Un plató a la carta

La atmósfera de la oficina central de Correos ha seducido a cineastas para rodajes de época

La sede central de Correos, con el lucernario de la Casa Granell i Rigalt. / JOAN CORTADELLAS

La sede central de Correos, con el lucernario de la Casa Granell i Rigalt.
Vistas desde la azotea de Correos.

/

3
Se lee en minutos
OLGA MERINO / BARCELONA

La oficina central de Correos tiene un aire chejoviano. No por lo rusa, desde luego, sino por la atmósfera, por el velo sutil con que el grandísimo Antón Chéjov sabía recubrir sus escenarios, de manera que espacio y personaje acababan confundiéndose. El uno se empapaba del otro, y viceversa. Algo de eso ocurre en el edificio que reina en la plaza del negrero Antonio López: ya sea por la luz cenital filtrada desde la claraboya, por los ecos catedralicios -las toses reverberan como en las misas peñazo de la infancia-, o por los suelos de mármol, enseguida se apoderan del visitante el deseo de enviar un telegrama en vez de un wasap o la sensación de que podría cruzarse en cualquier momento con un caballero antiguo, de otra época, tocado con sombrero Fedora y gabardina. ¿Se debe el hechizo a que ya nadie escribe cartas? En realidad, Correos funciona hoy como una empresa logística de paquetería. 

Es la única sede que conserva una capilla , justo en la estancia que había albergado los telégrafos para la prensa

Sea cual sea la razón, la atmósfera del recinto ha seducido a numerosos cineastas, y bajo su hermoso lucernario, una estructura de hierro y cristal salida de la casa Granell y Rigalt, el mismo taller que fabricó el vitral del techo del Palau de la Música, se han rodado secuencias de películas como 'Grand Piano', 'Anacleto, agente secreto' o algún anuncio de la Lotería, de cuando triunfaba el calvo interesante. Las escalinatas de la entrada o el 'hall' central, con su empaque señorial y las pinturas 'noucentistes', podrían colar perfectamente como una sucursal bancaria neoyorquina en tiempos de la Gran Depresión.

CUARTEL GENERAL DE FRANCO

También los pasillos interiores, de techos altos y puertas alineadas, darían el pego como internado de época, y en su día la BBC transformó el salón de actos en el cuartel general de Franco durante la guerra civil para una serie histórica, según explica Antonio Aguilar, empleado de Correos y doctor en Geografía Humana. Hizo su tesis sobre la expansión de la red de comunicaciones en Catalunya y conoce tan bien las tripas del edificio que está ultimando un libro sobre sus secretos.

Puig i Cadafalch y Domènech i Montaner  perdieron el concurso público para la adjudicación del edificio

Es la única sede de Correos en España que conserva un oratorio, circunstancia que no reviste en sí mérito alguno pero tiene su gracia: resulta que la estancia había albergado la sala de prensa con sus aparatos de telégrafo -agárrense: ¡los corresponsales debían mandar las crónicas en morse!-, hasta que la cruzada nacionalcatólica de la posguerra la transformó en una capilla cuyos reclinatorios lucen el escudo gremial, con el sobre y la cornamusa. En aquel tiempo, ay, todos los jefes eran del Movimiento y rezaban mucho.

Diseñado por los arquitectos Josep Goday y Jaume Torres, la construcción del edificio culminó en 1927, después de que los planos de otros 'cracks' hubiesen perdido el concurso público: nada menos que los de Domènech i Montaner i Puig i Cadafalch. Con una simetría perfecta, una mitad del edificio la utilizaba Correos y la otra Telégrafos, dos brazos de un mismo cuerpo que se llevaban a matar, como el perro y el gato. Más o menos como fotógrafos y plumillas, aunque lo nuestro, en el fondo, es amor del bueno porque no seríamos nada los unos sin los otros.

AZOTEA DE ENSUEÑO

Y aún queda lo mejor del inmueble. Después de ascender una escalera de caracol, con un ojo tan compacto como el de un faro, reciben al curioso una azotea de ensueño y unas vistas de 360 grados sobre la ciudad. Desde aquí se rodó el anuncio del perfume Le Male, de Jean Paul Gaultier, ese espot en que la proa de un buque rompe la corteza de asfalto para que el marinero pueda besar a la chica, apostada en un balcón de la Via Laietana. 

El torreón,  a unos 50 metros, ofrece unas vistas espectaculares sobre la ciudad

Noticias relacionadas

Desde hace apenas un mes, el Museu d’Història (Muhba) gestiona las visitas al edificio de Correos. Merece la pena; desde el torreón, a unos 50 metros, se entiende por qué Barcelona es mediterránea hasta las trancas. Allí abajo, en la marina de lujo, se distingue el yate del magnate ruso Alisher Usmánov, el dueño del Arsenal (por lo menos, el martes permanecía amarrado). Un capricho de 150 metros de eslora que devuelve a la sabiduría de Chéjov, a las perlas que sembró en su 'Cuaderno de notas': "Para nosotros [los rusos], el amor propio y la vanidad son europeos; la cultura y la acción, asiáticos".