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La brecha al más allá de Poblenou

En este cementerio se piden milagros con más confianza que en Lourdes. Hay una tumba rodeada de ofrendas con una urna para peticiones sobrenaturales. Lo llaman "el Santet"

Ana Sánchez

Dina, junto a la tumba del Santet de Poblenou. Ella vivió en este cementerio durante 15 años.    / ELISENDA PONS

Dina, junto a la tumba del Santet de Poblenou. Ella vivió en este cementerio durante 15 años.   
Detalle de exvotos colgados frente a la tumba del Santet, ofrendas de cera en recuerdo de curaciones milagrosas. 
Uno de los 12 nichos llenos de ofrendas que rodean la tumba del Santet. Al fondo, un holograma de Cristo que abre y cierra los ojos según pasas por delante. 

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Aquí se piden milagros con más confianza que en Lourdes. No hay más que chequear las ofrendas de cera colgadas frente a la tumba que recuerdan curaciones milagrosas: hoy hay cuatro orejas, un brazo, una pierna, dos chupetes, un riñón... Por algo lo llaman “el Santet”. Su caso ha puesto los pelos de punta hasta a Iker Jiménez. Han venido aquí a grabar psicofonías y reportajes con banda sonora de peli de miedo. “Me consiguió el milagro”, repiten sus devotos como un mantra. Hay que garabatear la petición en un papel, introducirlo en la lápida -parapetada con un cristal y una ranura a modo de urna- y salir de allí por el lado derecho. Así -garantizan- funcionan estos milagros.

Es el difunto más visitado del cementerio de Poblenou. Tuvieron que despejar los 12 nichos que lo rodean para hacer hueco a las ofrendas. Se ha convertido en un santuario un tanto ‘kitch’. Junto a las flores y las velas, hay fotos enmarcadas de desconocidos más propias de un salón de casa junto a figuras de santos, ángeles, muchos niños Jesús, estampas de la Virgen, una inquietante holografía de Cristo que abre y cierra los ojos según caminas por delante, hasta hay un enanito Disney.

"Mi abuela decía que se veía al Santet a través de la grieta de la lápida”, asegura el dueño del bar El Santet, instalado frente al cementerio

Francesc Canals Ambrós, se llamaba este santo oficioso que ni siquiera es beato. Murió en 1899, con 22 años y 2 meses, detalla la lápida. Una grieta cruza el nombre en diagonal. La lápida se rompió poco después de su muerte –cuentan-, se reparó y se volvió a agrietar exactamente por el mismo sitio. Hasta la Wikipedia advierte de que si se mira fijamente la brecha se puede ver el más allá. Pero ni mirando con la intensidad de la niña de ‘Stranger things’ se llega a ver un triste mundo paralelo. Al menos a simple vista.

TATUAJES DEL SANTO 

“Mi abuela decía que se veía al Santet a través de la grieta”, asegura David. Es el dueño del otro Santet de los alrededores. Este hace milagros más prosaicos: vermut, tapas y copas. Con el nombre del santo local ha bautizado uno de los bares que hay a la salida del cementerio. Las tarjetas son estampitas con su cara y minibiografía («una muy buena persona», con «sueños premonitorios» y «facultades milagrosas» post mortem). “El nombre –justifica David- es un homenaje a Poblenou. El Santet es muy de Poblenou”. Uno de los clientes habituales del bar, un joven del barrio, lleva al santo tatuado en el muslo.

ELISENDA PONS

Bar El Santet, instalado frente al cementerio de Poblenou. Tus tarjetas son estampitas del santo.

“Se parece a Elvis cuando empezó su carrera”, compara Dina señalando la foto en blanco y negro de la tumba del Santet. “Antes le traían hasta comida”, hace memoria. Dina (Bernardina) Gracia nunca le ha pedido un milagro al Santet, pero sabe su historia de memoria. Pasea por el cementerio de Poblenou con soltura de andar por casa. Literalmente: creció en este cementerio. Su padre era el encargado. 15 años vivió a apenas seis metros de las hileras de nichos. Como en ‘Poltergeist’, pero sin efectos especiales. Ella se encoge de hombros. “Tengo más miedo de los vivos que de los muertos”.

Dina ha oído gritos que salían del cementerio cuando ya había cerrado: “¡Por favor, por favor, quiero salir de aquííííí!"

Dina puede decir sin cruzar los dedos que ha oído gritos que salían del cementerio cuando ya había cerrado: “¡Por favor, por favor, quiero salir de aquííííí!”. No eran espíritus, no –se ríe-, sino alguien que se había quedado encerrado. “Sobre todo en verano”, recuerda. “No se asuste”, le calmaba ella o alguno de sus seis hermanos. Y le indicaba cómo llegar al portón que da a la calle Taulat. “No sé si lo han cambiado, pero cuando yo vivía aquí, aunque por fuera no se podía abrir, sí se podía por dentro”.

ATAÚDES ARAÑADOS

En su casa se veían películas de miedo, sí, y también se hacían fiestas en el patio, y barbacoas. De muerte, se da por hecho. Y nunca les robaron, claro. “No se atrevían a entrar”, se ríe. “¿Tú tendrías miedo de vivir aquí?”, dice de carrerilla, ya acostumbrada a que le pregunten. Señala el jardín de la entrada que hay antes de llegar a la puerta de acceso a las tumbas. Ahí es donde daba su casa. “No se veía nada”. 

De su experiencia entre los muertos a Dina le ha quedado un humor negro hiperdesarrollado y una alegría que contrarrestaría a tres agoreros juntos. No cree en los espíritus, ni siquiera tiene miedo a la muerte. “Creo que hay algo más –añade-, porque si no, la vida sería un timo”. ¿Que si ha visto algo digno de ‘Cuarto Milenio’? “Mi padre, sí –contesta-. Vio ataúdes arañados por dentro”. Muertos vivientes de los de antes, de los que enterraban cuando aún no tocaba. “Por eso yo no quiero que me entierren”, se ríe. “Ya estoy harta del cementerio”.