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Los sentados de Sol

No hay noticia de otra plaza de Barcelona cuyo suelo ejerza semejante poder de atracción

MAURICIO BERNAL

Gente sentada en la plaza del Sol, en Gràcia, hace unos días.

Gente sentada en la plaza del Sol, en Gràcia, hace unos días. / JOAN PUIG

Hay una forma de dar con la plaza del Sol que no tiene que ver con el control de su ubicación geográfica, que pasa por lo acústico, por afinar el oído y estar atento al murmullo. Recuerda a un cliché cinematográfico: «¿Cómo sabré que he llegado?» «Descuida, lo sabrás». Transportado por el viento a través de las bocacalles, el rumor se esparce suavemente por los espacios colindantes, y al oírlo el que es de Gràcia piensa: «Ah, sí, Sol», con una mueca de disgusto, de apatía o de complicidad. O no piensa nada, tan acostumbrado está. Pero el que no es del barrio y lo oye por primera vez -el turista, el viajero, el que viene de otro barrio- piensa o bien que se incuba una protesta o bien que hay un evento deportivo, o en cualquier caso, que hay turba, masa, que se ha reunido gente para algo. Suena a multitud, la plaza del Sol, a un tumultuoso bla, bla, bla. Sobre todo en verano. El alquiler aquí debería venir con descuento.

Alguna guía para turistas tacha de "vibrante" el lugar; en cierto modo es literal

Pero no es una protesta ni una turba de las que esperan en la línea de meta de las pruebas deportivas: es una multitud sentada. No se tiene noticia de otra plaza en Barcelona cuyo suelo ejerza el poder de atracción que ejerce este con el ciudadano joven y estival, pero el caso es que hay momentos, cuando el sol declina, en que el espacio se agota y la parcela se encarece, aunque solo sea por lo difícil que se vuelve hallar un sitio; como una playa a mediodía, pero cuando el sol, en vez de amainar, mata. Este martes, estas ocho de la tarde, es un momento clásico en el 'territorio Sol': una cuarentena de unidades sociales se reparten el espacio entre dúos, tríos, cuartetos y quintetos; lo más numeroso es un grupo de 14 que han hallado sitio en las postrimerías de la zona sur. Lo que es rumor en las bocacalles aquí es el ronroneo poderoso de todas las conversaciones en marcha, las que tienen lugar en el suelo, en las escaleras por las que se desparrama la sentada y también en las terrazas; un zumbido envolvente y permanente, con apenas una que otra nota discordante: el grito que alguien lanza para llamar a otro de lado a lado de la plaza. Es conforme con la realidad tachar de «vibrante» el lugar, como hace alguna guía destinada a los turistas. En cierto modo es literal.

CENA CON EL RUMOR

A la gran reunión de sentados de Sol evidentemente le encaja el nombre de botellón -casi no hay unidad social reunida en torno de algo que no sea un centro poblado de latas o botellas- pero a la vez es algo más que eso. Alguien debería estudiarlo. Algún restaurador ha detectado las posibilidades y ha puesto sillas mirando a la plaza, como las terrazas parisinas pero sin mesas, para que la gente se siente a observar. Ha comprendido, el sagaz, que tiene delante un fenómeno. También lo comprende algún neófito, de los que llegan sobre todo hacia las diez de la noche, cuando el panal está en modo de palpitación loca -y los vecinos también, a su manera-, y exclama en francés o en inglés que esto es uh, ah, crazy, man, la locura, socio, y saca la cámara para tomar algunas fotos. Todo es turístico para el turista, cómo no va a serlo la sentada de Sol.

Un restaurador ha entendido que es un fenómeno y ha puesto sillas mirando a la plaza

Quizá lo raro es que esto ocurre en medio de la ciudad, no en una playa, tampoco en un césped ni en el preámbulo de un concierto, ni en una avenida cuando se prepara para la manifestación; es una plaza y hay cuatro paredes que se alzan por los costados y en ellas vive gente que inevitablemente participa del festival. En verano y en las horas álgidas están abiertas las ventanas de par en par, y es imposible no imaginar al rumor de la masa trepando por las paredes -con su cuerpo de rumor trepador-, metiéndose por las ventanas, el rumor sentándose en la mesa, con su cara de rumor y su expresión de rumor, y cenando con los dueños de casa, masticando la comida como todo el mundo sabe que mastica un rumor. Hay quejas de los afectados, constantes (lo último: han comprado sonómetros), y hay medidas del ayuntamiento, también constantes, pero la plaza es tozuda, o la gente es tozuda. O tal vez lo es el rumor, quién sabe.

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