El rey del porno

El Museu de l'Eròtica custodia copias de las tres películas X que mandó rodar Alfonso XIII

Sala de proyección del Museu de l’Eròtica de Barcelona, en la que se pasan las películas porno de la colección de Alfonso XIII.

Sala de proyección del Museu de l’Eròtica de Barcelona, en la que se pasan las películas porno de la colección de Alfonso XIII. / JOAN CORTADELLAS

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OLGA MERINO / BARCELONA

Ahora que andan a vueltas sobre la posibilidad de que el Cesid hubiese comprado con dinero público el silencio de la domadora Bárbara Rey, gran amiga de Juan Carlos I, la ocasión se antoja pintiparada para revisitar las películas pornográficas que mandó filmar el abuelo del emérito en el barrio chino barcelonés de los años 20. Tres copias de la soberana colección las tienen a buen recaudo en el Museu de L’Eròtica (Rambla, 96 bis), una muestra de que las licencias borbónicas se remontan muy atrás en el tiempo.

Allí, frente al mercado de la Boqueria, en pleno territorio comanche–guiri, se proyectan en sesión continua las cintas libidinosas de Alfonso XIII previa supresión de las partes narrativas: nada de planteamiento, nudo y desenlace, como sugiere el esquema argumental clásico, sino el turrón de las secuencias más explícitas. Y créanme que, salvo los juegos de varón con varón, las filmaciones muestran toda la panoplia imaginable de la coyunda, incluida una minuciosa aplicación de lubricante. Nacho Vidal no ha inventado nada.

Las filmaron los hermanos  Ramón y Ricardo Baños con prostitutas en el barrio chino de los años 20

Las tres cintas en cuestión, rodadas entre 1922 y 1926, se titulan ‘El ministro’, que plantea la compraventa carnal de favores en un despacho oficial; ‘Consultorio de señoras’, donde una mamá y su hija acuden a un especialista muy lujurioso; y ‘El Confesor’, un cura empeñado en acompañar a sus feligresas al éxtasis erótico.

Se trata de las primeras películas pornográficas rodadas en España, de una excelente calidad cinematográfica y muy avanzadas si se comparan con otras hechas en Francia por la misma época, a decir de Alexandra Emanuela Tataru, directora del museo. En abril, por cierto, el recinto celebra su 20º aniversario.

MODERNAS Y EXPLÍCITAS

Muy modernas, sí. Por explicarlo en corto, el mosén de la peli sale con toda la ‘carn d’olla’ al aire, cuando es muy probabl

El recinto tuvo que prescindir  de las sillas porque el respetable se apalancaba en la sala de proyección

e que hoy se armase una buena trifulca si algún titiritero tuviera la ocurrencia de incluir en su teatrillo a un obispo en semejante tesitura.

Según el historiador del cine Román Gubern, fueron los hermanos Ramón y Ricardo Baños —este último, autor de ‘Barcelona en tranvía, 1908’— quienes rodaron las películas por encargo del monarca a través del conde de Romanones, su mano derecha. Para más inri, la productora que se montaron los Baños se llamaba Royal Films y estaba situada en el número 7 de la calle Príncep d’Astúries.

Para el ‘casting’, los cineastas echaron mano de algunos amigos y prostitutas de las que entonces andaba bien surtido el Chino con burdeles como Madame Petit o El Chalet del Moro. Cuenta José María Zavala en el libro ‘Bastardos y Borbones’ que algunas cupletistas del Paral·lel rechazaron la oferta por las consecuencias policiales que hubiese podido acarrear el posado indecoroso y porque pagaban más bien poco: alrededor de 25 pesetas por sesión, el equivalente a 60 euros.

DESAPARECIDAS DURANTE 70 AÑOS

Las tres películas estuvieron desaparecidas durante 70 años hasta que unos coleccionistas las encontraron de forma misteriosa en el monasterio valenciano de Moncada. Luego, en 1991, la Filmoteca Valenciana las compró y restauró.

A estas alturas, ya no sabe uno qué resulta más apasionante, la leyenda que rodea a la colección —era mucho más nutrida, dicen, y el régimen franquista la destruyó— o bien los sucedidos que se encadenan dentro del museo. Si los turistas se las miran con la sonrisa torcida, como si vieran una película de cine mudo con Buster Keaton en pelota picada, es la parroquia indígena, sobre todo los jubilados, quien se entusiasma de verdad.

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Cuenta Alexandra que el museo tenía habilitada una salita de proyección con sillas de las que tuvieron que prescindir porque el respetable se apalancaba toda la tarde —cerraba la puerta incluso para mayor intimidad— viendo desfilar en bucle a izas, rabizas y colipoterras de una desbordante alegría cárnica.

Nada nuevo ni ofensivo bajo el sol. Solo que, cuando se rodaron las películas, acababa de producirse el desastre de Annual (Marruecos), con el general Fernández Silvestre a la cabeza, a quien Alfonso XIII había mandado un telegrama animándole a la ofensiva, un escueto mensaje que decía “Olé, los hombres”. Murieron casi 20.000 campesinos metidos a empellones en el uniforme militar. Y eso sí es pornografía moral.