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ciudadanos atrincherados

Rezos en la coctelería Boadas

Un ciudadano francés encerrado en el famoso bar de la Rambla también había sobrevivido el atentado de París

Cristina Savall / Barcelona

Un grupo de barceloneses y de turistas refugiados en el Boadas se cogieron de las manos para rezar la tarde del atentado.

Un grupo de barceloneses y de turistas refugiados en el Boadas se cogieron de las manos para rezar la tarde del atentado. / POL SAMPERE

Boadas, la coctelería más famosa de la Rambla y la más antigua de Barcelona, se encuentra delante del epicentro del recorrido de la furgoneta con la que el pasado jueves se perpetró el atentado terrorista. Entre sus taburetes, su barra de madera y sus estantes llenos de botellas, se refugiaron los clientes que tomaban una copa y personas que de milagro consiguieron salvarse de ser atropelladas, la mayoría turistas muy afectados por las víctimas que quedaron tendidas en el suelo. Un joven ciudadano francés entró con las manos llenas de sangre.

No estaba herido, pero en sus brazos había muerto una mujer a la que intentó salvar. En las más de cuatro horas que pasó sin poder salir del local, pidió en dos ocasiones a todos los presentes que se cogieran las manos, hicieran un corro y rezaran. Y oraron, y después pusieron música para evitar oír las sirenas y los disparos, y poder mantener la calma. "Al menos en Barcelona había podido salvar a una chica a la que logró apartar del recorrido de la furgoneta, pero después una mujer a la que intentó ayudar dejó de respirar mientras la atendía", cuenta Marta Rollan, lingüista de Televisió de Catalunya, que había ido al Boadas para celebrar su cumpleaños acompañada de sus padres

Otro fancés, también joven, no era la primera vez que veía de cerca los ojos del monstruo más temido. "Me contó que también había sobrevivido al atentado del Bataclan (la sala de conciertos parisina, en la que 89 personas fueron asesinadas el 13 de noviembre del 2015)", relata Rollan.

"El corazón se me salía"

"Mi madre está recién operada y no anda bien. Lo peor no fue el miedo que pasamos dentro. Lo peor fue cuando, por fin, pasadas las ocho, la policía nos dijo que podíamos salir. Ya en la calle Tallers, oímos disparos, o eso pensamos. Los agentes sacaron las armas y nos dijeron que nos escondiéramos donde pudiéramos, pero mi madre no podía correr. Fue espantoso. El corazón se me salía. En ese momento creí que íbamos a morir", cuenta Rollan, que hasta este lunes no ha podido reaccionar.

"Ahora me está saliendo todo, solo tengo ganas de llorar. No paro de pensar en las personas que viven este terror todos los días", confiesa. Jamás olvidará la seguridad que transmitieron Pol Sampere Adal Márquez, los dos barmans del Boadas que no paraban de atenderlos, ni las conversaciones mantenidas con quienes compartían el encierro. "Había un grupo de indonesios que no entendían nada, y unas italianas muy afectadas, porque de milímetros que a una no la atropellan", describe.

Sampere, a sus 21 años, mantuvo la calma. "Era nuestra responsabilidad", reconoce. La barra era libre, pero nadie abusó. "Lo que más pedían era agua", cuenta el barman, que presenció el trágico recorrido de la furgoneta desde la calle Tallers justo cuando entraba a trabajar. "Me refugié en una tienda y al cabo de poco entré en el Boadas. Era donde debía estar. Eso sí, los barmans nunca bebemos cuando trabajamos, pero ese día nos tomamos un negroni", señala.

Las italianas, además del inmeso susto que habían pasado, estaban preocupadas porque iban a perder el vuelo a Milán. "Llamé al hostal, les pedí que se encargaran de enviarlas, y cuando ya estuvimos a salvo, las acompañé a buscar un taxi. Consiguieron llegar a tiempo. Un milagro". Del resto del grupo ni él ni la filóloga saben nada porque los disparos provocaron que el grupo se dispersara, y ya no se han vuelto a ver. Ahora están intentando conectar por Facebook para celebrar juntos que la vida sigue y brindar para que jamás vuelvan a sentir ese miedo.


 

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