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"Soy del Eixample, estoy en L'Hospitalet"

Detrás de cada mudanza forzada por el aumento del alquiler se descubren historias de amargura y desubicación

CARLES COLS / BACRELONA

Mercè Vega, frente a la finca en la que vivió durante 55 años, hoy un bloque de pisos turísticos.

Mercè Vega, frente a la finca en la que vivió durante 55 años, hoy un bloque de pisos turísticos. / JOAN PUIG

Mercè Vega vivió durante 55 años en Sant Antoni, el último barrio de moda, la porción del pastel de Barcelona en la que ya se han fijado los inversores internacionales, porque lo inmobiliario vuelve a ser un buen refugio para el capital. Al precio actual de los alquileres, un rendimiento así no lo ofrece ningún banco. La última noche que durmió allí fue la del 13 de noviembre del 2014. Recuerda la fecha, como el ruido de la puerta cuando se cerraba o el paso del autobús por la calle de Calàbria. Se tuvo que mudar porque no le renovaban el contrato del alquiler. El suyo es un ejemplo ilustrativo de desahucio invisible, de los que no salen en la prensa porque no hay ni policías ni activistas de la PAH. Es un ejemplo de la pérdida de población nativa de Barcelona. No solo dejó el barrio. Administrativamente, también dejó la ciudad. Encontró un piso a la medida de su economía doméstica en Santa Eulàlia, en L’Hospitalet. Eso queda cerca. “Menos de 10 minutos en moto”. Emocionalmente, sin embargo, le queda muy lejos. Es como esos olivos centenarios que de repente se ven trasplantados en una finca de la costa, que si pudieran seguro que pensarían: "¡Qué aceitunas hago yo aquí!"

Uno nunca deja de ser de las calles en las que jugó de niño, aunque las leyes del mercado pretendan lo contrario

El caso de Mercè es perfecto para contar esas pequeñas cosas en las que no se repara cuando se hace referencia a las consecuencias de la burbuja inmobiliaria que parece haber regresado cuando no hace ni 10 años de la última. “Cuando me preguntan de dónde soy, aún digo que del Eixample, pero a veces aclaro que estoy en L’Hospitalet”. La diferencia entre los verbos ser y estar adquiere un matiz interesante. Uno nunca deja de ser de las calles en las que jugaba de pequeño, aunque en el caso de Mercè incluso eso le trae un recuerdo extraño, pues una de las niñas con las que coincidía allí, en las aceras o en el patio de entrada de una fábrica de artes gráficas del 66 de la calle de Calàbria, es la dueña de la finca de la que la echaron con esa glacial estrategia de no renovarle el contrato y punto. Todo el inmueble es hoy un conjunto de apartamentos turísticos. No se saludan.

LA ADAPTACIÓN

Santa Eulàlia no es mejor ni peor que Sant Antoni. Lo que ocurre es que, como es un destino forzado, se subrayan más las diferencias. “Me costó un año y medio asumir el cambio. Creo que mi hijo aún está en pleno proceso de adaptación”. Antes compraba en los colmados del barrio. Ahora, de lo poco que tiene cerca y a mano es un Mercadona y algún otro supermercado, un tejido comercial distinto. Una mudanza por gusto es una cosa. Una mudanza porque hay quien dice que las leyes del mercado las esculpieron en la cima del monte Sinaí es algo doloroso, que enrabieta.

Podría ser peor y podría echar en falta a sus vecinos de toda la vida, pero la causualidad ha propiciado que trabaje justo en la puerta de enfrente de donde vivió durante 55 años. Mercè es la responsable del acceso a un edificio municipal del número 66 de Calàbria. Por ahí pasan los vecinos del barrio y la saludan. Es la rubia de la entrada, casi una institución. Eso se lo concede su empático carácter. Pero estar justo ahí tiene su reverso. "Paso por delante de la que fue mi casa y siento pena". A menudo ve el entrar y salir de turistas con maletas. Eso duele. No por los visitantes, que ninguna culpa tienen de ello, sino porque sabe que lo que pasa en la que fue su escalera es la causa de la transformación que aqueja al barrio.

Ni tarot ni quiromancia, el futuro de miles de barceloneses está escrito en los anuncios de alquiler de piso

“Esto ya se veía venir. Había cerrado la peluquería de Floridablanca y la perfumería de Viladomat y…” Vamos, muchas tiendas. En su lugar, cada mañana levantan ahora la persiana esos establecimientos a veces algo impostados de gastronomía o de servicios para los visitantes ocasionales de la ciudad. Mercè tiene claro que Sant Antoni es cada vez menos el barrio tal y como lo vivió, pero eso no impide que lo eche en falta. Le gustaría volver, pero basta con entretenerse en mirar los portales inmobiliarios para intuir que eso no aparece en su futuro. Ni tarot, ni líneas de la mano. El futuro de decenas de miles de barceloneses, como Mercè, está escrito en los anuncios de alquiler.