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Réquiem por Júlia

La célebre elefanta, estrella entonces del zoo, falleció durante la guerra el 12 de agosto de 1938

Olga Merino

Júlia, la elefanta que sabía recoger monedas con la trompa, y su cuidador, en el zoo de Barcelona.

Júlia, la elefanta que sabía recoger monedas con la trompa, y su cuidador, en el zoo de Barcelona. / ZOO DE BARCELONA

La Barcelona de la guerra y de la grisura que sobrevino después fue la ciudad del hambre, el racionamiento y los mininos convertidos en guiso; "dar gato por liebre", reza el dicho. Pues bien, en esas apreturas, en el año más duro de la contienda, falleció la elefanta Júlia, la estrella del parque zoológico. De tristeza e inanición.

La ilustre huésped africana, entonces muy jovencita, había llegado a Barcelona metida en una caja de madera, por vía marítima y procedente de Génova el 5 de mayo de 1915, un día en que, a decir de las crónicas, caían chuzos de punta. Se trataba de un regalo a la ciudad de Muley Hafid, el destronado sultán de Marruecos, en agradecimiento por haberlo acogido en su exilio de despilfarro, champán y cabarets.

Según la versión más plausible, el paquidermo murió por la falta de alimentos

Parece que Júlia Julieta —la sustituta de L’Avi, el primer paquidermo que había albergado el zoo— era un bicho listo. Cuentan que solía establecer con el público un juego consistente en recoger con la trompa las monedas que le arrojaban y cambiárselas a su cuidador por algarrobas. Todo iba bien, los críos la adoraban y se hizo tan popular que Àngel Guimerà y Amadeu Vives le dedicaron un himno que se cantaba en las escuelas municipales. Todo iba bien hasta que pasó lo que pasó.

BOMBARDEO O INANICIÓN

Julia exhaló su último barrito —lo siento pero esa es la onomatopeya de los elefantes— el 12 de agosto de 1938. Según una de las versiones, falleció a consecuencia de un bombardeo, después de que la esquirla de un proyectil le impactara en la cabeza. No habría sido de extrañar: la zona entre la Gran Via y el puerto, en cuyo perímetro se encuentra el parque de la Ciutadella, fue la más castigada por los ataques aéreos, sobre todo en el año aciago de 1938, y de hecho, ese mismo agosto, falleció un oso blanco a causa de la bomba que estalló al lado de su instalación; la explosión le partió el maxilar y la lengua. En septiembre, las heridas de metralla acabaron también con la vida de un dromedario. 

Resulta más plausible, sin embargo, que la elefanta muriera por falta de alimento. Como no debía de ser políticamente correcto mentar el hambre entre tanta penuria, el diario 'La Humanitat' recogió la noticia al día siguiente, bajo el título "Ha mort la Júlia!", pero disfrazando un poco las razones del óbito: "Havia perdut la gana i això féu que, dia rera dia, la seva còrpora enorme anés perdent corpulencia i força, fins que les cames li flaquejaren i es deixà anar per no aixecar-se més". Había vivido 23 años en el zoo barcelonés, en un chalecito de inspiración morisca.

Regalada a la ciudad por el exsultán Muley Hafid, sabía recoger monedas con la trompa

En condiciones normales, cuando la vida seguía su curso despreocupado y la gente tenía ánimo y dinero como para ir al parque de las fieras, llenar el buche del paquidermo tenía lo suyo. Según recogió Bernat Montsià en 'Les bèsties del parc' (1931), la simpática hembra se zampaba a diario "entre 30 y 40 kilos de paja, 60 de remolacha, 20 de avena y unos 5 de algarrobas". ¿De dónde diantre sacar tanto forraje en una ciudad asediada por la hambruna? Hasta la leche estaba racionada.

HAMBRE Y AVIDEZ

Para comprender hasta qué punto los barceloneses las pasaron canutas durante los años de la escasez, merece la pena la lectura del libro 'La batalla de l’ou. De quan passàvem gana' (1936-1939), del historiador Joan de Déu Domènech, un retablo de las triquiñuelas de los barceloneses para echarse algo al coleto. El título, por cierto, hace referencia a la campaña impulsada por la Generalitat, desde enero de 1937, para hacer frente a la carestía de huevos mediante la consigna: "cada balcó, un galliner". Hierbas conejeras y farinetes. Hambre, avidez, gusa, gazuza. De ese baile de arañas en el estómago nació Carpanta.

Cuando tropezarse con un nabo medio podrido suponía un golpe de suerte, ¿quién perdía el sueño por el bestiario exótico? Cuenta Emili Pons en 'El Parc Zoològic de Barcelona' (1992) que a menudo el camión de aprovisionamiento del zoológico se presentaba vacío en destino tras  la inspección a que lo sometían las “patrullas de control”. Así sucedió mismamente el 19 de diciembre de 1937, cuando el vehículo, hasta los topes de 'queviures', regresaba procedente de Agramunt: a la Ciutadella no llegaron ni las hojas del supuesto nabo.

No fue hasta 1944 cuando la heroína tuvo una sucesora llamada Perla. Pero esta es ya otra historia que algún día contará el 'Barceloneando'.Solo entre el 1 de abril y el 4 de julio de 1938, la falta de comida se llevó por delante a tres tristes tigres, dos leones, una leona, un dromedario recién nacido y dos panteras negras. Y a la pobre Júlia, parece. Lo peor de su historia no es la muerte por inanición, sino lo que me dispongo a escribir en este párrafo, que preferiría ahorrarme: sostiene Domènech, el historiador, que el cuerpo de la elefanta fue destazado y repartido entre las carnicerías de la ciudad; a la del Poble Sec le tocó una pata. El hambre no tiene miramientos ni escrúpulos.