TRAS EL ATENTADO

¡Viva la Rambla!

Los vecinos se reconcilian con un paseo que durante épocas han evitado por el exceso de turistas y tiendas de 'souvenirs'

Barceloneses y turistas llena la Rambla, dos días después del atentado.

Barceloneses y turistas llena la Rambla, dos días después del atentado. / JORDI COTRINA

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Cristina Savall
Cristina Savall

Periodista

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"¿Vamos a la Rambla?" Es el mensaje que más circula este fin de semana por 'whatsapp' entre los barcelones que se encuentran en la ciudad. Hace dos días, casi nadie hubiera pensado en proponer este destino. La avenida más transitada por los turistas, justo por ello, ha sido evitada en estos últimos años, incluso, por lo vecinos de la zona. La sangrante herida que ha sufrido la arteria barcelonesa con el atentado ha despertado a los habitantes de la capital catalana una entrega incondicional hacia la emblemática calle, que se ha llenado este sábado de familias con niños, de parejas cogidas de la mano y de grupos de adolescentes.

Como comenta Itziar González, exconcejal de Barcelona, la gente fluye por la rambla como agua que limpia el horror vivido. "De repente hay olas de aplausos y después se vuelve a calmar". La emoción se respira en el aire a todas horas en un boulevar lleno, llenísimo, al igual que la Boqueria, que ha reabierto sus puertas con muchas vendedoras aguantándose las lágrimas gritando como siempre: "gambas de Palamós", "aquí, azafrán" o "la mejor fruta del mundo". Los clientes bajan de sus casas para abrazarse a los tenderos que conocen de toda la vida. "No puedo a hablar, volvería a temblar. Fue espantoso", cuenta Mari Carmen desde su carnicería. Como ella, muchos corrieron enloquecidos y acabaron horas y horas refugiándose en la Biblioteca Nacional de Catalunya. La vida sigue y la actitud cuenta. "Lo único bueno que nos ha pasado es que muchos barceloneses han vuelto", señala Puri, desde su parada de mariscos.

"Hacía meses que no bajaba", reconocen muchos de los transeuntes. "Hemos llegado de viaje y lo primero que hemos hecho es venir a la Rambla. Estamos muy dolidos, el ataque terrorista ha apuntado al corazón de Barcelona, a la calle donde paseábamos de pequeños con nuestros padres", cuenta Núria Garcés, barcelonesa, conmovida por las montañas de flores. Como ella, miles de personas se han acercado a la Rambla, que justo está pendiente de la resolución de un concurso urbanístico internacional para darle aires de barrio y así acercar a los vecinos.

Joan Madorell, vecino del Raval, confiesa que lleva años maldiciendo al exceso de turistas. Pero desde el ataque algo ha cambiado. "Es terrible, ellos se han llevado la peor parte. No me lo quito de la cabeza. Ahora siento remordimientos. Son personas, igual que nosotros", dice, acompañado de una amiga con quien recorre esa calle que ahora adora incondicionalmente. Él, como otros barceloneses, acogió el jueves en su casa a extranjeros perdidos en el caos.

Supervivientes de otro siglo

En la Rambla todavía hay lugares carismáticos que han ganado la batalla a la subida de alquileres y a las tendencias más comerciales. Entre ellos, el restaurante Amaya, el bar Núria, el Hotel Oriente, el Cuatro Naciones, la pastelería Escribà, la camiseria Xancó, estancos, loterías, y farmacias centenarias como la llamada La Rambla y la de La Rosa. "La Rambla es el único espacio donde hubo luz en la primera década de la dictadura. Las familias se acercaban a hacerse fotos ante el monumento a Colom y los intelectuales se escapaban de noche a bares y a prostíbulos", recuerda Eladio Hernández, 'maître' del Amaya.

El exceso de tiendas de 'souvenirs' que venden camisetas del Barça y sombreros mexicanos, la pérdida de identidad, el cierre de tantos comercios emblemáticos, como la histórica tienda de partituras Musical Emporium, tranformada en un centro de atención turística, el auge de marcas internacionales y los restaurantes de patatas refritas alejaron estos últimos años a la Rambla de su propia ciudad. No obstante, el espíritu ramblero ha permanecido en el imaginario colectivo, algo que muchos escritores han plasmado en sus relatos. Y eso no lo quita nadie.

Reunión literaria en el Amaya

Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa se reunían cada martes con su agente literaria Carmen Balcells para comer juntos en el Amaya. "Siempre les aguardaba la misma mesa a la izquierda de la entrada", señala el metre. A ese mismo local la poeta Cristina Peri Rossi llevaba a Julio Cortázar, autor de la mítica 'Rayuela', y después siempre paseaban por la Rambla sin mirar a la gente para que no les pararan.

Federico García Lorca, en su estancia en Barcelona a finales de 1935, a raíz del estreno en el Teatro Principal de 'Doña Rosita la Soltera o el lenguaje de las flores', definió a la Rambla como la calle más alegre del mundo, " la única que yo querría que no se acabara nunca”. En un discuso que dedicó a las floristas, el dramaturgo comparó a la Rambla con una balanza. "Tiene su fiel y su equilibrio en el mercado de las flores donde la ciudad acude para cantar bautizos y bodas sobre ramos frescos de esperanza y donde acude agitando lágrimas y cintas en las coronas para sus muertos". 

En el Hotel Continental, que sigue anclado en el tiempo, se alojó George Orwell, quien da nombre a la plaza de detrás de la Boqueria. Jean Genet, que también tiene una plaza cerca de Arc del Teatre, narró en 'Diario del ladrón' (1949) su descenso a los infiernos en 1932 por las calles del antiguo Barrio Chino, incluida la Rambla, donde robaba carteras, se enfrascaba en peleas y se prostituía. Manuel Vázquez Montalán hizo caminar a su detective Carvalho por la zona de la arteria más cercana al puerto, la más salvaje, y donde a pocos metros aún sobrevive el Pastís (Santa Mònica, 4), donde los clientes aún toman absenta.

Oasis de libertad

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Roberto Bolaño vivió en un piso enano de la cercana calle Tallers a finales de los años 70, una de las épocas más deshibinidas y marginales del Raval. "Una casa son ducha y con cagadero en el pasillo", describió el escritor en su obra cumbre, 'Los detectives salvajes', donde algunos personajes pasean por la Rambla. José Pérez Ocaña, transgresor, travestido y artista, y Nazario lograron en los años 70 que la Rambla y la plaza Reial fueran un oasis de libertad. 

En esta avenida se encuentra la Biblioteca Gòtic-Andreu Nin que en su cristalera luce una intervención gráfica con fragmentos de textos literarios que evocan a través de la voz de diferentes autores, el carácter mítico de este paseo. "El espíritu de la Rambla ha hecho a la ciudad moderna" es uno de ellos. Lo firma Pere Coromines en 1940.