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Irene Mensa: "Ahora a los enfermos se les exige que sean positivos, y si no lo logran, se culpabilizan"

La psicóloga del Vall d'Hebron afirma que la tristeza, la rabia o el miedo forman parte del proceso de duelo y adaptación

IMMA FERNÁNDEZ / BARCELONA

La psicóloga Irene Mensa, en el Vall dHebron.

La psicóloga Irene Mensa, en el Vall dHebron. / ALBERT BERTRAN

La psicóloga Irene Mensa atiende en el hospital del Vall d’Hebron a pacientes adultos con cáncer. Estima que entre un 30 y un 40% de estos enfermos presenta malestar emocional clínicamente significativo que requeriría de tratamiento psicológico.

–¿Los hombres también acuden? Sí, pero menos. Les cuesta más reconocer que necesitan ayuda y pedirla.

–¿Cómo afrontar el primer impacto? Depende de cada persona y de muchas variables, entre ellas el tipo de cáncer, el estadio de la enfermedad, la personalidad del paciente y el apoyo socio-familiar que tenga. Cada uno es único y la ayuda debe ser individualizada, según las necesidades. Nos adaptamos a la persona desde el respeto y la aceptación de lo que está viviendo y sintiendo. Les damos un espacio donde se sientan acogidos.

–¿Qué demandas aparecen? Algunas veces solo necesitan ser escuchados y acompañados. Otras son demandas más concretas, como la forma de informar de la enfermedad a un hijo o a un padre muy mayor. Hay casos que solicitan ayuda para afrontar la incertidumbre, los miedos o los cambios en sus vidas.

–¿Qué es lo que más les angustia? La gran incertidumbre. El no saber si se van a curar, qué efectos secundarios de los tratamientos van a tener, si van a recaer, si se van a recuperar del todo o si van a poder volver a trabajar. Muchos pacientes refieren que la enfermedad ha supuesto un “corte” en su biografía, sin saber si van a poder recuperar el tipo de vida que llevaban. Se enfrentan a una serie de pérdidas difíciles de asumir y que suponen un proceso continuo de adaptación. Les angustia el miedo al sufrimiento y a la pérdida de autonomía, y en definitiva el miedo a la pérdida de la propia vida.

–¿Cómo se manejan los pensamientos negativos? ¿Llegan muchos dispuestos a tirar la toalla? No he visto a muchas personas dispuestas a tirar la toalla, sino todo lo contrario, personas con ganas de luchar y de vivir. Eso no quiere decir que a veces atraviesen momentos de gran tristeza y agotamiento, o que alternen momentos de esperanza con otros de gran desesperanza, lo cual puede considerarse normal y esperable. Los pensamientos negativos, si no son obsesivos, hay que aceptarlos, no luchar en contra de ellos, y dejarlos pasar. Técnicas sencillas de meditación pueden ser de gran ayuda.

-¿Qué valor le da a la importancia de una buena actitud frente a la enfermedad? Últimamente se está mal entendiendo y sobrevalorando, o más bien dicho, parece que se esté exigiendo a los pacientes que sean positivos, optimistas y fuertes, la cual cosa, si no lo consiguen, puede generarles un gran sentimiento de culpabilidad. En la vida existe tanto el placer como el dolor, la tristeza y la alegría, lo positivo y lo negativo, y no podemos negar ni evitar ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario, deberíamos aceptar su existencia. Solo desde la aceptación se pueden dar los cambios. 

–¿Subirles el ánimo no es una prioridad? Las reacciones emocionales, como la tristeza, la rabia o el miedo, no deben considerarse negativas por sí mismas, sino que van a formar parte del proceso de duelo y adaptación. En cuanto a subir el estado de ánimo, a veces no es realista ni posible hacerlo. En pacientes al final de la vida, el objetivo sería ayudar a que esa persona pueda estar serena y en paz consigo misma y con su entorno. O en un primer impacto ante una mala noticia, tampoco se trataría de subir el ánimo sino de permitir y acoger ese impacto para que progresivamente la persona pueda asumir y elaborar esa mala noticia. Cada paciente afronta la enfermedad y la muerte como sabe y como puede.

–¿Cómo se les puede ayudar desde su entorno? El apoyo socio-familiar percibido por el paciente es un factor clave. Muchas veces los familiares y amigos no saben qué decir ni cómo actuar, cuando lo más importante es la presencia. Estar ahí a su lado, ofrecerse para lo que el paciente necesite, respetando su forma de actuar y sentir.

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