Ir a contenido

HISTORIAS DE LA CARA B DE BARCELONA

"Lo peor no es la droga, es la calle"

Sin hogar ni familia cerca y fumadora de cocaína, Isabel acude al CAS Baluard a diario para ducharse y, sobre todo, sentirse arropada

Helena López

Isabel acude a diario a la Sala Baluard.

Isabel acude a diario a la Sala Baluard. / RICARD FADRIQUE

Pinta sentada en el suelo, en el descansillo de la entrada. Por cargar el móvil en el enchufe, no porque el lugar le inspire especialmente. Está terminando dos lienzos que le ha encargado su hermano, que vive en Alemania y quiere ayudarla. Por el cristal del flamante edificio, inaugurado hace apenas un mes, no hay persona que pase que no le dedique una sonrisa o un toquecito en el ventanal. "¿Quieres un helado?", le ofrece un chico bajo una gorra al salir. Ella lo acepta. Le encanta el chocolate. Al poco, otro hombre le acerca un cilindro de galletas príncipe de marca blanca. Isabel le agradece el gesto, coge una y él deja el paquete sin aceptar un no por respuesta. "Me cuidan mucho. Somos como una familia. Aquí compartimos de todo, situaciones límite. Es todo muy intenso. Nos hemos visto con el mono, bailando, por la mañana recién levantados, durmiendo colocados sobre la mesa...", explica esta portuguesa de 36 años, usuaria diaria del Centro de Atención y Seguimiento a las Drogodependencias (CAS) Baluard desde hace cuatro años.

"Con el del helado estuve seis meses sin hablarme. Me robó la bolsa con todo. Llevaba todos los papeles, el móvil, marihuana, un poco de speed", explica la mujer dando un baño de realismo al relato. "Hasta que un día me vino llorando, preguntándome por qué no le hablaba. No sabía que era tan importante para él... Le perdoné, claro", prosigue. Los usuarios del CAS Baluard son una familia, para lo bueno y para lo malo. "Cuando veo a chavales muy jóvenes, que van muy rápido, intento sentarme a hablar con ellos, hacerles un poco de madre, con las broncas y todo. Yo soy muy dura", relata con dulzura.

Ella ha pasado por todas las etapas, dice. "Menos pincharme. Pincharme nunca me ha llamado la atención. No me gustan las jeringas, creo que es por mi madre. Murió de cáncer, y con la enfermedad tuvo que pincharse mucho. Ella, de joven, se pinchaba heroína, y mira, de mayor murió de cáncer, también pinchándose", se sincera sin soltar el pincel. "Empecé a consumir para entender qué tenía esa mierda, que había sido tan fuerte como para que mi madre lo dejara todo", narra Isabel, quien no consumió coca a diario -"al principio era solo para salir de fiesta, lo típico"- hasta que empezó a salir con su expareja, ahora en la cárcel. "Él sí robaba -señala-, por eso acabó encarcelado".

Exclusión (también) sanitaria

Al entrar su expareja en prisión y verse sola y en la calle -"he estado en varias casas ocupadas, pero una mujer sola... siempre sale alguien que quiere aprovecharse de ti, y paso"-, empezó a acudir al CAS Baluard. "Aquí casi nunca consumo, vengo a ducharme, y a estar con los compañeros. Aquí me siento protegida, esto es algo muy tribal, por eso me enfadé tanto por lo del robo, no porque robara, sino porque me robara a mí".

Lo que más agradece de los servicios que le ha ofrecido este equipamiento de reducción de daños municipal es haberla ayudado con la gestión de su tarjeta sanitaria. "Un día que no pude más, en una discusión con mi ex, di un golpe a un cristal y me destrocé la muñeca -recuerda-; me tuvieron que operar y después me pasaban la factura. 2.900 euros". Ese incidente marcó un antes y un después. "Vi que tenía que frenar".

"La pintura es otro vicio"

Desde que pinta, consume menos. "La pintura es otro vicio", señala la mujer, quien explica que consume cocaína, solo fumada, que compra ya cocinada, como fórmula, también, para consumir menos (es más cara). "Es obvio que sabría cocinarla, he visto hacerlo cientos de veces, pero prefiero comprarla ya cocinada", matiza insistiendo en que "lo peor no es la droga, es la calle". "Para una mujer, vivir en la calle no es fácil. Vives situaciones muy duras. Sabes que si te invitan mucho, quieren algo. Y si te ofrecen sitio en alguna casa, también", insiste la mujer, quien llegó a España vía Salamanca, donde estuvo haciendo un Erasmus cuando estudiaba Matemáticas, carrera que dejó cuando le faltaba solo un curso.

En la calle sabe que hay que seguir varias reglas, como taparse siempre la cabeza al dormir, para que no reconozcan que es una mujer, y buscar sitios protegidos, como la parte alta de los portales, en la entrada de las azoteas, donde nunca sube nadie, o sitios que ya conoce, como la zona de la estación de França Correos. Tiene tramitada la renta garantizada y espera empezar a cobrarla en breve "y remontar", concluye antes de dar la última pincelada a su obra. Mientras llega, cuando puede -"cada vez que tengo 10 acabados"-, busca alguna plaza tranquila para vender sus cuadros e ir tirando.