La casa del rabino

La empresa ARC Properties rehabilita el edificio de la calle Marlet 1 reconvertido en viviendas de lujo

En la velada se solapaban los acentos foráneos entre la concurrencia.

En la velada se solapaban los acentos foráneos entre la concurrencia. / ELISENDA PONS

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Olga Merino
Olga Merino

Periodista y escritora

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Sarao en el corazón de Ciutat Vella, una ‘rooftop party’ o fiesta en el terrado, como se estilaba en las verbenas preolímpicas, para celebrar por todo lo alto el fin de la rehabilitación del edificio situado en el número 1 de la calle de Marlet, en lo que fue la aljama o barrio judío barcelonés. Una velada, el miércoles, a la que asistieron arquitectos, agentes inmobiliarios y muchos señores trajeados. ¿Caras conocidas? La del expresidente del Barça Joan Laporta.

La casa en cuestión se construyó allá por 1820, y entre los derribos de la anterior estructura —Barcelona es un pastel de tortillas apiladas—, se encontró un sillar, una piedra con caracteres esculpidos en hebreo que los propietarios decidieron colocar en la fachada, donde había estado. Una lápida cuya inscripción dice: “Pía Almosna de Samuel Ha–Sardí: su luz arde eternamente”. Así se llamaba el docto rabino, médico por más señas, quien preparaba unos remedios muy requeridos por la comunidad judía y tenía habilitados en su casa un hospicio y hospital para pobres. Hablamos del siglo XIII, en el esplendor del ‘call’.

Los precios bajos  atraen a un tropel de inversores extranjeros al parque inmobiliario barcelonés

A un paso de la sinagoga mayor —una de las más antiguas de Europa—, el inmueble de Marlet 1 estaba hecho una ruina literal hasta que lo adquirió la inmobiliaria ARC Properties hace cosa de un año para acometer una reforma integral, desde los forjados hasta la cubierta, una obra que en su conjunto ha costado tres millones de euros, a decir del director de la compañía, el norteamericano Lane Auten. En los cimientos, cómo no, aparecieron vestigios romanos que han sido debidamente preservados.

BOLSILLOS PUDIENTES

Y de eso iba el evento, de presentar en sociedad a la novia: diez viviendas rehabilitadas de lujo, entre ‘lofts’, apartamentos y un par de áticos, diseñados por Lagula Arquitectes, una decena de refugios para bolsillos pudientes puesto que el más barato cuesta 630.000 euros. Tal como está el patio ahora mismo, bolsillos pudientes significa bolsillos extranjeros, y quizá por eso se solapaban los acentos foráneos entre la concurrencia a la ‘soirée’. La mitad de la promoción ya ha sido vendida a clientes alemanes.

Durante el ‘vernissage’ en la azotea, amenizado por un pinchadiscos de los que ponen música tranquila, de la que permite charlar, los camareros repartían delicias en bandeja —foie, jabugo de bellota, miniensaimadas rellenas de sobrasada—, unos canapés exquisitos que no se veían en los eventos capitalinos desde las vísperas del ladrillazo del 2007, aquel ‘tsunami’ que se llevó por delante 1,5 millones de empleos vinculados a la construcción.

Desde la azotea de Marlet 1 se contemplan unas vistas espectaculares sobre Barcelona, en cuyo ‘skyline’ destaca sobre todo una ausencia: la de grúas; se construye poquísimo o nada. En los últimos tiempos, la escasez de vivienda nueva y los precios excepcionalmente ‘bajos’ de la de segunda mano han atraído a un tropel de inversores extranjeros, gentes con ‘cash’, sobre todo norteamericanos, alemanes y suizos.

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Los corrillos de los cócteles suelen ser muy útiles para los despistados, y en uno de ellos se comenta que en el parque inmobiliario barcelonés los foráneos se llevan la palma. Según un estudio de la inmobiliaria Lucas Fox International Properties, los extranjeros compraron 8 de cada 10 viviendas de lujo en Barcelona en el 2015.

Es entonces, desde las alturas, cuando la cronista sufre un repentino ataque de melancolía al constatar cómo cambia la piel de la ciudad, la gentrificación, el proceso por el que una clase social de mayor poder adquisitivo sustituye a los vecinos de toda la vida, y la práctica desaparición de un empresariado ‘nostrat’ capaz de asumir proyectos de envergadura. Un ataque, en cualquier caso, pasajero, del que quizá tuvieron la culpa los colores tornasolados del atardecer entre la brisa que anunciaba lluvias. O un susurro de la hija del rabino, muy hermosa y fallecida a destiempo, cuyo fantasma, asegura la leyenda, se quedó habitando la casa.