29 oct 2020

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La disco, década a década

Los hechos diferenciales de cada decenio en la discoteca: salas quinquis, poder gay, la irrupción del éxtasis...

EL PERIÓDICO / BARCELONA

La icónica bola de espejos.

La icónica bola de espejos. / MARTÍ FRADERA

AÑOS 60

La rápida afiliación juvenil a la nueva alternativa de ocio de las discotecas supuso la progresiva desaparición de los bailes con orquesta que habían monopolizado este sector durante las décadas anteriores. "Aún así, en los años 60, todavía subsistieron algunos locales. Entre ellos Venus 2000CibelesSan Carlos ClubRialtoVerdiNiza y Bahía, con actuaciones en directo, que posibilitan a los grupos de música pop autóctonos presentar sus productos y dar satisfacción a sus fans", explica Miquel Barcelonauta, autor del blog 'Barcelofilia', que recuerda que algunos de estos locales simultanearon sesiones de música pinchada con las actuaciones en directo de grupos locales emergentes, como los Sírex, que arrasaban con 'La Escoba' y 'Que se mueran los feos'.

Entre las salas tradicionales y las modernas discotecas triunfaron los guateques, encuentros a media tarde los fines de semana en la casa particular de uno del grupo de amigos para bailar lo que sonaba en un tocadiscos, que en aquella época se llamaba 'pick-up'. Los vinilos solían ser 'EP' ('extended play') de cuatro canciones.

AÑOS 70

El fenómeno discotequero no tardó en extenderse a los barrios alejados del centro de Barcelona, donde abundaban los peines en el bolsillo trasero del pantalón y alguna que otra pelea de bandas. Eran locales sencillos que abrieron a finales de los 60 y vivieron sus días de gloria en los 70, como M'Lady en La Sagrera, Europa-78 y La Ruleta en Sant Andreu, Pussycat en Sants, Nostremon en Gràcia, Lady Pepa en Les Corts y Coconut en Verdum.

La otra cara de la moneda fue Bocaccio, un referente de la noche barcelonesa de finales de 60 y en los 70, frecuentado por escritores como Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, por el editor Jorge Herralde, el poeta Jaime Gil de Biedma y arquitectos, como Ricard Bofill, además de fotógrafos, actores, diseñadores y modelos. Se encontraba en la calle Muntaner, 505. Oriol Regàs, su fundador, explica en su autobiografía 'Los años divinos' que la primera canción que sonó fue 'Good vibrations', de los Beach Boys. "En la barra ya se servían gintónics, aunque el rey era el whisky, que algunos mezclaban con pastillas de Optalidón. Se bailaba en el piso inferior y arriba, se organizaban animadas tertulias".

AÑOS 80

En 1977 estalló la gran era de la música disco con Tony Manero (John Travolta) y su ceñido pantalón blanco bailando al ritmo de Bee Gees en 'Fiebre del sábado noche'. Y en los años 80, toda Barcelona bailaba. En la zona alta de la Diagonal, Bikini, después de una década de decadencia, revivió en 1985, cuando Kike Anzizu y Xefo Guasch la transformaron en la discoteca que reinó en el ligoteo de las noches de los años preolímpicos.

El canibalismo inmobiliario se zampó el local en 1990 para edificar el centro comercial L'Illa Diagonal. Seis años más tarde resucitó en una finca vecina en la calle Déu i Mata con gran calidad de sonido pero sin el espíritu mestizo que la consolidó.

Otro referente de esos años dorados fue Studio 54, en la avenida del Paral.lel. La macrodiscoteca que, ya desde el nombre, importara el espíritu libertino y festivo del local de Manhattan, con sesiones del pinchadiscos Raúl Orellana y luces, globos, confeti, gogós en jaulas, piscina y toro mecánico.

En los 80 abrieron las primeras discotecas gais de Barcelona, con horario casi de 'after' y más (Distrito Distinto) o menos (Martin's) 'heterofriendly'.  

AÑOS 90

A caballo de los 80 y 90 la música disco cedió el pasó en popularidad a una batería de géneros electrónicos de los que el 'acid house' sería solo uno más y que en España tuvo su derivada más psicotrópica en Valencia, con la llamada música 'bakalao', imposible de separar de la llegada del éxtasis. El caso es que aquella música encajaba mal en el diseño travoltero de las discotecas icónicas de los 70 y los 80. Nacieron así nuevos templos del baile, de mayores dimensiones, donde todo era pista. ¿Un ejemplo representativo en Barcelona? Sin duda, el Psicódromo de la calle Almogàvers, de breve vida con ese nombre (1989-1999), pero de eterno recuerdo para una generación. Allí el pinchadiscos ya no era el tipo al que se le pedía "pon unas lentas" o "pon a Gloria Gaynor". Era mucho más, un gurú, como Nando Dixcontrol, un malabarista capaz de maridajes a priori imposibles. Emergieron, pues, nuevos locales que eclipsaron la estrella de los establecimientos que dominaron la noche durante los años 80. Tempus fugit.

TRAS EL 2000

El auge de los afterhours en los 90 (en especial desde su ilegalización por parte del Govern en 1994) sumó varios lustros más de juergas bajo el sol siguiendo la estela de los míticos Big Nau, Hélice, Tijuana, Le Soleil... Tras el cierre de estos despuntaron las opciones en polígonos de Badalona o Viladecans, como el trepidante Souvenir cuya pista se abarrotó hasta el cierre obligado en el 2011, o el Merci. Incluso surgió una plataforma juvenil para reivindicar su legalización. En paralelo, los discjoqueis se propulsaban desde Eivissa como nuevos 'pop stars', con el fenómeno David Guetta a la cabeza, y cotizaban a precio de oro en toda sala en la que aterrizaban. Fueron años de extinción de la ruta de locales de diseño made in Barcelona y de masificación en las pistas de baile Lo ibicenco también se contagió con el apogeo de la Terrrazza, el club al aire libre que arrasó esos años en el Poble Espanyol, y aún sobrevive.

DESDE EL 2010

Los últimos años están marcados a fuego por la irrupción de la crisis y el macrodesembarco turístico. Precisamente, este último ha permitido la supervivencia de muchos espacios nocturnos después de que el consumo de alcohol en los locales bajase a menos de una copa por persona de media, según un estudio reciente de la patronal Fecalon. El desempleo juvenil y la generación 'nini' no cuadraban con los altos precios de las copas en la discotecas, que a su vez no pueden recortarlos porque se han visto muy tocadas por el IVA del 21% y porque la mayoría de gente no paga entradas sino que se apunta en listas de promotores de las fiestas que cada local programa según el día. El principal eje de ocio en la actualidad es el de Marina Village (con mucho turista, pero también de gran nivel adquisitivo) y la calle de Tuset. En Ciutat Vella los pequeños locales de antaño también resisten sobre todo gracias al viajero.