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El hombre que secuestró al alcalde de Barcelona

La escultura que Brossa le dedicó a Porcioles solo estuvo un día en la calle, ¡pero qué dia!, y todo gracias a Paco Marín

Paco Marín revisita la escultura de Brossa que en 1995, de noche, se llevó del almacén municipal para darla a conocer.

Paco Marín revisita la escultura de Brossa que en 1995, de noche, se llevó del almacén municipal para darla a conocer. / ADRIANA DOMÍNGUEZ

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Lo que a continuación se pretende es realizar un humilde acto de reparación histórica, pero no con el alcalde del título, José María de Porcioles, que de rescatarle de la papelera ya se han encargado varios de sus sucesores en el cargo, sino con José Francisco Marín, a partir de ahora, Paco, el exconcejal de Sant Adrià de Besòs que el 10 de junio de 1995 se coló de hurtadillas en los sótanos del ayuntamiento de su ciudad en busca de una escultura que Joan Brossa había realizado por encargo del municipio para lucirla en la Mina y que, cuando las vieron los munícipes una vez terminada, se quedaron de cartón, o sea, que la escondieron donde nadie se acordara de ella. Paco la colocó allí donde Brossa la había imaginado, junto a la desembocadura del Besòs. La testa decapitada de Porcioles sobre una bandeja y esta sobre una silla de notario, mirando a una de sus herencias urbanísticas, el barrio de la Mina. La obra duró allí lo que tardó el alcalde Jaume Vallès en descubrir lo que había ocurrido a sus espaldas. Horas. Lo insólito (de aquí el homenaje tardío) es el ni fu ni fa con que los medios de comunicación recogieron aquella aventura. Eran años de borrachera olímpica. Los aguafiestas no eran bienvenidos. El caso de la Mina, esa vez sí, parecía que iba a ser resuelto en un pis pas, y más con el Fòrum de de les Cultures en el horizonte. La Mina sigue tal cual. Joan Brossa tenía razón.

A Brossa le encargaron  una obra al tuntún, por aquello de tener un 'brossa' en Sant Adrià, pero, cuando visitó la Mina, sonrió, calló y se puso manos a la obra

El escritor y periodista Juan Tallón publicó en el 2014 un ensayo estupendo. ‘Libros peligrosos’, lo tituló. Es un paseo a través de sus autores favoritos y viene al caso el capítulo que le dedica a John Cheever, en concreto a lo que de él decia su esposa Mary: “Puede que fuera infiel, puede que fuera un borracho, pero siempre estaba en casa a la hora de la cena”. A Porcioles, franquista sobrevenido, sus sucesores, Pasqual Maragall el primero en hacerlo, terminaron por perdonárselo todo, como esposas de un escritor de mala vida. Le disculparon las ‘remuntes’ del Eixample, la destrucción del patrimonio arquitectónico, que pusiera fin a los tranvías y congestionara el tráfico y, lo más grave, el porciolismo, la conversión del extrarradio en un espacio insano y feo. Todo eso quedaba perdonado –decían—porque convirtió Barcelona en una metrópolis económicamente dinámica, ciudad ferias y congresos.

'RECORD D'UN MALSON'

La cita con Paco es el Museu d’Història de la Inmigració de Catalunya, porque allí es donde terminó tras varias peripecias ‘Record d’un malson’, la escultura de Brossa. No es donde debería estar. Eso resulta obvio cuando se conoce de primera mano su historia.

RICARD CUGAT

La testa de Porcioles, en su bandeja y en su silla de notario, de nuevo en el almacén, en 1995, tras ser retirada a la carrera de la calle.

Paco fue durante una breve y convulsa etapa concejal del Ayuntamiento de Sant Adrià de Besòs. Un día, su secretaria le dijo que allí, en la séptima planta, había un señor que preguntaba por él. Le echó un ojo. No iba hecho un pincel, desde luego. Creyó que se había equivocado de planta. Los servicios sociales estaban en la sexta. Le preguntaron quién era. Brossa. Toda una sorpresa, y más cuando supo que venía a preguntar si aquella obra que entregó años atrás al anterior alcalde la iban a colocar por fin donde correspondía. Paco, un hombre sagaz, sabía que por las buenas aquello no iba a ser posible. Invitó al artista a su piso, en la Mina, para trazar un plan. Aún guarda las notas. Cenaron tortilla a la francesa y una tostada de pan con tomate.

Aquella acción se planeó  en el piso de Paco Marín, en la Mina, que le hizo una tortilla a Brossa para cenar. Para la operación se requerían huevos

Brossa le contó qué pretendía con su escultura, aunque salta a la vista. Las cabezas cortadas de la historia son muchas y célebres. Cromwell perdió la suya en 1661, tres años después de morir, y no volvió a ser enterrada hasta 1960. Una marca difícil de batir. La de Danton, por expreso deseo suyo en el cadalso (“es digna de verse”, fueron sus últimas palabras) se supone que fue exhibida al público. A lo mejor el verdugo, Charles Henri Sanson, se llamaba, se inspiró en el Perseo con la cabeza de Medusa de Benvenuto Cellini para satisfacer ese último deseo de su víctima. Sobre cómo terminó la de Maria Antonieta es mejor pasar de puntillas por si hay menores leyendo. Ojalá. No hay que olvidar en la lista, por supuesto, al Franco del Born, cuya cabeza serrada con una radial anda más buscada que la de Alfredo García, protagonista de la película de culto de Sam Peckimpah del mismo nombre.

NOEMÍ MARÍN DE AHUMADA

Brossa y Marín, el día de la 'Operación Porcioles'

Pero la de Brossa tiene un plus. Paco coincide en que tiene ese aire de la cabeza de Juan Bautista en la bandeja de plata que le exigió Salomé a Herodes Antipas, lo cual es un punto de vista muy oportuno si se repesca el morboso texto que para teatralizar aquella leyenda escribió Oscar Wilde. “No querías permitir que yo besara tu boca. ¡Ahora la besaré!, la morderé con mis labios como se muerde la fruta madura”. La actriz, para escándalo del público de la época, lo hacía. Nunca se sabe si algún porciolista, visto que los hay hasta en las antípodas del franquismo, se acercará un día de estos al museo y en un despiste de los vigilantes, zas, le dará un morreo al alcalde.

Ese aire de Juan Bautista  que tiene la cabeza del alcalde en la bandeja es muy oportuno por si a algún porciolista sobrevenido le da por ser Salomé y besar sus labios

RETORNO AL ALMACÉN

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El caso es que la madrugada del 11 de enero de 1995, Paco y varios ayudantes colocaron la escultura. A Brossa le esperaban aquel mismo día en Alemania para la inauguración de una exposición sobre su obra, pero, por sorpresa, se presentó en la Mina. No fue en balde. ‘Record d’un malson’ volvió al almacén, de acuerdo, pero aquella breve presentación en sociedad impidió que volviera a ser condenada al olvido y, tras un triste paso por la Biblioteca Pública de Sant Adrià, donde se utilizaba para dejar prospectos a mano, llegó al Museu d’Història de la Inmigració.

Merecería ser exhibida en la calle. Quizá algún día… Ya se verá. Lo que de momento queda en el zurrón de los recuerdos es que no todos los días se comparte un buen y agradable rato con el hombre que secuestró al alcalde de Barcelona.