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Barceloneando

La vuelta al cole

Se vuelve al colegio cada septiembre como se vuelve a la infancia cada vez que se abre un libro

Javier Pérez Andújar

Vuelta al colegio tras las vacaciones estivales. En la imagen la escuela El Til.ler de Barcelona.

Vuelta al colegio tras las vacaciones estivales. En la imagen la escuela El Til.ler de Barcelona. / JOAN PUIG

Si le volvieran a cambiar los nombres a los meses, como cuando los franceses les pusieron Floreal, Germinal..., habría que crear uno que se llamase Volteal, o en catalán Voltaire, que sería el que va de la vuelta ciclista a la vuelta al cole, es decir, el que acaba de cumplirse esta semana. Junto a los niños y las niñas, los poetas y los rockeros son los animales que siempre vuelven a la escuela con esa repetición, esa monotonía de la lluvia en los cristales que dijo Antonio Machado en su recuerdo infantil y colegial. A Antonio Machado también se vuelve una y otra vez lo mismo que se van a pisar las calles nuevamente de lo que fue Santiago ensangrentada (y en una hermosa plaza liberada, Pablo Milanés se detendrá a llorar por los ausentes). Antonio Machado es el poeta de los caminos y por eso las ciudades le dedican sus calles, pues la calle es el camino del urbanita. Quienes habíamos nacido para poetas, pero nos faltó talento y nos sobró asfalto, hemos recuperado en el rock nuestra réplica del mundo de los trovadores (corteses, enamoradizos, violentos, melancólicos, irónicos, perdedores, vividores..., los primeros poetas modernos). ¿Es Antonio Machado un poeta moderno? Por esnobismo, que es una manera de modernidad (por tanto, más sofisticada que una manera vivir), habría que sostener que el moderno era su hermano Manuel. Quizá con Antonio Machado y Manuel Machado pase como con la vida y la modernidad, como con ser eterno y ser infinito, entendido en este orden. Por eso, por las maneras de vivir, hay en Leño más de Antonio Machado que de Manuel Machado. Es la diferencia entre el rompeolas (de todas las Españas) y la nueva ola.

Antonio Machado es el poeta de los caminos,  y por eso las ciudades le dedican sus calles

El rock es un continuo volver al colegio, se ve en Angus Young, el guitarrista de AC/DC que lleva siempre el uniforme escolar, y se ve en Supertramp, en su canción 'School', que empezaba con una armónica, el instrumento de los vagabundos y de toda la gente que viaja ligera de equipaje (casi desnuda, como los hijos de la mar). Y se ve cuando los dos primeros discos de Alice Cooper se juntaron en uno que se llamó 'School Days', y cuando los Kinks escribieron una ópera rock titulada 'Schoolboys in Disgrace'. Antes de que llegara la 'new wave' e impusiera su nueva manera de escribir canciones, su dolce 'stil nuovo', el rock y el colegio tenían esa humildad, ese polvo del camino por donde la gente llegaba de los pueblos a los barrios. Por ejemplo, unos chavales de Madrid montaban un grupo y para llamarlo elegían la palabra Asfalto (los del PSUC dijeron aquello de tus manos tu capital, añadamos que las palabras son las manos del pensamiento), y escribían una canción y la titulaban 'Días de escuela' (“Bien abrigado, llegaba al colegio...”).

También en eso se parecen Antonio Machado y Asfalto, en recordar cómo el frío, la lluvia..., acompañan a los niños hasta la puerta del cole. Pero es que el colegio, los colegios de la educación pública, gratuita y obligatoria, se hicieron para eso aunque ya no lo recordemos: para proteger a la infancia de las inclemencias, y la principal de ellas es la desigualdad. Al colegio no se volvía a contarse las vacaciones, sino que se iba como explica Collodi que fue Pinocho. (Carlo Collodi, burgués de corazón reformista, o Edmondo De Amicis, que escribió para los niños 'Corazón', con las historias de Marco y de 'El pequeño escribiente florentino'; aquellos italianos decimonónicos, que venían de Dante, de Boccaccio, de Petrarca, y cuyo 'dolce stil nuovo' consistió en contarles el socialismo a los niños). Pinocho va al colegio para recompensar a su padre de cuanto ha hecho por él. Porque un niño iba al colegio en su propio beneficio, por supuesto, pero también en el de sus padres y el de todos los suyos que no habían podido ir.

Había toneladas de representatividad democrática y popular en un niño humilde entrando en la escuela. Para no dejarlo ir de cualquier manera, Geppetto lo ha arreglado con lo poco que tiene (tus manos tu capital, a veces es más importante para las generaciones venideras dejar un cartel que ganar unas elecciones): el vestido de papel floreado, los zapatos de corteza, el gorro de miga de pan. Y para comprarle el abecedario, empeña su vieja, sucia y remendada zamarra en pleno y nevado invierno. Lo que luego hizo Pinocho no tiene nombre (o sí lo tiene, y es el título de su libro, su propio nombre, su propia vida; Pinocho, lo mismo que Antonio Machado, es un ser de andar y andar los caminos).

Al colegio se iba como fue Pinocho, para recompensar a su padre de cuanto ha hecho por él

Se vuelve al colegio cada septiembre como se vuelve a la infancia cada vez que se abre un libro. Lo dijo Bataille en 'La literatura y el mal': “La literatura es, al fin, la infancia recobrada” (lo cita Fernando Savater en 'La infancia recuperada'). Y Graham Greene, en la primera frase de su ensayo 'La infancia perdida', explica el porqué: “Tal vez solo en la infancia los libros ejercen una influencia profunda en nuestra vida”. Y esas primeras lecturas (historias de piratas, de animales, de pandillas...), son siempre libros modestos, sencillos. Como le gustaba escribir a Antonio Machado.