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EFECTOS COLATERALES DE SER LA CIUDAD DE MODA

El secuestro turístico del 24

Los turistas llenan a diario el bus que une el Paral·lel y el Carmel para subir al parque Güell, pasando por la Casa Batlló, al precio de un billete sencillo

Es frecuente encontrar incluso a grupos organizados acompañados por un guía comentando el trayecto, mezclados entre los asqueados viajeros locales

Helena López

Vecinos del Carmel junto a un grupo de turistas japones mientras desciende el 24, justo antes de la parada del parque Güell. 

Vecinos del Carmel junto a un grupo de turistas japones mientras desciende el 24, justo antes de la parada del parque Güell.  / ALBERT BERTRAN

Un viaje en el 24 de extremo a extremo no es solo un recorrido por Barcelona de mar a montaña desde el punto de vista geográfico, que también. Supone una inmersión antropológica en la realidad de la ciudad, de las dos ciudades obligadas a convivir. Dos mundos viajando juntos en un mismo autobús, uno literalmente encima del otro; cosas de la aglomeración en el transporte público, más que evidente en esta línea, el bus turístico 'low cost', como la han bautizado los propios autobuseros. La realidad de los barrios, en los dos extremos del recorrido, el Paral·lel y el Carmel, mezclada con la masificación turística del centro, sobre todo en el tramo -eterno para los que se ven obligados a recorrerlo a diario- comprendido entre la plaza de Catalunya y el parque Güell, y cada día más incluso un poco más arriba, hasta los ahora también de moda y museizados búnkers del Carmel.

Entre los viajeros locales -los que caben en el abarrotado vehículo- no existe otro tema de conversación. Conversación entre desconocidos, que solo tienen en común ser trabajadores que tienen que desplazarse por la ciudad -la suya, creían- para volver a casa, o pacientes que van o vuelven del médico, entre los que se establece una curiosa complicidad. "Esto es insoportable. Cada día igual", empieza una, animando -sin necesidad de esforzarse demasiado- al resto. "Estamos vendidos, les hemos entregado la ciudad", se suma otro. "Dicen que dejan no sé cuántos millones, pero estos no gastan nada; muchos ni siquiera pagan el billete", añade el mismo, indignado. "Además ocupan los asientos reservados sin inmutarse", concluye la primera.

Estas son solo algunas frases pilladas al vuelo una mañana de primavera cualquiera en un trayecto del asfixiante 24, algo fácil -escuchar frases de desconocidos en diálogos ajenos-, ya que los pasajeros están unos tan encima de los otros que las conversaciones privadas son, aquí, casi un imposible. Al 'ladrón del 24' de Enrique Vila-Matas, cazador de frases escuchadas en este trayecto protagonista de uno de los cuentos de 'Exploradores del abismo', el 24 del 2017 le provocaría sentimientos encontrados. Tantas frases por 'robar', pero todas tan similares.

Solo dificulta escucharlas el llanto de algún niño agobiado, atrapado en su cochecito entre la multitud. "Los adultos no lloramos por pudor, pero hay días que ganas no nos faltan", señala otro empático espontáneo ante la protesta del pequeño.

LA ALTERNATIVA TOTAL

Cuando los autobuseros se refieren al 24 como el bus turístico 'low cost' -a 2,15 euros el trayecto, no tan 'low' para los viajeros diarios-, no exageran. Es incluso habitual ver a grupos organizados de orientales -discretos, eso sí- armados con su audioguía en la oreja, acompañados por un guía, micro en boca. Suelen subir entre Universitat y el Palau Robert, depende de la ruta que hagan (el 24 recorre todo el paseo de Gràcia). La ruta, lo tiene todo: del mercado de Sant Antoni al vergel de Gaudí, pasando por la Casa Batlló. Hay varios guías que hacen el recorrido a diario o casi. Les conocen bien tanto los sufridos vecinos que cogen este transporte a diario como los autobuseros, quienes coinciden en que pese a lo exótico de la situación de ver convertido tu bus en un bus turístico en toda regla, estos guías son buenos conocedores de las normas básicas: entran por delante, validan el billete, no se sientan en los reservados y procuran no quedarse en la parte delantera, taponando la entrada. 

Los guías, además, hablan tan bajito que pasan casi desapercibidos. Son solo reconocibles por la acreditación al cuello y el pinganillo en la oreja. "A los que se les oye es a los italianos, que además entran por detrás, y claro, como hay tanta gente no pueden acceder hasta la zona de validación y no pagan", cuenta un conductor. Este martes coincidían dos grupos organizados -con dos guías distintos- en un mismo 24. 

TODOS LOS TRUCOS

"Los japoneses se saben todos los trucos. Cuando salen del parque Güell, en vez de esperar en esa parada frente al parque, que siempre está a tope, suben andando un tramo y lo cogen en la anterior, asegurándose un sitio", expone otro conductor habitual, quien critica que la empresa -TMB- les ha puesto mensajes enlatados nuevos para mejorar la convivencia -"por favor, pasen al final del vehículo"- pero que están solo en catalán, lengua poco hablada en el multicultural 24. 

Antes eran los vecinos los que secuestraban autobuses. Una de las gestas más recordadas de la primavera del movimiento vecinal de finales de los años 70 fue cuando el 6 de mayo de 1978, Manuel Vital, conductor de bus y líder vecinal de Torre Baró, secuestró un articulado de la línea 47 para demostrar al mundo que era posible hacerlo pasar por la carretera Alta de Roquetes. Casi 40 años después, los vecinos han pasado de secuestradores a rehenes.