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BARCELONEANDO

Cuánta plancha todavía

Es una lástima que el montaje 'Parlàvem d'un somni' dure tan poco en el TNC

Olga Merino

Maria Aurèlia Capmany y Pasqual Maragall, en 1983.

Maria Aurèlia Capmany y Pasqual Maragall, en 1983. / PILAR AYMERICH

Tal y como está el patio, "los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo". La frase es de Julio Cortázar, de la novela Los premios, y, bien mirado, un hogar con libros parece bastante más refugio, un oasis donde puede dialogarse mejor, un delicado arte en desuso que reivindica el montaje Parlàvem d’un somni, en la Sala Tallers del TNC. La obra gira alrededor de una conversación entre la escritora Maria Aurèlia Capmany y el exalcalde Pasqual Maragall, una donassa y un homenot polémicos. Progresistas de izquierdas ambos, de pedigrí distinto. Hijo de la burguesía el uno; de la menestralía culta, la otra. Aunque disentían, se apreciaban mucho.

La obra gira en torno a una conversación entre el exalcalde Pasqual Maragall y la escritora Maria Aurèlia Capmany

Nada más levantarse el telón, un proyector incrusta en el fondo del escenario la imagen de una estantería inmensa, de pared a pared, repleta de volúmenes. Se supone que es la sala de estar de la Capmany, en su piso de la calle de Mallorca, donde la muy leída señora, a la sazón concejala de Cultura, recibe a su jefe, un joven Maragall recién estrenado en el consistorio. Estamos en el otoño de 1983, en una Barcelona que acaba de pasar página al franquismo y lo tiene todo por hacer.

La propuesta teatral se basa en una conversación real que ambos mantuvieron por esas fechas, con la que se inauguró la estupenda colección Diàlegs a Barcelona, un encuentro cuya sesión fotográfica corrió a cargo de Pilar Aymerich: cinco de sus retratos, como el que ilustra esta página, adornan el vestíbulo de la Sala Tallers. La Capmany tenía entonces 64 años; Maragall, 42.

Para redondear aquella mítica charla, para que no se quedara en un mero revival nostálgico en torno la ciudad preolímpica, el escritor Jordi Coca se ha sumergido en la obra, los discursos y el pensamiento de ambos, de manera que el montaje se eleva hasta donde más escuece: el actual debate político. Como muestra, vaya un aperitivo de las frases como balas que entrambos se cruzan:

-Aquest país ideal no existeix.

-Però existirà, Maria Aurèlia, existirà.

-Ja ho veurem.

Suponía un reto muy difícil mantener la atención del espectador sin trama que valga y, sin embargo, Parlàvem d’un somni lo consigue gracias sobre todo al estupendo trabajo de los intérpretes, Anna Güell y Òscar Entente. El mismísimo Pasqual Maragall acudió la noche del estreno, el jueves de la semana pasada, acompañado de su esposa Diana Garrigosa, y cabe preguntarse si se reconoció en los gestos del actor, en la dicción, en aquella gabardina que parecía irle una talla grande… ¿Recuerda acaso quién fue, lo que supuso para esta ciudad?

La propuesta teatral plantea cuestiones tan vigentes como el encaje entre Catalunya y España

En cualquier caso, es una lástima que el montaje dure tan poco, solo hasta el domingo, porque siguen tan vigentes los interrogantes planteados sobre el escenario que cuesta creer que, transcurridas más de tres décadas, estemos todavía en las mismas. Se entrecruzan en la discusión la naturaleza de la burguesía catalana, por ejemplo, amasada con los hermanos pequeños del hereu. O el inagotable tema de la relación con España, un movimiento oscilatorio entre la frustración de una nación sin Estado y el fracaso de ilusionar con un proyecto común.

El alcalde olímpico soñaba con refundar España desde Catalunya, aunque la Capmany, gata vieja, el eslabón con aquel ideal republicano que la guerra truncó, recelaba tanto de esa posibilidad, como del catalanismo retórico, “tancat i ploraner”. Por cierto, Jordi Pujol es uno de los personajes que sale peor parado en el montaje, junto con el fantasma de Juan Antonio Samaranch, de prócer franquista a presidente del Comité Olímpico, una especie de Fouché con una peculiar movilidad ideológica.

Jordi Pujol y Samaranch son quienes salen peor parados en el careo con el pasado reciente

España, Catalunya y su encaje. Puede que la clave esté en una frase que pronuncia el personaje de Maragall en el montaje: "Hem de fer que els nouvinguts sentin que aquí es guanyen la seva llibertat". ¿Se ha conseguido 30 años después? El tema daría para una larga discusión. Buf, cuánta plancha todavía.

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