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Conciertos secretos

Sofar Sounds organiza acústicos en pisos en los que el público desconoce el cartel hasta que empieza la actuación. La entrada es gratis. "Aquí no cobra nadie"

Ana Sánchez

Joan Queralt, durante su acústico en un ático del Eixample en el último Sofar Sounds Barcelona.  

Joan Queralt, durante su acústico en un ático del Eixample en el último Sofar Sounds Barcelona.   / CARLOS MONTAÑÉS

“Carrer de Sardenya, 229”. Sin más. Es el "lugar secreto" que se recibe en el mail un día antes del concierto secreto. Es inevitable mirar la pantalla sin pestañear esperando que el mensaje se autodestruya a lo peli de James Bond. Pero no, ahí sigue. “20.15. Se ruega puntualidad”.

20.15. Día D. El portal está sitiado como si dieran wifi gratis. Dos veinteañeros bloquean la puerta con una lista en las manos como si estuvieran frente a una discoteca con fiesta privada. Das tu nombre, te tachan de la lista. “Ático”, susurran a lo estraperlo. El portero mira el desfile de desconocidos sin levantar ni una ceja. Tiene cara de haber visto más mundo que un policía secreta. Es la segunda vez que lo organizan aquí, dice ya resabiado.

“¿Y ahora qué se hace?”, pregunta una chica en el ascensor. Alguien da al botón del ático. Todos se miran con la complicidad de quien busca el mismo bar clandestino en plena ley seca. “Yo fui a un Sofar en Dinamarca”, dice un chico sacando pecho. Es el que se atreverá a llamar a la puerta. “Sofar Sounds”, arranca de golpe el secretismo un cartel junto al timbre. “Ding dong”.

Unas 1.500 personas se apuntan al Sofar Sounds Barcelona cada mes. Solo el 5% puede asistir al concierto

“Podéis pasar”. Abre la puerta una chica con sonrisa de anfitriona ejemplar. “Hay cervezas gratis”. Los recién llegados ponen ojos de Homer Simpson (¿cerveza gratis, ha dicho?). Entran y “¡guaaau!”. Tras la puerta, un ático de 400 metros cuadrados y terraza con vistas a la Sagrada Família y a la Torre Agbar. El resto de días, es un espacio de ‘coworking’ (Cloud, se llama). Hoy se ha añadido al salón un miniescenario.

Hay más barbas ‘hipster’ por metro cuadrado de lo que puede asumir un no ‘millennial’. La gente se pasea como si se hubiera colado sin querer en casa de Beyoncé: con curiosidad, sorpresa, emoción por si te pillan. Mires donde mires, todos sonríen. En la terraza, un pequeño puesto de ‘merchandising’ desvela al fin el cartel secreto: Joan QueraltCala Vento Los Nastys.

EN MÁS DE 240 CIUDADES

20.45. Los asistentes se sientan en el suelo como si estuvieran frente a una fogata. Roberto ejerce de presentador/anfitrión. Pide que levanten la mano los que vienen por primera vez. Casi todos lo hacen. “1.500 personas se apuntan cada mes -explica-. Solo el 5% puede asistir”.

Sofar Sounds es un “movimiento artístico -describen sus ideólogos- que ofrece la oportunidad de experimentar conciertos secretos en sitios poco usuales, como pisos”. Nació en Londres en el 2009. Se ha extendido por más de 240 ciudades: de aquí a Sydney. Su canal de Youtube acumula 167.000 suscriptores. Dos millones de personas están inscritas a las ‘newsletters’.

 

“Jugamos con el morbo de ir a una casa. No sabes qué te esperas”. Roberto -29 años, acento italiano- es uno de los cabecillas de Sofar Sounds Barcelona. Apenas son 5, 6 personas que trabajan, dice con la boca grande, “por amor al arte”. "Aquí no cobra nadie". Nadie paga, ni siquiera las cervezas (“cortesía de Moritz”).  

"Acercamos la gente a música diferente y damos a los grupos un público distinto”, explica Roberto

Hace tres años que empezaron a montar conciertos secretos en Barcelona. Ya han dado 30 acústicos con más de 90 bandas. Nadie sabe a quién va a ver tocar hasta que llega al concierto. “Acercamos la gente a música diferente y damos a los grupos un público distinto”, apunta Roberto. Ahora hasta se cuelan programadores y ojeadores de discográficas. “Nosotros descubrimos a El Último Vecino -dice orgulloso-, que ahora llena la sala Apolo”. ¿Lo que el cuerpo alternativo pide ahora? "Un festival secreto". Pero hace falta un presupuesto, dice, que no hay.

Roberto pide silencio. Y el público le hace caso. Habrá 90 personas. Coge la guitarra Joan Queralt. “Impresiona un poco”, dice mirando la habitación muda. A tan pocos metros, la complicidad es instantánea. “Es increíble estar en un concierto donde todo el mundo está o sonriendo o callado”, confiesa. Después de este folk hipnotizante, se sube Cala Vento (Joan y Aleix), más tímidos, pero igual de convincentes. “Tocarán en el Primavera Sound”, anuncia Roberto. “¿Cobrando?”, bromea un espectador. El rock garajero de Los Nastys cierra la sesión con el público bailando. Son casi las once. Los espectadores van abandonando el piso como llegaron: sonriendo. “Yo he venido 3 veces y nunca me ha decepcionado”, suelta Naiara. ¿El secreto de los conciertos secretos? “Vienes con cero expectativas y eso es guay”.