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Galería tan misógina como ilustre

El Museu Marès exhibe caricaturas de los prohombres barceloneses del siglo XIX

Natàlia Farré

Detalle de la exposición Caricatures de la Barcelona vuitcentista, con obras firmadas por Josep Parera donadas al Museu Marès. 

Detalle de la exposición Caricatures de la Barcelona vuitcentista, con obras firmadas por Josep Parera donadas al Museu Marès.  / DANNY CAMINAL

En la colección de retratos hay muchos apellidos con calle, pero ninguno de mujer

Cincuenta y seis personajes y 15 calles, dos varas de alcalde, 48 sombreros, 30 barbas, cuatro sables y ni una sola mujer. Es la galería misógina de ilustres que forma la última colección donada al museo de colecciones por excelencia, el Marès. Pero es que poco papel tenían las féminas en la vida política y económica del XIX. Y mucho, los 56 retratados, aunque lo suyo sería decir caricaturizados, que cuelgan hasta el 25 de septiembre de las paredes del centro: Manuel Girona, Joan Güell, Manuel Vidal-Quadras, Francesc Permanyer y Evarist Arnús, entre otros.

Prohombres de la ciudad relacionados con la industria, el comercio, la banca, el arte y la política que protagonizaron la renovación y transformación de la Barcelona de ese periodo. El de la ciudad que rompió murallas, agregó municipios y celebró la Feria Universal de 1888. Y que Joaquim Maria de Nadal Ferrer, cronista y nostálgico de la época, además de hijo de uno de esos emprendedores, el que fue alcalde de Barcelona entre 1896 y 97 Josep María de Nadal Vilardaga, coleccionó a principios del  XX y que ahora sus herederos han donado al museo.

Son obras firmadas por Josep Parera y coleccionadas por Josep Maria de Nadal 

Los expuestos citados, más otros cuantos, Nadal Vilardaga incluido, tienen calle propia y reconocimiento público. Poco o mucho viven en la memoria colectiva por los cargos que ostentaron o el dinero que cosecharon. Permanyer y Girona lucieron título de alcalde; Güell y Vidal-Quadras fueron los patriarcas de dos de las familias que más han marcado la vida cultural y política de la ciudad. Y Arnús, además de banquero y uno de los artífices de la Exposición Universal, dio apellido a una de las casas modernistas más conocidas de Barcelona. Algunos, como Rupert Santaló deben su fama directamente a la vía que lleva su nombre, pues esta se construyó sobre sus propiedades. Y otros, con los años, lo han perdido todo: popularidad, reconocimiento y posibles, pero no calle, como Lambert Fontanellas.

La familia Fontanellas, con marquesado incluido, llegó a ser la más rica de la ciudad, y una de las más acaudaladas de España. Pero la crisis, las malas alianzas matrimoniales y una vida de culebrón dieron al traste con su fortuna. Entre los episodios que más comentarios suscitaron en las reuniones sociales de entonces figura la desaparición de uno de los hermanos de Lambert, Claudi, en 1845. Un tarambana, según las crónicas. Su evaporación pivotó entre la marcha voluntaria a América y el secuestro involuntario con petición de rescate. Nada se supo de él hasta 1961. Reapareció. Pero resultó ser un impostor que acabó en la cárcel, y que acusó a Lambert de intento de envenenamiento. De ahí que en la caricatura que expone el Marès se le presente con una botella en la mano que se intuye es veneno.

PINTOR DISCRETO, DIBUJANTE EXCELENTE

Esta y el resto de retratos satíricos llevan la firma de Josep Parera (¿?-1902), pintor discreto pero dibujante excelente, al que la historia ha maltratado tanto como a los Fontanellas. Un personaje de más relieve de lo que parece, o dicen los manuales de arte, que fue pintor de cámara de Isabel II y del infante Sebastián Gabriel de Borbón, además de autor del retrato de Ramon Muntaner de la Galeria de Catalans Ilustres. Pero pese a su empeño, jamás destacó por su pincel, aunque sí por su lápiz, pues tan aburrido era con la pintura como agudo con la caricatura. Una técnica que empleaba por placer y con la que obsequiaba a sus víctimas.

La Sala Parés consiguió 51 de ellas.Las compró Joaquim Maria de Nadal en 1929 por 2.500 pesetas, algo que dicen no gustó nada a su esposa. Pero la nostalgia que sentía Nadal por esa Barcelona desaparecida pudo más que el precio. Nostalgia que compartía con su amigo Frederic Marès. El escultor la volcó en lo que llamaba su museo sentimental: la colección de objetos cotidianos burgueses que alberga el Marès y a la que ahora se suman las caricaturas de esos barceloneses ilustres que cautivaron a Nadal.

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