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La monumental escalinata de entrada del vestíbulo del Palau Montaner, actual sede de la delegación del Gobierno. 

PÉREZ DE ROZAS

BARCELONEANDO

Suntuoso modernismo oculto

La sede de la delegación del Gobierno esconde una joya arquitectónica de difícil acceso

Natàlia Farré

De las lonas a las vallas. Hasta hace pocas semanas unas lonas tapaban la vista del edificio levantado a la manera de las antiguas villas palaciegas y de estilo modernista que por ahí en 1889 se hizo construir Ramon Montaner. Y también desde hace pocas semanas que las vallas, muchas, obligan al transeúnte a admirar la suntuosidad de la construcción, ya descubierta, desde la distancia. Lo primero era fruto de la rehabilitación del edificio; lo segundo lo marca la política. Demasiadas manifestaciones. Y demasiadas posiciones. No en vano, donde tuvo su residencia el primer Conde del Valle de Canet (noble por obra y gracia de Alfonso XIII) tiene ahora la sede (y búnker) la delegación del Gobierno. Es el Palau Montaner, la construcción modernista más desconocida y oculta, a la par de opulenta, que hay en Barcelona. Con permiso de la Casa Comalat, que no tiene rival en lo que a secretismo y decoración desbordante se refiere.

La decoración del Palau Montaner lleva el nombre de los mejores artistas de principios del XX

Ramon Montaner, hombre con posibles, no escatimó en recursos a la hora de erigir su residencia. Se la encargó a Josep Domènech i Estapà, arquitecto pseudomodernista, y la mandó acabar a Lluís Domenèch i Montaner, modernista de pro, además de sobrino del comitente. Y el autor del Palau de la Música puso todos los sentidos en el que fue uno de sus primeros diseños. Vamos, que se rodeó de los mejores para decorar el interior. ¿El resultado? Insuperable. La ebanistería la firmó Gaspar Homar, los vitrales los puso Antoni Rigalt, las esculturas las talló Eusebi Arnau y los mosaicos salieron de las manos de Lluís Bru. No había en ese momento artesanos y artistas más doctos que esos. Ni nadie con más ganas de mostrar su poderío burgués que Montaner. De ahí la sobredosis de escudo familiar en suelos, vidrieras, telas y maderas. Y la profusión de repujados y hornacinas. Con todo, la espectacularidad la da la entrada principal con su monumental escalera, idea de Domenèch i Montaner, que luce bajo una impresionante claraboya con motivos vegetales, diseñada por Rigalt, y cuyo primer tramo finaliza frente a unas esculturas de Arnau que dan la bienvenida con ofrendas de sal, agua, vino y pan. A destacar, también, la barandilla, ornamentada a más no poder con conjuntos florales y criaturas mitológicas, amén de leones, dragones y serpientes.

Después de la guerra civil acogió el Institut Balmes y a la Falange

Pero ver semejante despliegue decorativo no es fácil. Durante un tiempo el Ayuntamiento programó visitas desde la Ruta del Modernisme. Ya no se hacen y difícilmente se repetirán. La seguridad obliga. Aun así hay una opción: la Fundació Tàpies. Veamos, Montaner era socio de Francesc Simón, y ambos fundaron la editorial Montaner i Simón, cuya sede, ahora ocupada por el centro dedicado al pintor matérico, también la levantó Domenèch i Montaner. Así que desde la Tàpies se organizan rutas por los dos edificios y un tercero, la Casa Thomas, del mismo arquitecto y también vinculado a la editorial. Pero no son ni muchas ni constantes.

El convenio con la delegación del Gobierno contempla seis visitas al año. La última estaba programada para el pasado sábado pero se suspendió en aras de la seguridad. Así que lo suyo es disfrutar el palacio por fuera, que también se puede. De momento desde lejos, culpa de las vallas, ya saben. Ahí está la fachada con sus mosaicos de cerámica vidriada con alegorías de la imprenta, las artes clásicas y los nuevos inventos (teléfono, gramófono y electricidad). Sin olvidar los dos blasones y el ave fénix que coronan la entrada principal. O la valla de forja perimetral diseñada con barrotes en forma de abeja y rematados con estrellas de cinco puntas.

Impresionante sala de música

La dificultad de la entrada es una pena. Pues es uno de los edificios modernistas más recargados, desconocidos y mejor conservados de la ciudad. Han desaparecidos estancias, como la impresionante sala de música, o la cocina y los lavabos, ejemplos de modernidad a principios del XX, pero se conserva bastante entero teniendo en cuenta que desde que la familia Montaner lo abandonó en la guerra civil, el edificio ha sido sede, antes de ser delegación del Gobierno, del Institut Balmes, después de la contienda, y de la Falange desde años 50 hasta el fin de la dictadura

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