiene casa, que se siente muy a gusto. Hasta entonces seguirá en Barcelona. Viviendo.

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