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La ciudad de los manteles

El escritor Miquel Sen dona su colección de cartas de restaurantes, 1.100, al campus alimentario Torribera

Olga Merino

Cuenta un amigo mío, con mucha gracia, que podrían escribirse los anales de la ciudad atendiendo tan solo a los menús de los restaurantes, a los gustos y usanzas culinarias que han ido sucediéndose en las mesas. Hubo un tiempo, dice, en que los platos se servían anegados en crema de leche, hasta que medró sin tino la receta del rap a l’all cremat, reina absoluta de todas las cartas. Luego llegó la moda de los experimentos y ahora, ay, tras el pinchazo del espejismo inmobiliario, cuando nos creímos ricos, triunfa la tapa molotov, el picoteo asesino.

Viene el exordio a cuento de la estupenda colección de cartas de restaurantes del escritor Miquel Sen (Barcelona, 1946), cronista gastronómico de esta casa, atesoradas en razón de una por semana a lo largo de 35 años. Resulta que el Campus de l’Alimentació de Torribera, centro puntero en Santa Coloma de Gramenet, más arriba del Singuerlín, acaba de hacerse cargo del conjunto, un total de 1.100 menús catalogados por el bibliotecario Llorenç Garriga. Diez cajas.

Las 10 cajas de menús que atesoraba el cronista gastronómico son un retrato nostálgico de nuestro yantar y de establecimientos perdidos

Aunque el legado incluye ejemplares del mundo mundial y de todas las Españas, nos interesan, claro, los de establecimientos de Barcelona, donde el historiador encontrará la evolución de los precios —primero en pesetas y luego en euros— y cómo ha evolucionado la redacción de los platos, la estética y las costumbres. Abundan las curiosidades en el apartado barcelonés. Por ejemplo, las cartas sin precios de que disponía el Via Veneto para que las señoras no supieran el daño que estaban infligiendo a las billeteras de sus maridos y amantes. Y del mismo restaurante, una minuta para el recuerdo: la gran cena fin de milenio, servida el 31 de diciembre de 1999, que incluía una tacita de caldo de gallina en mitad de la madrugada festiva.

'CONFIESO QUE HE COMIDO'

Autor de una decena de obras, entre las cuales el último título es 'Confieso que he comido' (Kelonia, 2015), Miquel Sen comenzó a coleccionar cartas de restaurantes en sus inicios como crítico gastronómico de la desaparecida 'La guía del ocio', a finales de los 70, mucho antes de que irrumpiera el trampantojo culinario, la cocina desvinculada de la realidad social. Durante 14 años, también fue director del programa Cuines de TV-3

Hojear la colección que ahora custodia la biblioteca del campus Torribera, vinculado a la Universitat de Barcelona, supone un ejercicio de nostalgia involuntaria por la cantidad de restaurantes emblemáticos evaporados del callejero barcelonés, algunos con estrella Michelin. La crisis ha hecho estragos con los establecimientos que daban lustre al sector: Casa Leopoldo, Azulete, Florian, Finisterre, La Odisea, Jaume de Provença, La Orotava, La Dama o Eldorado Petit, de cuando se llevaban los creps flambeados y la sopa de cebolla gratinada. O Neichel. O Quo Vadis, en la calle del Carme, el de los resopones después de la función en el Liceu.

Sin quererlo, la vista se detiene en una carta del mítico restaurante Reno, fundado en 1954 para la burguesía de la zona alta con un sobrio diseño inglés a cargo de los arquitectos Alfonso Milá y Federico Correa (¿adónde habrá ido a parar su magnífico mobiliario?, se pregunta Sen). La minuta en cuestión data de 1980, cuando el menú degustación, “cazuelita de langostino, vieras y almejas” comprendida, tan solo costaba 3.800 pesetas; o sea, 23 euritos, lo que cobran ahora por una pizza mal cocida y unas cañas. La carta de postres se alargaba hasta las 28 delicias dulces.

El Via Veneto facilitaba a las acompañantes una carta sin precios, fuera la pareja oficial del señor o, con más razón, si era la querida

Algunos de los menús, como el de Drolma, llevan la firma del chef y una dedicatoria al coleccionista, quien tenía un plato a su nombre en el menú del también desaparecido restaurante Ara–Cata: vieras Miquel Sen, a 1.400 pesetas la ración.

Aunque lo de guardar cartas de restaurantes es una costumbre que va perdiéndose, Miquel Sen pone sobre la pista de otra estupenda colección, la del gastrónomo Néstor Luján. Ambos compartieron amistad, conocimientos y el preceptivo whisky de los jueves. Pero esta es otra historia, una crónica para la semana próxima.

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