Ir a contenido

Dolor de muelas municipal

Ayuntamientos tan antagónicos como el de Trias y el Colau se han dado de bruces con la complejidad del 'top manta'

Guillem Sànchez

Vista del Port Vell lleno de manteros, este domingo.

Vista del Port Vell lleno de manteros, este domingo. / JORDI COTRINA

Hace algunos años en Barcelona y en otras grandes ciudades europeas emergió uno de los muchos hijos no deseados de la globalización: el 'top manta'.

Aglutina varios defectos del fenómeno: la inmigración de personas pobres, el comercio ilegal o la competencia desleal. Con el paso del tiempo, todas sus expresiones registradas en Barcelona aprendieron a repartirse la ciudad. Comunidades como la paquistaní y la india se asentaron en el litoral de la ciudad y en zonas como el parque Güell. En las playas los ‘mojiteros’ se especializaron en brebajes insalubres para los bañistas y en el recinto de Gaudí en la oferta de bisutería y suvenires. En el centro de la ciudad, los dueños de la venta callejera ilegal -con el permiso de 'los lateros'- son los senegaleses, un colectivo que ha llevado al límite a gobiernos municipales tan antagónicos como el de CiU y el de Barcelona en Comú.

CHISPAS DE LA REBELIÓN

Hacia el 2010, los agentes de la Guardia Urbana observaron con preocupación que, a diferencia de lo que ocurría con otros colectivos de vendedores ilegales, los africanos comenzaban a rebelarse contra las actuaciones policiales. El resto de los ambulantes encajaban cada aprehensión como una parte del juego: entregaban el material, se llevaban una multa al bolsillo que jamás abonaban y se marchaban. Pero a los manteros senegaleses, que tampoco pagaban sus sanciones, les dolía demasiado perder su mercancía y, poco a poco, empezaron a luchar por ella. No solo huyendo, también peleándose con los policías si era necesario. El fardo que cargan a su espalda contiene material falsificado por el que han pagado en torno a 100 euros, una cantidad que a veces no estaban dispuestos a perder. 

Esas rebeliones dejaron los primeros casos de ciudadanos heridos al ser embestidos por manteros que huían de la policía y las primeras imágenes que la ciudad se apresuró a condenar: agentes de la Urbana forcejeando -a veces violentamente- con un vendedor senegalés que se resistía en plena calle. Policialmente surgieron las primeras dudas acerca de cómo abordar un problema que, con la ley en la mano, era sencillo: se trataba de una actividad ilegal y como tal debía perseguirse y erradicarse. Sin embargo, la realidad demostraba que la presión policial podía ser contraproducente, porque en los enfrentamientos había heridos, tanto manteros como policías o ciudadanos. 

Al cóctel de contradicciones se unió la presión del gremio de comerciantes, especialmente el de los vendedores ambulantes legales, los que pagan tasas por vender en la calle, pagan los impuestos del régimen de autónomos y pagan también el IVA de los productos que ofrecen a los turistas.

EL ESTALLIDO

La comunidad de manteros en Barcelona la conforman unos 200 africanos sobre todo de Senegal. Cada vez se organizan mejor para comprar el material falsificado. Mossos y Urbana ya han detenido a algunos que se habían erigido en suministradores para sus compatriotas. Uno de ellos era Mor Sylla, fallecido este verano en Salou al precipitarse por un balcón durante un registro policial en el domicilio que usaba como almacén para la reventa. Su muerte desencadenó violentos enfrentamientos de orden público en la población. Hubo numerosos heridos, vendedores y mossos.

Todas las intermitencias en la persecución policial -nunca escritas- han terminado diluyéndose porque la permisividad podría generar un ‘efecto de llamada’. Colau, convencida de que no se trata de un problema de seguridad, quiere reforzar el abordaje social para integrar a los manteros. Algo que hasta ahora no ha dado frutos. Actualmente se mantiene activo el plan Víctor-Alfa, que afronta la persecución de los manteros en tres fases: policías de paisano aprehenden el material por sorpresa, si los manteros huyen piden refuerzo uniformado y si se muestran agresivos acuden los Mossos para tratarlo como un tema de orden público.  

El ayuntamiento les ha echado del Metro, que usaban para moverse y para huir de la Urbana, e hizo lo propio del Port Vell, una zona de competencia portuaria sin apenas presión policial a la que han regresado a lo grande esta primavera. Precisamente ha sido una reyerta entre agentes y manteros en los aledaños del puerto, durante la cual un urbano fue violentamente golpeado con un palo en la cabeza, la que ha terminado de enfrentar al gobierno de Colau con su policía municipal. 

El conflicto lo tiene todo para hacerle la vida imposible al consistorio de Barcelona en Comú. La oposición les afea su pasado de activistas para denunciar su falta de contundencia con los manteros mientras por el otro extremo la CUP les acusa de traicionar sus ideales al perseguir a estas víctimas del sistema.