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Lágrimas por un sintecho

José Hernández ha sido enterrado en el cementerio de Poblenou acompañado por una treintena de amigos y compañeros de Arrels

La entidad tiene un grupo, la Barca de Caronte, para evitar la soledad en el último adiós

TERESA PÉREZ / BARCELONA

Yolanda deposita un ramo de margaritas en el féretro de su amigo José, este martes en Barcelona.

Yolanda deposita un ramo de margaritas en el féretro de su amigo José, este martes en Barcelona. / DANNY CAMINAL

Todo el mundo tiene derecho a morir dignamente, acompañado de las personas que quiere. Es una declaración de principios de Arrels, que proclama que nadie sea enterrado y despedido en soledad. José Hernández Pérez (Murcia 1955- Barcelona 2017), que falleció el pasado martes, ha tenido, además, un entierro digno, nada que ver con lo que le hurtó la vida.

Desde este martes descansa en el nicho 3934 del cementerio de Poblenou, en la séptima y última fila, la que está más próxima al cielo. José era un sintecho, de esos que han pasado media vida en la calle y la otra media dando tumbos. Su despedida ha sido un canto a la amistad y a la solidaridad de compañeros y voluntarios de Arrels y la demostración de que nadie debe morir abandonado como si no importara un ser para algunos invisible, pese a que la familia no haga acto de presencia.

Una treintena de personas, algunas con los ojos enrojecidos, guardaban este martes un helado silencio a las 9,15 de la mañana en el último adiós a José. Mientras dos operarios introducían en el nicho el ataúd con dos ramos de flores y un cigarro de la marca West, la misma que él fumaba. Alguien pronunció, casi susurró, la palabra “amigo” cuando el féretro de madera marrón ya estaba a punto de ser engullido en el interior de la sepultura.  

MARGARITAS Y FELICIDAD

Yolanda, su compañera en el taller de manualidades de la Llar Pere Barnés en el distrito de Sants-Montjuïc de Barcelona, agarraba con fuerza el sencillo ramo de margaritas que le llevó a su amigo. Le intentó despedir con el texto de Gandhi ‘Una sonrisa’. Y comenzó a leer: ‘Una sonrisa no cuesta nada, pero da mucho. Enriquece a aquellos que la reciben, sin empobrecer a aquellos que la dan…’ y ya no pudo continuar porque el llanto le quebró la voz. Yolanda cumplió años el miércoles y cuenta Laia Vila, directora de la llar, que pidió un deseo: ‘Que José encuentre la felicidad’, aquella que le faltó en su existencia. “Ni de niño fue feliz”, apunta Fran, amigo del difunto, “tuvo una vida muy difícil”, añade.

Una voluntaria cerró el acto fúnebre con un epitafio para el “entrañable” José, al que dio las gracias “por su amistad”. Y le hizo un último ruego: ”Espero que hayas encontrado a Lluc”. Lluc era su amigo del alma. Falleció hace tres años. A veces, la añoranza se apoderaba de José y comentaba a sus allegados lo mucho que lo echaba en falta. “Eran muy cómplices”, apostilla Josep Maria Anguera, miembro de la comisión la Barca de Caronte, nombre prestado de la mitología griega, el barquero encargado de transportar las ánimas a la ribera de los muertos de la laguna Estigia.

LOS PARIENTES

El equipo se fundó en el 2009 para acompañar hasta el último instante a los conocidos de Arrels y a los que viven o han vivido al raso. La muerte de Hassan fue el detonante para crear este tejido funerario solidario. Este sintecho llevaba una década durmiendo en la calle. Tenía 49 años cuando falleció, pero no solo era muy joven para morir, también lo era para recibir los bofetones que le propinó la vida porque, no contenta con el maltrato, hizo que Hassan muriera solo en el hospital, nadie fuera avisado y lo enterraran sin más compañía que la de los operarios del cementerio de Montjuïc. El caso desgarró a voluntarios y usuarios que volcaron esfuerzos para que no se repitiera.

El grupo de la Barca de Caronte ha arropado, desde el 2009, a 181sintecho en los últimos instantes de su existencia. El equipo, formado por un trabajador y tres voluntarios, se coordina con los servicios funerarios y avisa a usuarios y voluntarios de Arrels para que se unan al cortejo fúnebre. Son una piña. Contactan con la familia y explican en la fundación que, en estas conversaciones, “se destapan largas historias de desarraigo, conflictos familiares, abandonos y desapariciones”. Marta Maynou, trabajadora social, cuenta que, a veces, estas llamadas telefónicas a los parientes para avisar de la muerte “alivian a la familia que ignoraba la vida del fallecido”.

José “era muy querido”, puntualiza Anguera. Prueba de ello fueron la treintena de personas que acudieron al cementerio a primera hora de la mañana. Dos coches particulares y otros dos taxis acercaron hasta el recinto funerario a parte de la comitiva. La rutina de los entierros es siempre la misma. El grupo suele quedar hacia las 8 de la mañana en el Paral·lel, en la puerta del Apolo, para ir todos juntos. Por alguna extraña razón los entierros de beneficencia, cuando el difunto no tiene recursos, son a primera hora. Un nicho anónimo que no tiene lápida para recordar al morador. Allí permanecerá cinco años y después lo trasladarán a una fosa común.

FRENTE AL OBISPADO

Mientras el grupo aguardaba cabizbajo la llegada del coche fúnebre al cementerio, a Fran le costaba elegir las palabras para expresar su dolor. Han sido 10 años de relación intensa. Por algo él era la persona que lo paseaba en la silla de ruedas. “Íbamos al lado de la catedral, frente al Obispado, y ahí pedía dinero para el tabaco West y el café. No quería faltar porque decía que tenía clientela fija”, recuerda emocionado Fran. Y explica el sueño roto de José: “Quería recorrer España de albergue en albergue.Ya no podrá ser”.  

Hernández fue sastre. Adoraba a su madre "la única que siempre le apoyó", apuntan los voluntarios. Le gustaba la música, sobre todo Nino Bravo y las rumbas. Disfrutaba con Raphael. Por eso, en el taller de manualidades el último día le dedicaron la canción 'Yo soy aquel', la misma que él pedía siempre, mientras sus compañeros le rendían homenaje y enlazaban las manos. Al fallecido le gustaba ir sin calcetines, siempre decía que tenía los pies calientes, cuentan sus allegados. La salud la tenía frágil, igual que las de 941 personas que duermen en las calles de Barcelona. "La vida a la intemperie es dura, dificulta seguir tratamientos médicos y está expuesta a agresiones", relatan los expertos.

José tomaba 20 pastillas diarias. Murió de repente, en su habitación de la llar. El martes fue la última primavera, una jornada luminosa y con un sol radiante lo transportó al otro lado de la laguna Estigia.

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