31 may 2020

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Las mil caras del barrio chino de Barcelona

Sasha Asensio retrata a diario el Raval que nadie enfoca con su cámara

Carles Cols

“Sasha Asensio, el fotógrafo del Raval que muestra la belleza de aquellos a los que nunca se mira”. / VIDEOLAB

Fue Sasha Asensio, fotógrafo del barrio chino, del antiguo distrito quinto, del 08001 postal (frente a esos nombres, lo de Raval parece melindroso) quien decidió que el punto de encuentro fuera frente al número 23 de Robador, la calle donde las prostitutas han marcado con sus tacones las paredes. Aquello tiene menos glamur que el callejón de Irma la Dulce, que ya era poco, así que un tipo allí plantado, con una cara del Eixample que tira de espaldas, le parece muy sospechoso a una pareja de la Guardia Urbana que patrulla la zona. Los agentes son muy amables. “¿Qué hace aquí?”. Descartan de entrada, eso parece, que sea un putero indeciso. “Estoy esperando a una persona”. Por vaga, es una mala respuesta, sin duda. Así que mejor cantarlo todo. La cita es para un reportaje con Sasha, que tiene un don. Retrata a los vecinos del Xino (a él le gusta así, con equis), a los usuarios de la narcosala, a comensales de los comedores sociales, a los sintecho… Logra que posen para él, casi con coquetería. El agente dice uf. Es un uf de incredulidad. Se van los agentes. Al rato, llega Sasha.

Este barrio es un ecosistema único en el mundo, dice Sasha, así que ahí va él, como un David Attenborough con cámara a dar fe de ello antes de que se extinga

La obra fotográfica de este hijo de asturianos criado en Brasil no deja jamás indiferente. Sus modelos tienen algo de los apóstoles de 'Viridiana', o de los cuadros más perturbadores de Juan Carreño de Miranda, el de la obscena versión de la fea vestida y la fea desnuda. Es la versión local de Diane Arbus, aquella artista que cámara en mano recorrió los barrios marginales de Nueva York en los 70. Eso sí que era de uf. Pero, en honor a la verdad, el propósito de la cita no es tanto a quién retrata, sino cómo lo logra, porque el centro de Barcelona es uno de los lugares más fotografiados del mundo (eso revelan los análisis de Instragram a través del sistema de geolocalización), sí, pero en esa enorme biblioteca mundial de imágenes apenas nunca aparecen los modelos de Sasha. No es por desdén. Es por eso del uf.

“El Xino es un ecosistema único en el mundo”, explica Sasha. Primero, porque está justo en el centro de la ciudad. En una escalera están los pisos clandestinos donde los yonquis compran y consumen la heroína  (tan ‘emprenedors’ son los camellos, que hasta les facilitan jeringas nuevas y cucharillas) y un par de puertas más allá está el piso turístico amueblado de Ikea, el restaurante de moda, el bar que sale en las guías. El Xino no es una favela. Tampoco es un gueto. Es, como dice, Sasha, un ecosistema inaudito, un plato agridulce, y en ese entorno él se mueve como un David Attenborough con cámara, una Fuji con aspecto de analógica metida en una bandolera que parece poca cosa. No intimida. Un truco de pillo.

LA NOVIA DE LA MUERTE

Una parte de su receta (primera conclusión tras tres horas de paseo y una decena de retratos a pie de calle) es que el trato es siempre de igual a igual, nunca por encima del hombro, tampoco con falsa humildad. En mitad de la rambla del Raval, mientras por detrás pasa una familia nórdica en bici, cosas de ese ecosistema único en el mundo, posan tres 'gatos callejeros', que tienen donde dormir, en una pensión, pero que como salón prefieren la calle. Uno de ellos, Quico, muestra los tatuajes manuales de sus pies, hechos como se hacían antes, con dolor. “Estoy cansado”, se lee en el empeine del derecho. “Yo también”, se tatuó en el izquierdo. Lo común, sin embargo, es que Sasha fotografíe el rostro, que el punto de enfoque sea la mirada. “Los ojos lo cuentan todo”. A ellos llega siempre tras una charla. Ese es el lubricante. Y a veces no hay ni siquiera foto, solo conversación, como cuando en la calle del Om aparece de forma inesperada Gilda Love, nonagenario/a cantante de antros del Raval, que así, sin más, quién lo ha visto y quién lo ve, recuerda que en sus años mozos fue legionario, “la novia de la muerte”, dice, con todos aquellos soldados y la cabra, “y también paracaidista”, con más de una veintena de saltos en el expediente.

Cada modelo es un historión, como Gilda Love, exlegionario, exparacaidista y, a sus 90 años, cupletista aún

Gilda Love es la Barcelona que no retratan los turistas. Tampoco reparan en el sij que regenta el restaurante Maharajá, sentado en su propia terraza, tan serio que asusta, pero, según Sasha, un tipo encantador. Ni en Asunción, que hace cola con aire desganado frente al comedor social, pero a quien cuando posa en mitad de la calle se le iumina la cara.

Un día, asegura Sasha, el barrio chino dejará de existir. Pero es tozudo y se resiste. Años y millones de euros de inversión no lo han parquetematizado como, por ejemplo, al vecino Gòtic. Pero algún día la moneda caerá del lado de la gentrificación, seguro. Entonces quedarán las fotografías de Sasha, como un álbum completo de cromos de una época que, parece mentira, pero es la actual. Porque el chino, el 08001, aunque los barceloneses vayan poco o nada, aún existe.