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Canallas pero educados

Visita al bar secreto que han visitado De Niro, Woody Allen, los Chemical Brothers, Bono y Bruce Springsteen

MAURICIO BERNAL

Hay una mujer trepada en los altavoces escupiendo su melodía sobre el micrófono mientras la gente baila alrededor, mientras otros miran desde la barra, mientras alguien se pone una peluca, mientras elabora movimientos ambiguos sobre la pista, mientras se agolpa la gente en la puerta, mientras la mujer de la lista dice: "¡Tú no estás en la lista!", y persigue al que se intenta colar. Mientras circulan los besos y las copas, mientras unos se emborrachan, mientras otros miran, mientras se dedican las cortinas de terciopelo a colgar –rojas, por supuesto–; mientras giran las bolas de colores, mientras alguien en una esquina descubre enmarcados los 10 mandamientos del lugar. Entre ellos, el segundo, que dice: "El socio guardará silencio de todo lo que vea y oiga en el interior. La discreción será total. Lo que ocurra en el… allí se queda".

"El socio guardará silencio de todo lo que vea", reza uno de los mandamientos del lugar

Hay 10 mandamientos, en efecto, evocadores de los que bajó Moisés del monte Sinaí, pero el más importante es ese: lo que ocurre en el… se queda en el... El nombre no se puede escribir porque hacerlo atenta contra el espíritu del lugar; clandestino, dirían algunos; privado, prefiere el dueño. "Algo clandestino es algo prohibido, y nosotros no estamos prohibidos. La palabra que define esta casa es privacidad". En cualquier caso no es un lugar público. Se accede a través de un portal anónimo en la avenida Diagonal. Un hombre apostado junto a la puerta y al mando de un ordenador comprueba que el interesado está en la lista. ¿Está? Bien. Llama con un 'walkie talkie' a alguien que se supone que está arriba y dice: "Fulano de Tal, tres personas". Se sube por una escalera de edificio modernista como cualquier otra y se llega a una puerta de piso modernista también como cualquier otra. Y ahí se acaba la normalidad.

PROBLEMAS POLÍTICOS

"Me gusta la gente educadamente canalla", dice el propietario, lo cual es una sentencia que marca el perfil del lugar: educados y canallas. Hablamos de la noche, señoras, señores. Aquí no se viene a tomar el té ni a hablar en tono de voz de conversación británica ni a escandalizarse porque alguien se desmelena en la pista. ¡Sed canallas, educados! ¡Sed educados, canallas! La medida del estatus insólito de este lugar cuyo nombre no se puede escribir la dan acaso los nombres de algunos visitantes ilustres: aquí vino Bruce Springsteen después de un concierto; vino Bono, vinieron los Chemical Brothers. Por aquí se ha dejado ver Javier Bardem. Vienen políticos locales y deportistas, pero tienen –siempre– que ser educados; canallas pero educados. "A algunos políticos hemos tenido que pedirles que no vuelvan porque no han sabido comportarse, y como son políticos con algún poder, algún problema hemos tenido".

"A algunos políticos hemos tenido que pedirles que no vuelvan", dice el dueño

¿Cuál es el encanto de este lugar cuyo nombre no se puede escribir? Que está escondido, probablemente. Que tiene esa decoración de rojos y negros y terciopelos y un piano blanco conseguido en el trastero de un hotel de París. Que a partir de medianoche se sube al escenario esa mujer de pelo afro o cualquier otro grupo o cantante; que suena entonces ese soul, ese funk. Que hay un pronunciado ambiente de, caray, la noche. Que pasan cosas como esta: “Una vez estuvo cenando aquí Woody Allen. Porque a primera hora se puede cenar. Bueno, pues comiendo unas gambas se manchó los pantalones, y se creó un juego muy divertido de gestos, yo pensé que él necesitaba algo para limpiarse, pero él, sin decir una palabra, me dio a entender que quería que yo le limpiara”. Y ahí estaba el dueño, cepillando las partes íntimas de Woody. “Y me dijo: ‘Si algún día lo ves en una película, ya sabes que empezó aquí’”.

EL VIEJO BOB

Hace unos años vino Robert de Niro a rodar una película, y un día acabó en el lugar cuyo nombre no se puede escribir. Le gustó y vino casi cada noche. “Bob”, le dicen aquí. El viejo “Bob”. ¿Es un lugar para famosos, exclusivamente? “Qué va –dice el dueño–. El grueso de la gente es gente normal, y nos gusta que así sea”. Simplemente, hay que ser canalla. Canalla pero educado. Al que no lo es se le hace saber que no es bienvenido: cuando al final de la noche pide una tarjeta se le da una con un teléfono al que le faltan un par de números. Cuestión de sutileza. 

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