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El brazo incorrupto de Darwin

El Ateneu Barcelonès celebra un muy anglosajón combate entre evolucionistas y creacionistas con un ring de lujo, el arqueólogo y naturalista Jordi Serrallonga contra el dolor de muelas del Vaticano Krzysztof Charamsa

Carles Cols

El Ateneu Barcelonès tuvo la feliz idea de celebrar el jueves por la noche un muy anglosajón debate entre creacionistas y evolucionistas, ese tipo de lucha grecorromana intelectual que tan popular ha sido en el Reino Unido hasta que Richard Dawkins se dio cuenta de que al aceptar el reto administraba a sus contrincantes “oxígeno de respetabilidad” y, también, hasta que en diciembre del 2011 falleció Christopher Hitchens, una gran pérdida y quien, aunque ya enfermo, tuvo tiempo en noviembre del 2010 de vapulear a un cándido Tony Blair en un duelo sobre esta materia. Como la biografía política de Blair es extensa, se suele traspapelar a veces que fue durante su mandato y tras su conversión al catolicismo que el creacionismo puso un pie en las aulas británicas. O sea, que se merecía la tunda.

La última vez que el Ateneu se sumergió en este debate sufrió una dolorosa escisión, pero eso fue en 1877

De la defensa de Charles Darwin y su obra se encargó el jueves Jordi Serrallonga, arqueólogo, naturalista, explorador y, con ese currículo, ponente de la sección de ciencia y tecnología del Ateneu. Jugaba, pues, en casa, aunque, como él mismo se encargó de recordar, no siempre el Ateneu ha puesto buena cara ante la teoría de la evolución. En enero de 1877, solo 18 años después de la publicación de 'El origen de las especies', el profesor Pere Estasen, entusiasta darwinista, programó una serie de 30 conferencias en el Ateneu de entonces. El origen del hombre era el debate de moda. A Joan Mañé, director del 'Diario de Barcelona', le pareció una diablura que en las conferencias se hiciera “caso omiso a todo lo sobrenatural”. Convirtió el editorial del periódico en un púlpito. Lo que vino a continuación fue una escisión del Ateneu entre científicos y socios temerosos de Dios.

UN PODEROSO Y DELIRANTE LOBI

De eso hace 139 años, así que, ¿por qué Serrallonga echa ahora sal en aquella herida ya cicatrizada? Él mismo respondió. Porque el lobi creacionista es incombustible. Hace 10 años estuvo de gira por España. La Universitat de Barcelona, por ejemplo, se salvó de hacer el panoli cuando en el último minuto suspendió una conferencia con el tentador título de 'Lo que Darwin no sabía'. Basta echar un ojo al Atlas del Creacionismo que en el 2007 fue enviado anónimamente a las facultades de biología de medio mundo para ver que a este grupo no le falta ni dinero ni descaro.

Puestos a sembrar dudas, Serrallonga puso un hecho sobre el tapete de juego, y que cada cual reflexione. Recordó que en España no se ha estrenado aún en los cines 'Creation', una interesante biopic de Darwin, y sí, en cambio, y a lo grande, las delirantes y bíblicas 'Noé' y 'Exodus'.

Como contrincante, Serrallonga tuvo el jueves a Krzysztof Charamsa, excura y exoficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la moderna Inquisición, desde que en vísperas de un sínodo vaticano sobre la familia, el pasado octubre, salió del armario, reveló que vive amancebado con su novio Eduard y denunció el maltrato espiritual al que la Iglesia católica somete a millones de homosexuales. Al modernete papa Francisco se le puso aquel día cara de Antonio María Rouco Varela.

El arrojo de Darwin en 1859 no desmerece el de Krzysztof Charamsa hace medio año, cuando salió del armario en el Vaticano para pasmo del papa Francisco

Total, que hay que convenir que el debate no pintaba, de entrada, como los grandes combates de la historia entre creacionistas y evolucionistas. El más célebre fue el de 1860. El obispo Samuel Wilberforce, alias el 'Seboso', no midió bien sus fuerzas contra Thomas Henry Huxley, alias el 'Bulldog de Darwin'. El religioso le preguntó si descendía del mono por parte de padre o de madre. Las carcajadas retumbaron en las ancianas paredes de Oxford. Huxley contraatacó. No hay acta exacta sobre sus palabras, pero al parecer afirmó que, puesto a elegir, preferiría descender del mono antes que de alguien como el obispo, que malgastaba su capacidad intelectual en decir sandeces. La prensa dijo que 'Bulldog Huxley' ganó por K.O.

AÑO 4004 A.C,  A LAS NUEVE DE LA MAÑANA.

Tampoco estuvo mal el revolcón que en marzo de 1925 le dio el abogado Clarence Darrow a William Jennings Bryan durante el juicio contra un profesor de Tennessee acusado de enseñar la teoría de la evolución en clase. Uno de los grandes argumentos de los creacionistas es que, leída literalmente, la Biblia revela que la edad de la Tierrra no da cabida a la evolución. Así que Bryan afirmó muy solemne ante el tribunal que el mundo fue creado el 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo, a las nueve de la mañana. Darrow fue rápido y brillante. “¿Hora de la costa este o de la oeste?”. Victoria para Darrow.

La yenka vaticana no es un baile fácil. Juan Pablo II entreabrió la puerta a la reconciliación con Darwin. Benedicto XVI la cerró

Charamsa, las cosas como son, es un tipo encantador. Y más listo que Wilberforce y Bryan. De niño, en su Polonia natal le hicieron creer que el evolucionismo de Darwin era una invención de los comunistas para propagar el ateísmo por el mundo. Eso dijo. Pero a sus 43 años, y después de que le hayan quitado el alzacuellos como a Harry Faversham le quitaron su casaca azul en Las cuatro plumas, Charamsa no es una presa fácil en un debate. Respondió muy sinceramente un “no lo sé” cuando Serrallonga le preguntó cuál es la postura actual del Vaticano sobre la evolución de las especies. Para Juan Pablo II era “más que una hipótesis”, pero su sucesor en el trono, Benedicto XVI, retomó la tesis de que Dios es el informático que está detrás del software del genoma, o sea, el diseño inteligente, un eufemismo del creacionismo. El exinquisidor Charamsa (espero que me perdone, pero es lo que era) expuso en esencia lo que tal vez dirá la Iglesia en el siglo XXII o en el XXIII, que hay que dar la razón a Darwin, que su negociado es el del alma, no el del azar de la evolución. Echó mano en su bien trabada argumentación de algunos de los más influyentes teólogos del siglo XX repudiados por el Vaticano. Cosechó así algunos aplausos.

El epílogo perfecto del acto, sin embargo, lo puso una señora del público. Se presentó como teóloga. No dio su nombre. Vista la seguridad con la que Charamsa defendía que solo el ser humano entre todas las especies tiene alma, preguntó en qué momento de la evolución Dios consideró adecuado insuflarsela. ¿Lo hizo con Lucy? ¿Con el Homo habilis? ¿La tuvieron los neandertales? Titubeó. Punto pues para Serrallonga.

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