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Colau sopesa cinco alternativas para los delfines del Zoo de Barcelona

El experto que dio un portazo a la comisión que estudia el futuro del recinto desarbola ahora la soluciones planteadas

El recinto celebró en el 2012 el último parto en el delfinario, un alumbramiento que no se evitó porque el contexto era otro

CARLES COLS / BARCELONA

Delfines del zoo de Barcelona / RICARD FADRIQUE

El último parto en el delfinario de Barcelona tuvo lugar el 13 de octubre del 2012. Como quien dice ayer. Aquel día nació Nuik, hija de Anak, cubana madura, y Blau, padre primerizo. Aquel alumbramiento no fue el fruto de un embarazo no deseado. El Zoo de Barcelona dispone de un muy eficiente servicio de planificación familiar que pondría de los nervios al vaticano cetáceo si es que existiera. Han pasado solo cuatro años y el Ayuntamiento de Barcelona tiene ahora un problema. Bueno, de hecho, cuatro. Y los problemas parecen aún mayores cuando se les puede poner un nombre. Basta mencionar a Ulises y todos recuerdan que era una orca. Anak, Blau, Nuik y Tumay (este último un macho de 14 años) tendrán que dejar su hogar barcelonés antes del 2019. Cuatro delfines en busca de piso.

Lo primero, una aclaración. Nuik no fue el resultado de un error anticonceptivo. En el año 2012, los seis ejemplares que entonces exhibía el Zoo de Barcelona (dos emigraron en verano a Valencia) eran unas superestrellas para el público infantil. En aquella fecha aún realizaban los numeritos del aro y la pelota y otras gracias. En marzo del 2015, en coherencia con una ciudad que ya había vetado antes los números circenses con animales, se decidió que los delfines dejaran de hacer monerías y, también, que se merecían unas piscinas más espaciosas. Es indiscutible que a una velocidad insospechada, no hace ni un lustro, el sentir de los tiempos ha cambiado.

El zoo tiene un servicio de contracepción que sería el terror del vaticano cetáceo si lo hubiera. En el 2012 nació Nuik. Ahora es un problema

ADIÓS DECIDIDO

Lo segundo. El grupo de trabajo organizado por el Ayuntamiento de Barcelona para decidir el futuro del Zoo de Barcelona tiene una primera unanimidad sobre la mesa: los delfines deben salir de la ciudad. No es una decisión que se haya ya anunciado. La concejala de Ecologia, Janet Sanz, se ha comprometido a tomar una decisión antes de fin de año, pero de las cinco soluciones posibles que han analizado los miembros del grupo de trabajo (es decir, esa mesa que ha abandonado el mayor experto de España en cetáceos, Àlex Aguilar, porque el peso de las asociaciones animalistas es exagerado), la de conservar el delfinario está virtualmente descartada. Requeriría unas obras a contrarreloj presupuestadas en 10 millones de euros y, también, quedaría como un manchurrón en el expediente verde de los ‘comuns’.

Las otras cuatro soluciones, según los documentos del grupo de trabajo, son (1) enviar los delfines a otros zoológicos, lo cual éticamente es trasladar el problema de lugar; (2) mandarlos al Baltimore’s National Aquarium, parece que la opción preferida por Sanz; (3) jubilarlos en un santuario en fase de proyecto en Grecia, una quimera si se tiene en cuenta que las experiencias previas han sido nefastas; y (4) confiar los animales a la Fundación CRAM para que los aloje en una instalaciones pendientes aún de construir junto al aeropuerto de El Prat.

SEGUNDA CARTA

Formalmente hay cinco alternativas sobre la mesa, eso si se incluye la de que se queden en la ciudad. Cinco. Miel sobre hojuelas, parece de entrada. Aguilar no envió solo una dura carta a Sanz con su renuncia al grupo de trabajo porque entiende que el proceso es “defectuoso y falto de garantías”, sino que remitió otra en la que, a modo de herencia, desarbola algunas de las soluciones que tratan de impulsar los grupos animalistas.

Antes de decidir que los delfines vayan junto al aeropuerto estaría bien visionar 'The cove', cine documental 'gore' sobre lo que sucede en Japón

La primera galleta es para el proyeto del CRAM (Fundación para la Conservación y Recuperación de Animales Marinos). “Las instalaciones están ubicadas a 600 metros de la pista de despegue de la terminal 1 del aeropuerto de Barcelona. Entre las seis de la mañana y las 12 de la noche la frecuencia de despegues y aterrizajes es de unas 50 o 60 operaciones por hora”. Los delfines tienen un oido hasta siete veces más sensible que los humanos.

Vale la pena abrir aquí un espeluznante paréntesis para recordar lo que cada mes de septiembre sucede en la cala japonesa de Taiji, donde cientos de delfines son cazados para el consumo y donde los afortunados que se salvan son vendidos a acuarios de medio mundo a 150.000 euros la pieza. Hay un estupendo documental algo ‘gore’‘The cove’, que denuncia esa caza. Lo llamativo es la técnica que emplean para acorralarles en la cala. Con ruido, a golpes de martillo sobre una vara metálica. Les ensordece y les asusta.

ANTECEDENTES

Pues eso, que Aguilar previene contra la tentación de trasladar a los delfines junto a la desembocadura el Besòs. Por si eso no basta, recuerda que el CRAM ha sido objeto de quejas por “incidentes en los cuales la mala praxis, errores y negligencias· han dado pie a la apertura de expedientes informativos por parte de la Generalitat.

A la alternativa del santuario le dedica tres párrafos de un ‘crescendo’ demoledor. Recuerda primero que los ejemplares del zoo de Barcelona pertenecen a un linaje cubano y que su introducción en aguas griegas, aunque fuera en un espacio supuestamente controlado, iría en contra de las normativas europeas.

La UE y el sentido común desaconsejan introducir delfines cubanos en aguas mediterráneas

Subraya después que los delfines de Barcelona pueden ser portadores de enfermedades que no padecen porque han sido tratados veterinariamente toda su vida y que podrían contagiar a la fausa salvaje. Pretender que los delfines alóctonos y los autóctonos se mantegan a una distancia prudencial es no tener en cuenta su voraz apetito sexual, entre otras cuestiones.

El tercer párrafo que dedica Ballester a ese imaginado sangri-la es un recordatorio de las experiencias previas, en especial, una de ellas. Fue el santuario de Cala dels Calders de Cadaquès, que aprobó la Generalitat desoyendo los informes técnicos negativos y que acumuló denuncias entre los años 1993 y 1997. El estado de los delfines salud era deplorable. Se acordó su traslado a Costa Rica. Murieron allí en circunstancias poco claras.

En resumen, que Barcelona tiene cuatro problemas a la vista: Anak, Blau, Nuik y Tumay.

Cuando Ulises llegó a la edad del pavo

Barcelona tiene una larga tradición de apego a sus animales zoológicos. La hisoria comenzó con el primer elefante, L’Avi, que en realidad era una hembra. Lo de Copito aún está fresco en la memoria colectiva de la ciudad. Pero como  ahora el debate es el incierto futuro de los delfines, lo mejor es repescar la hemeroteca de Ulises, nada menos que una orca, que recaló en Barcelona en 1983 cuando el Rioleón Safari de Tarragona se fue a pique. Tenía dos años.

Fue un imán de público, como los delfines en general, pero también un icono. Que aquel coloso del mar cupiera en las piscinas del Zoo de Barcelona ahora incluso sorprende. El caso es que su traslado a un hogar más espacioso, al Sea World de San Diego era una crónica anunciada. Así fue. La relectura de los titulares de la época (mediados de los años 90) revela cómo aquello superó toda predicción. “Los nervios traicionan a Ulises en su adiós”. “Ulises descubre que es una orca”. “Ulises vive la edad del pavo”. “Ulises ya se gana los peces que come”. “Ulises engorda 500 kilos”.

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