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BARCELONEANDO

Mejor acumular postales que bidets

Oriol Vilanova muestra 27.000 imágenes en un acto de exhibicionismo en la Fundació Tàpies

Natàlia Farré

Oriol Vilanova, en un rincón de la Fundació Tàpies forrado con algunas de las 27.000 postales que exhibe. 

Oriol Vilanova, en un rincón de la Fundació Tàpies forrado con algunas de las 27.000 postales que exhibe.  / JOAN PUIG

"Suerte que colecciono postales y no bidets". Reflexión muy acertada la de Oriol Vilanova (Manresa, 1980), artista plástico, además de coleccionista. Treinta y cuatro mil postales caben casi en cualquier sitio. Como en su pequeño, minúsculo, apartamento de Bruselas. Una cantidad similar de bidets no se podrían embutir ni en todos los lavabos (14 o 15, depende de las fuentes) del casoplón de Isabel Preysler que tanto dio que hablar allá por los 90: Villa Meona, nombre que le quedó por el gran número de excusados que se hizo construir la reina de corazones. La broma de Vilanova viene a cuento por las 27.000 postales que expone en la Fundació Tàpies. Mejor, que cubren todas las paredes de los dos pisos del edificio. "Como si fueran una segunda piel". Y que "devuelven el olor a papel" a lo que antaño fue editorial: la Montaner i Simon.

Entrar es maravillarse por el efecto que producen, muy pictórico, y, sobre todo, es preguntarse por el trabajo hercúleo que ha supuesto engancharlas una a una. Todas en un sitio en concreto. Todas perfectamente alineadas. Y todas sin un solo agujero para su soporte. Veamos, las postales arribaron ya clasificadas en  siete cajas. Ocupaban un metro cúbico. Después llegaron los alumnos de la Massana para efectuar la 'performance' 'Montaje'. Y así, en una acción a puerta cerrada y de tres semanas de duración, las colgaron una a una: primero una chincheta, luego una postal y encima un imán para no perforar la imagen. Todas agrupadas por categorías. Y todas perfectamente localizadas por Vilanova. "Soy incapaz de memorizar una frase pero visualmente tengo todas las imágenes en la cabeza". ¿Una prueba? Durante el montaje alguien le dio una postal que supuestamente se había extraviado. El artista la miró y tuvo claro que no era suya. Acertó.   

SIEMPRE EN DOMINGO

La exposición, que tira más a exhibición por aquello del exhibicionismo de tanta imagen, lleva por título 'Domingo'. El nombre no es baladí. Vilanova invierte ese día, el supuestamente más improductivo de la semana, en buscar sus tesoros en los mercadillos de segunda mano. Lo hace de manera obsesiva y compulsiva, "casi enferma", desde hace 15 años. Empezó comprando libros en el mercado de Sant Antoni, y acabó adquiriendo postales que le inquietaban pero sin afán de hacerlas públicas. Hasta que se hizo artista. 

Ciudad que conoce, mercado que recorre. Su próximo destino: los de Londres. Ha sido becado con una residencia en la Delfina Fundation. La misma que sustenta Delfina Entrecanales, la hija del fundador de Acciona. Aunque sus preferidos son el Jeu de Balle de Bruselas y el propio Sant Antoni, al que va regularmente cuando está en Barcelona. El 11 de marzo el proceso lo hará a la inversa. Ha invitado a sus paradistas preferidos a montar sus puestos en la fundación. Cosas del arte contemporáneo. 

EL RITUAL DEL REGATEO

Vilanova no es de los visitantes más madrugadores. Suele ir sobre las diez de la mañana. Ni tampoco es de los que siempre compra. Para él "lo importante es el ritual". Eso incluye el regateo: "Si no me gusta como el vendedor teatraliza la negociación, no compro". No en vano los mercados son su taller de investigación: "La colección de postales es solo la excusa para ir. Me interesan por su teatralidad, por su economía, por el regateo, porque el valor de los objetos queda en un espacio de negociación. Es un ritual que no me salto esté donde esté". Compra lo que le llama la atención. Y repite. Su récord es una postal del Museu de Cera de Barcelona. La ha encontrado en multitud de ciudades: Praga, París, Madrid... 

En la Tàpies lucen agrupadas: gatos, arcos de triunfo, fuentes, restaurantes, jarrones, palomas, montañas, portales de iglesias... Y por colores. Estas últimas son las que marcan el ritmo, como si toda la muestra fuera una partitura. También las hay sin patria. Son las inclasificables, las que no tienen sentido. "Las inútiles", precisa. Aunque para él lo de menos es la imagen en sí y lo que esta representa. "Lo que me interesa es la capacidad que tienen de anularse como conjunto. La acumulación anula el cliché porque las imágenes se diluyen en la masa". Aunque no para él, que tiene memoria fotográfica.