Los cielos de un infierno llamado Barcelona

El fotógrafo Gauvin Lapetoule colecciona los mejores techos de ciudad, con el modernismo, cómo no, a la cabeza

El techo del edificios de Correos. / GAUVIN LAPETOULE

El techo del edificios de Correos.
El cierlo de aires fractales del Palau de la Música Catalana.
La cubierta de la Sagrada Família.
La ’teleraña’ del Palau Macaya.
El cielo de la calle de Milans, en forma de haba.
Un cielo no revelado por el autor.
Otra finca sin identificar.
Un vergel.
Un cielo asimétrico.

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El cielo de Barcelona no es para echar cohetes. Bueno, por Sant Joan y la Mercè se hace, pero eso es simple pirotecnia, y lo de echar cohetes iba en sentido metafórico. De noche, por ejemplo, ahí están con luz prestada Venus, Júpiter y Marte, y luego una cincuentena corta de estrellas que apenas se intuyen. Da pena. La antítesis de ‘La noche estrellada’ de Van Hogh. A Barcelona la Vía Láctea se la robaron allá por los años 60. Ríete tú de Ronnie Biggs y su asalto al tren de Glasgow o, por buscar un referente local, El Dioni, que como su precedente inglés se pegó la vida padre en Brasil antes de caer en manos de la justicia. El hurto de la Vía Láctea, un espectáculo literalmente infinito, no es exclusivo de Barcelona, pero la doble condena de esta ciudad es que su cielo diurno tampoco es de postal. Lo cuenta Gauvin Lapetoule, joven fotógrafo francés afincado desde hace dos años y medio en Barcelona, que con paciencia ha retratado los mejores techos de la ciudad. Una colección de cielos en esta metrópoli a veces infernal.

Barcelona no puede presumir  de atardeceres policromáticos, ni de la enigmática 'blue hour', y  menos aún de noches estrelladas. Así que los mejores cielos son techos

Gauvin nació en Moulins, una pequeña ciudad de la región francesa de Auvernia. ¿Auvernia? ¡Caramba!, por fin un ‘auvergnat’ cara a cara, que no suele ser común. Lo propio sería (debilidades de cualquiera que creciera entre tomos de Astérix) preguntarle, ya puestos, por Alesia, pero mejor seguir los sabios consejos de Goscinny y no sacar el tema de la derrota de Vercingetórix, de cuya rendición en el campo de batalla se pavonéo en persona Julio César en ‘La guerra de las Galias’. Lo dicho. Silencio. El tema es la fotografía.

LA HORA AZUL

En Auvernia, más grande que Sicilia, menos poblada que Barcelona, con el objetivo de su cámara enfocaba paisajes, pero fue recalar en estas latitudes más meridionales, tras una breve etapa en Londres como ‘sandwich maker’, y descubrir que por muy mediterránea que sea, esta ciudad carece de lo que los fotógrafos paisajistas llaman la ‘blue hour’, aquella hora del reloj en la que el sol ya se ha agachado tras el horizonte pero permanece la luz y el cielo se convierte en un cambiante muestrario de pantones azules. Es culpa de la cordillera litoral. Nos roba lo mejor de los atardeceres. Perra.

GAUVIN LAPETOULE

Las mil y una noches del Palau Güell.

La contrapartida que Gauvin descubrió en Barcelona fue la arquitectura, otro mundo. Confiesa que hasta le gusta Santiago Calatrava, nuestro Vercingetórix, nuestro innombrable, así que lo dice con la boca pequeña, pero es cierto que el arquitecto valenciano, autor aquí de dos trabajos poco controvertidos (el puente de Bac de Roda y la Torre de Telecomunicación de Montjuïc) es estupendo si uno pone el foco en las geometrías de sus edificios y no en sus facturas. El momento mágico fue, sin embargo, cuando en ausencia de cielos fue en busca de los techos, los del modernismo, primero, siempre sorprendentes, pues nada tiene que ver la telaraña de la galería central del Palau Macaya con la composición casi fractal del Palau de la Música, y menos aún con esa ensoñación de las mil y una noches del Palau Güell o la fantasía casi de H. R. Giger (el papá de Alien) de la orgánica cubierta de la Sagrada Família.

Los techos del modernismo  son siempre distintos. Casi fractales, como el del Palau de la Música, casi de H. R. Giger, como el de la Sagrada Família

Añadió a su exploración cielos privados, de fincas de las que calla el nombre, y también, cómo no, el cielo preferido de los ‘instagramers’ que hacen escala en Barcelona, el de la minúscula plaza de la calles Milans, con forma de haba. Allí esperó a que el sol se asomara por la cornisa, como si fuera el brillo deslumbrante en la boca de un galán de Hollywood.

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GAUVIN LAPETOULE

Los columpios voladores del Tibidabo y, al fondo, la ciudad.

Gauvin, lo dicho, es aún muy joven. Anda en busca de su sello propio. Su obra no se limita a los techos, por supuesto. Merece la pena echarle un ojo y descubrir otras de sus sendas de exploración, como la fascinación por los reflejos o, más difícil todavía, la luz nocturna. De ese capítulo (cuestión de gustos, como los colores) apetece destacar una mirada inusual del parque de atracciones del Tibidabo, con Barcelona al fondo. El protagonista es el tiovivo de los columpios voladores. Gira, pero no se ve a nadie. Es un trabajo de larga exposición. La única figura humana es un visitante apoyado en la barandilla superior. En 1838 se captó así, accidentalmente, la primera figura humana de la historia de la fotografía. La tomó Louis Daguerre en el Boulevard du Temple. Era un hombre que estaba inmóvil en un puesto de limpiabotas. Sin preverlo, Gauvin le ha hecho un homenaje.