Los rayos de un dios lúdico

Inspirado en el acto creador del rompecabezas, el artista Miquel García propone sus propias representaciones del mundo

García enseña el cubo de Rubik que forma parte de la muestra, el martes en Homesession, en Barcelona.

García enseña el cubo de Rubik que forma parte de la muestra, el martes en Homesession, en Barcelona. / CARLOS MONTAÑÉS

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MAURICIO BERNAL

Si existen varias versiones en torno al origen del rompecabezas no es porque no haya consenso sobre el personaje detrás de la creación, el cartógrafo británico John Spilsbury, sino porque no hay acuerdo sobre el grado de azar que presidió aquel acto fundador. Spilsbury dibujó un mapa del mundo que pegó en una tablilla de madera y que cortó en trozos siguiendo la línea de fronteras, en eso las versiones están de acuerdo, pero no todas coinciden en si cayeron o no cayeron, si se desperdigaron o no las piezas por el suelo, ni, por lo tanto, en si hubo una suerte de epifanía cuando las recogió, un momento mágico en el que Spilsbury, iluminado por los rayos de un dios lúdico, vio con claridad rotunda que resultaba divertido volverlas a juntar.

El origen del rompecabezas  es un mapamundi hecho pedazos

Con caída o sin caída de las piezas, ocurrió en 1760. Los «mapas diseccionados» del cartógrafo británico fueron bendecidos por el éxito desde el principio, pero habrían de pasar dos siglos y medio para que fuera acuñado el término que los designa actualmente. Rompecabezas.

EL ESPÍRITU DE SPILSBURY

Poseído, por decirlo de un modo extravagante, por el espíritu de Spilsbury, Miquel García ha decidido volver a tirar las piezas al suelo. El primer rompecabezas era un mapa del mundo y esa circunstancia ha inspirado al artista barcelonés, que alguna vez se ha preguntado cómo fue ese momento -el mágico- en la cabeza del inventor: «Se me ha caído el mundo y lo tengo que montar; y ahora qué demonios hago». La clave son las piezas desperdigadas por el estudio del cartógrafo, el mundo literalmente hecho pedazos, un país junto a la pata de la silla, otro bajo la mesa, otro al pie de la chimenea, cubierto de cenizas. Era el mundo, solo que desordenado. García ha hecho algo parecido. Desordenarlo y volverlo a representar. Ponerlo patas arriba, pero que siga siendo el mundo. El resultado de ese juego se exhibe por estos días (When the world becomes lines, Cuando el mundo se vuelve líneas) en el espacio de proyectos culturales Homesession, en el Poble Sec. «Eso... Sí, eso tiene un aire a mundo», que diría un espectador.

Los mapamundis  modernos se basan en la popular proyección Mercator

La mayor parte de los mapamundis modernos se basan en la proyección cartográfica ideada por Gerardus Mercator en 1569, una representación en la cual el tamaño de los países es mayor según se alejan del ecuador. «Es un mapa colonial y eurocentrista», dice García con gesto de disgusto. Más afín a su idea de un mundo justamente representado es la proyección de Gall-Peters, de 1856, basada en el concepto de proporcionalidad. En ella, Europa aparece como lo que territorialmente es: minúscula. Es otro mundo, pero no irreconocible: ahí están sus ángulos, sus curvas, sus siluetas. García, jugando a que se le caigan las piezas al suelo, y a recogerlas, y a ser iluminado por los rayos del dios lúdico, ha cogido el Gall-Peters y ha hecho su propia versión, sin fronteras marítimas. Solo terrestres. Por ejemplo: donde suele estar representada La Española, la isla que comparten República Dominicana y Haití, no hay más que una pequeña línea, la frontera entre los dos países. Es otro mundo. El mundo según Miquel García.

UN DIOS DEMENTE

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«Vivimos en el mundo de las representaciones, casi todo lo que vemos son representaciones», dice el artista. «Bueno, pues yo lo que planteo es una forma de representación distinta con los datos de que disponemos. Propongo una crisis de la representación». El mundo para la mayoría es el Mercator: así lo vieron por primera vez, así se lo mostraron en el colegio. Pero podría ser el García, ese Gall-Peters sin agua, o podría ser el García 2: las piezas caen al suelo y al recogerlas el artista convierte las fronteras en líneas rectas. No es un mapa propiamente dicho, pero es una representación del mundo: a cada país («los 193 reconocidos por la ONU más Palestina») le corresponde una línea más larga o más corta según la longitud de sus fronteras. Canadá, son su línea enorme, sobresale.

O el García 3: el mundo en un cubo de Rubik. 43 trillones de combinaciones posibles, 43 trillones de mundos posibles. El dios lúdico en plan excéntrico, dando pábulo a la demencia.