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Los guiris del quinto

La artista colombiana Violeta Ospina ultima una exposición sobre los pisos turísticos

Olga Merino

“Benvolguts veïns i veïnes, l’Ajuntament de Barcelona treballa per garantir que l’activitat turística sigui compatible amb un model urbà sostenible…, Bla, bla, bla”. Así empieza la carta con que el consistorio bombardeó este verano los buzones invitando a los barceloneses a denunciar “actividades ilegales” en los inmuebles, una misiva firmada por la Direcció de Serveis d’Inspecció. A pesar de los resabios soviéticos del nombrecito y su llamada a la delación, resulta loable que las autoridades se hayan decidido al fin a  tomar cartas en el asunto, solo que la iniciativa llega demasiado tarde.

Podría contarles muchas cosas sobre los pisos turísticos. Podría hablar de las fiestas hasta las cinco de la mañana. Podría describir el patio de luces convertido en un vertedero donde arrojan colillas, rodajas de salchichón volante, los restos del mojito (vaso de plástico incluido) y arena, paladas de arena, de las toallas sacudidas cuando los guiris del quinto vuelven de la playa. En fin, podría referir incidencias mucho más graves, como si hubiese realizado un concienzudo reportaje de investigación sin moverme de casa.

El montaje da voz, dice Ospina, a las clases medias que se hacen un sobresueldo arrendando una habitación

COMO PARDILLOS

Resulta que mis sufridos convecinos y una servidora padecemos las consecuencias no de uno, sino de dos pisos turísticos, el primero legalizado --nos lo envainaron, como pardillos, al principio del principio-- y el segundo en vías de serlo por el método infalible del 'fait accompli'. ¿Qué hacer cuando el apartamento ya tiene marchamo legal? ¡Ay, con qué ligereza se dispensaron las licencias!

Con estas cavilaciones y el temor de que mis jefes me regañen por escribir un pliego de lamentaciones en lugar de una crónica, me encamino hacia el Poblenou para conocer a una artista colombiana que está ultimando un montaje sobre los pisos turísticos. Un trabajo que ha titulado 'Postals sonores' y se enmarca dentro del proyecto de JISER Reflexions Mediterrànies.

GUERRA DE ALMOHADAS

El encuentro sorprende a Violeta Ospina Domínguez (Bogotá, 1986), que así se llama la artista, aguja en mano, bordando palabras sobre algodón egipcio impoluto, en concreto el contenido de la carta consistorial que encabeza estas líneas, letra por letra. En otro lienzo, ha bordado la réplica que la plataforma de alojamiento colaborativo Airbnb hizo pública denunciando la ofensiva de las administraciones contra los pisos turísticos, en lo que supone, a su entender, un perjuicio a las “familias de clase media que comparten su casa”. 'Home sharing' llaman al invento.

Se hace difícil desentrañar los textos blanco sobre blanco pero, como están bordados con hilo fotoluminescente, podrán leerse en la más completa oscuridad cuando esté listo el montaje. En realidad, la artista está confeccionando fundas de almohada para simbolizar la invasión del espacio doméstico por un desconocido, el turista de ocasión. Pocos objetos habrá más íntimos que una almohada.

VUELVE EL 'RELLOGAT'

Ospina ha entrevistado a varios ciudadanos que han acogido en sus casas a visitantes foráneos y ha grabado su voces, sus experiencias y opiniones, sus sueños y pesadillas mientras los inquilinos permanecieron bajo su techo. De ahí lo de 'Postales sonoras' y las almohadas. Se trata de estudiantes y artistas sin un duro, pensionistas y parados, miembros de una supuesta clase media que sobrevive en esta ciudad cada vez más inasequible metiendo a un extraño en casa. Serían, por así decirlo, una versión posmoderna del 'rellogat' de los años 40 y 50.

La muestra, 'Postals sonores', se inaugura el próximo viernes en el Centro Cívic Fort Pienc

“No he querido --confiesa-- convertirlos ni en víctimas ni en héroes. Tampoco hay drama alguno; simplemente, me apetece hablar de realidades que nadie quiere ver”. La misma artista ha tenido que echar mano del subarriendo como alternativa laboral, porque desde que llegó a Barcelona, hace un par de años, no ha encontrado un trabajo lo que se dice real.

En general, las experiencias de sus entrevistados han sido buenas, salvo algún que otro roce y el caso de una pareja de turistas que pillaron tal cogorza que acabaron arrojando los colchones por el balcón. El problema, claro, sobreviene cuando el titular del piso se larga a casa de la hermana mientras se hace el sobresueldo. En su trabajo artístico, afloran también las empresas camufladas entre esas clases medias. ¿O acaso son la mayoría?

En fin, si la misión del arte es remover conciencias, provocar, hablar de lo que sucede en la calle, la polémica está servida. La exposición de Violeta Ospina se inaugura el 4 noviembre, a las 19.30 horas, en el centro cívico Fort Pienc, junto con los montajes que hayan realizado también otros dos artistas residentes en JISER, la tunecina Nourhene Ghazel y el argelino Lyes Karbouai (LMNT).