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La Mercè se quita el corsé

El público responde con ganas a la arriesgada decisión de llevar la fiesta mayor al desconocido parque de la Trinitat

La Ciutadella repite como escenario principal, levemente beneficiada de la descentralización de la fiesta

Carles Cols

Un espectáculo circense, en el anfiteatro principal del parque de la Trinitat.

Un espectáculo circense, en el anfiteatro principal del parque de la Trinitat. / DANNY CAMINAL

Doce del mediodía en el parque de la Trinitat. No es ningún secreto que en los despachos del Institut de Cultura de Barcelona (Icub) había un cierto canguelo en los días previos. Llevar la Mercè a un parque que el 99% de los barceloneses no saben dónde está, es una decisión arriesgada. Pues eso, doce del mediodía y la grada de uno de los escenarios principales del parque, con vistas al lago, está tranquilizadoramente llena. El resto de rincones del parque, sin ser un hormiguero, están llenos de vida. A lo mejor la mayor parte del público son vecinos de la Trinitat Vella y de Baró de Viver, los barrios más cercanos. Tienen suerte. Los espectáculos programados, por estar ahí, en la frontera del término municipal, no son de menor calidad que los del centro de la ciudad. Si alguien desea saber qué se ha perdido el sábado en el parque de la Trinitat, que sepa que el domingo los artistas repetirán. Que la Trinitat repita como escenario en el 2017 dependerá del Icub. Será una decisión ya sin canguelo.

A la Mercè hacía años que Ciutat Vella le venía más como un corsé de Eric Stanton que de los Medici

El corsé, que en Europa popularizaron los Medici, se supone que es una prenda que estiliza, que proporciona una perfecta silueta. A la Mercè, sin embargo, el corsé de Ciutat Vella hace años que comenzó a venirle obscenamente ajustado, casi un complemento BDSM de aquellos que tan bien perfilaba a tinta Eric Stanton. La primera solución, que se demostró acertada, fue la conquista de la Ciutadella y del castillo de Montjuïc como espacios alternativos y fijos de la fiesta mayor, curiosamente, dos lugares concebidos para bombardear Barcelona más que para defenderla. La historia de esta ciudad a veces es muy rara. Ha sido bombardeada más veces por tropas españolas que por fuerzas extranjeras. La cuestión, por retomar el hilo, es que este año, en una decisión tal vez tan colauista como la elección del pregonero, la Mercè ha llegado a un lugar de entorno inhóspito, una suerte de cráter del Ngorongoro verde en mitad de una telaraña de autopistas y rondas de cincunvalación. Se llega en metro, eso sí. Mejor la parada de Trinitat Vella que la de Baró de Viver, aunque esta última, además de ofrecer un paseo por unas calles como sacadas de una peli de Jim Jarmush, permite disfrutar de un interesante mural en el que se explica la historia del barrio con bastante gracia.

VÍDEO: DANNY CAMINAL

Los entusiastas de la Mercè, que son legión, pensarán para qué porras ir allí, al parque de la Trinitat, si la Ciutadella, la plaza de Sant Jaume, el castillo de Montjuïc, el ‘correfoc de Via Laietana, las playas con sus conciertos y el piromusical de María Cristina son apuesta conocidas y seguras. Pues ahí van, a continuación, algunas razones.

RECOMENDACIONES

Wilbur, por ejemplo, un exgimnasta de competición (dice en su autobiografía en internet que llegó a ser campeón de España en su adolescencia), pero que en realidad siempre quiso ser payaso, meta que ha alcanzado holgadamente. Lo de ‘clown’, sin embargo, se le queda corto. Con aspecto de forzudo circense, realiza acrobacias que, para pasmo de la mitad del público, ponen a veces en peligro sus genitales. Logra conectar con los espectadores. Estos ríen con ganas, algo siempre muy terapéutico.

Otro razón para ir a la Trinitat. Que nadie se asuste, pero va de danza contemporánea. Para muchos espectadores de apetitos culturales omnívoros, esta disciplina artística es, pese a todo, como unas coles de Bruselas en el plato de un niño. En manos de la Cia. Moveo, de Poblenou, para más señas, es, sin embargo, un exquisitez. Su primera actuación tenía poco público tal vez, pero este estaba como hipnotizado, sobre todo un grupo de niños que se daban codazos unos a otros cuando dos de los bailarines, un chico y una chica, se dieron lo que en el cole se conoce como un morreo, primero en el suelo, ella encima y él debajo, pero después, en un más dificil todavía pocas veces visto en escena, de pie y danzando, sin despegar los labios. El siguiente cuadro, un hombre que se propone dejar el café, fue realmente muy estimulante.

LA LOTERÍA DEL RITMO

La Mercè 2016, en cualquier caso, se distingue, además de por esa afortunada descentralización, por la apuesta por la participación, por lograr que el público no sea un objeto pasivo. En esa competición nadie le tose desde luego a Olivier Grossetête, que con el puente de cajas de cartón que levantó en comandita con el público el viernes, el sábado ha levantado una expectación más mayúscula aún con un edificio mucho mayor en la zona de la cascada del parque de la Ciutadella. En el parque de la Trinitat, esa participación ciudadana, según se mire, tiene más mérito, porque una cosa es poner al público a unir cajas de cartón con cinta adhesiva y otra (hay que recordar que esto no es Cuba) poner a los vecinos de un barrio a bailar ritmos callejeros, como ha hecho la francesa Sonia Soulshine, prueba viviente de que esto del ritmo es algo muy mal repartido en la sociedad actual. A ella le sobra.

Esta fiesta mayor, tan circense, le hubiera encantado a Maximiliano II, que hasta tenía un Saltarín Real

La cuestión, en resumen, es que tras el inoportuno tormentón del viernes, la Mercè 2016 ha sido realmente el sábado ese circo de seis pistas que se prometió cuando se anunció la programación. El parque de la Trinitat estaba saludablemente transitado. Eso sí, en la zona de las barbacoas, que la tiene, estaban las familias de cada fin de semana a lo suyo, a yantar, como si no hubiera más fiesta que la suya. La Ciutadella estaba vibrante, pero puede que algo menos congestionada que en el 2015, por aquello de que definitivamente se ha roto el corsé. La plaza de Sant Jaume se ha llenado como siempre durante la jornada 'castellera'. Eso no cambia. Y luego está el castillo de Montjuïc, consolidado definitivamente como espacio consagrado al circo, un lugar al que, por alejado y mal comunicado, se va a pasar el día. El circo no es un expresión artística menor. Que se lo digan al emperador Maximiliano II de Baviera, que puso empeño en aprender a hacer cabriolas, algo para lo que no estaba especialmente bien dotado, pero tanto lo deseaba que se hizo con los servicios de un célebre acróbata de su tiempo, el italiano Archange Tuccaro, al que nombró, con carácter oficial, Saltarín Real. Tuccaro hasta escribió un libro que aún se puede comprar, ‘Diálogos sobre el ejercicio de saltar y dar volteretas en el aire’. Al ver a la excelente compañía La Contrebande en el foso de Montjuïc apetece echar un ojo a ese manual. Es una recomendación de propina.