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12, rue de Isaac Albéniz

La finca que lleva 27 años sin pagar alquiler al ayuntamiento es pura escuela Bruguera

Ramón Vendrell

La finca del okupa convergente, al fondo, sobre la Via Augusta.

La finca del okupa convergente, al fondo, sobre la Via Augusta. / JOSEP GARCIA

La cienciología es una secta o religión minoritaria como cualquier otra, solo que 'pulp', no en balde su fundador, L. Ron Hubbard, fue escritor de novelas de ciencia ficción antes que mesías. La cienciología utiliza un artefacto llamado electropsicómetro para medir el estado mental de las personas. Si un electropsicómetro monstruoso hubiera medido el estado mental de Barcelona el domingo por la mañana habría salido un registro feliciano, una disposición poscoital derivada de la Liga ganada por el Barça y la renovación del vínculo eucarístico de Bruce Springsteen con la ciudad, una alegría solo comparable al día en que Pep Guardiola regrese y sea nombrado 'conseller' de Valores, eso sí que será un 'second coming'.

Pero habría habido en ese mapa beatífico una nubecilla de preocupación, situada exactamente sobre el número 12 de la calle de Isaac Albéniz, o el 10 de Tres Reis, que por ambas calles tiene entrada esta insólita finca esquinera del distrito de Sarrià-Sant Gervasi. El motivo de preocupación: tras 27 años sin pagar alquiler, los habitantes (que no inquilinos) del inmueble ven que se les acaba el chollo.

Ante la chapuza del consistorio, los vecinos tiraron 'pa'lante', un comportamiento más bien jeta pero humano

La historia la ha contado Toni Sust en este diario en dos artículos antológicos, 'El okupa convergente' y 'La comunidad del okupa Figuerola'. Brevemente: el edificio fue expropiado por el ayuntamiento en 1989 para la realización de un plan más tarde cancelado. El antiguo propietario renunció a recuperar la finca una vez quedó desafectada. El consistorio se olvidó de su nueva propiedad. Y los residentes no hicieron manifestaciones ante la sede del distrito para que se les hicieran nuevos contratos de arrendamiento sino que, bueno, se habituaron a su precaria pero también envidiable situación. Hasta que se ha sabido que uno de los vecinos ocupó tan pancho el otro piso de su rellano tras la muerte de sus moradores. El vecino en cuestión, Joan Figuerola, es a la sazón consejero de distrito de CiU y como político ha mostrado su indignación con la tolerancia del ayuntamiento con las ocupaciones de viviendas públicas en Sarrià-Sant Gervasi, un escándalo, tú.

EL HAMBRE Y LAS GANAS DE COMER

Figuerola al margen -bastantes problemas tiene ya el hombre después de que su ocupación haya destapado el pastel-, el caso es un monumento a la escuela Bruguera. Aquí se juntaron el hambre y las ganas de comer. Por un lado, la chapuza del casero, no otro que el ayuntamiento, esperemos que gestione mejor el resto de sus propiedades. Por el otro, el tira 'pa'lante' de los vecinos, un comportamiento más bien de jeta pero muy humano.

La finca está en una lengua de trama urbana atrapada entre la Via Augusta, la Ronda de Dalt y el parque de Joan Reventós, que tiene magníficos pinos. Los únicos viandantes que había en la zona el domingo por la mañana eran los indigentes que iban al centro de acogida de la asociación Assis, al lado del inmueble de marras. Los contados bares y tiendas estaban todos cerrados. Y del edificio no salía nadie a comprar un 'tortell' en la pastelería Foix de la plaza de Sarrià, un agradable paseo.

"El hombre que cobraba el alquiler dejó de venir. Y hasta ahora", resume un residente

BARRIENDO LA ESCALERA

Llegó por fin un vecino. Aunque no tenía demasiadas ganas de hablar con un periodista, resumió así lo sucedido: "Un día dejó de venir el señor que venía a cobrar los alquileres, siempre en domingo. Y hasta ahora". Explicó que su piso tiene 42 metros cuadrados y que alguna vez se había dirigido al ayuntamiento para preguntar qué pasaba con su vivienda, pero admitió que tampoco se había deslomado ante el muro burocrático, al fin y al cabo quien salía perdiendo no era él.

Tras el cristal translúcido de la puerta de entrada por Tres Reis se vio movimiento. La puerta se abrió. Era Figuerola, que estaba barriendo la escalera. No quiso hablar y su presencia puso fin a la conversación con el otro vecino, que se escabulló hacia el interior. Un rato después llegó otro vecino. Mientras abría la puerta tuvo tiempo de maldecir el momento en que Figuerola ocupó el piso y de pedir que no se le compare con él.