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Las rotondas vienen de París

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CARLOS MÁRQUEZ DANIEL / BARCELONA

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El invento de las intersecciones giratorias se atribuye al francés Eugène Hénard (1849-1923), arquitecto que trabajó para la ciudad de París, donde proyectó las primeras glorietas urbanas en 1907. Hay quien considera que el mérito corresponde al estadounidense William Phelps (1853-1945), que en 1903 propuso una solución de este corte alrededor del Columbus Circle de Nueva York. En cualquier caso, las rotondas nacieron hace poco más de un siglo, mientras que las plazas tomaron forma muchos siglos atrás, en la antigua Grecia. Las ciudades contemporáneas beben de los dos conceptos, uno por necesidad y el otro por voluntad, pero en muchos casos, como sucede en Barcelona, que se inspiró en la obra de Hénard, con un equilibrio más bien frágil.

Hénard fue un auténtico visionario. Llegó a plantear, ante el 'boom' de los vehículos mecanizados, que el tráfico se dividiera de manera vertical, esto es, que los diferentes actores de la movilidad circularan a distinto nivel: la parte superior, al aire libre, para el tranvía y los peatones, y por debajo, una planta baja invisible para el transporte de mercancías y la red de suministros de los hogares. En el subsuelo, el metro. Aquello no prosperó por costoso y técnicamente titánico, pero sí su propuesta sobre cómo resolver el encuentro de arterias principales. Este arquitecto partía de la base de suprimir o reducir al máximo el conflicto entre trayectorias. Fácil: se obliga a los vehículos a rodear un obstáculo, todos en la misma dirección.

PROBLEMAS PARA EL PEATÓN

Aquello, sin embargo, generaba un inconveniente a los peatones, obligados a realizar itinerarios más largos. Hénard volvió a tirar de imaginación y propuso -ahora sería motivo de cese plantearlo- crear pasos subterráneos para los viandantes. Es decir, los coches a la luz del día, y las personas, bajo tierra. Se descartó porque el subterráneo debía reservarse a otros menesteres, básicamente el metro. 

En 1907 se instauró la circulación giratoria en sentido único en dos plazas de la capital francesa: la de la Nación y la de Étoile (hoy denominada Charles de Gaulle). En esta última glorieta, a pesar de que en ella confluyen hasta 12 importantes arterias de París, los coches disponen de 40 metros de calzada, y los peatones, de 50. Nada que ver con el modelo implantado, por citar un ejemplo local, en la plaza de Espanya, donde más allá del lado de Fira de Barcelona, las aceras, con un asfalto de 40 metros, apenas alcanzan los 10 metros.