25 sep 2020

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PLAN MUNICIPAL de BARCELONA

Radares humanos contra la soledad de los ancianos

El proyecto barcelonés que implica a vecinos y comerciantes para 'vigilar' con una mirada sensible y respetuosa a personas mayores en riesgo de exclusión continúa su expansión

Rosa Mari Sanz

Las hermanas Glòria  (izquierda) y Raquel  Rivero, al frente de  la mercería Esmar, con buena parte de la clientela mayor. / RICARD FADRIQUE

Las hermanas Glòria  (izquierda) y Raquel  Rivero, al frente de  la mercería Esmar, con buena parte de la clientela mayor.
Laura Albéniz, a la derecha, charla con un cliente en el Bar Gelida del Eixample, donde una parte de la clientela son personas mayores del barrio que hace años que acuden.
Dafne Sicilia, en su farmacia de Diputació, 12.
Núria Hom, de la Xarcuteria Hom, otro punto de referencia del proyecto Radars.

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Humanizar los barrios recuperando el espíritu de proximidad de los pueblos, con respeto, sin intromisiones no deseadas, pero con una mirada sensible hacia las personas mayores que viven solas. Con esa finalidad nació desde el Ayuntamiento de Barcelona Radars, un proyecto muy apreciado tanto por los vecinos y comerciantes participantes como por los beneficiarios, barceloneses de más de 75 años que viven solos o acompañadas de otros mayores y que aceptan formar parte del programa.  

Todo comenzó hace unos años en el distrito de Gràcia. En relativamente poco tiempo se detectaron sendos casos de ancianos que vivían en grave situación de exclusión de los que los servicios sociales no tenían constancia, explican técnicos del programa.  Los cambios de las relaciones familiares y en el entorno vecinal obligan de alguna manera  a repensar y modificar el sistema tradicional de seguimiento. Esos casos sirvieron de detonante y los servicios sociales, que lideran este plan, reflexionaron sobre la necesidad de implicar a la comunidad para llegar a todas las personas a las que de forma habitual no llegan. Concluyeron poner en marcha Radars, que busca la implicación del barrio para cuidar en la distancia a los mayores más frágiles.

El programa empezó en el 2008 en el Camp del Grassot, hasta que en el 2012 llegó a ser una medida de gobierno y comenzó a expandirse por toda la ciudad. Actualmente ya son 29 los barrios que tienen esta especie de ángeles de la guarda que vigilan a cerca de 650 personas. Entre comerciantes y vecinos hay más de 2.100 implicados, además de más de 250 entidades. Cubren nueve de los 10 distritos. Solo falta ponerse en marcha en Sants-Monjuïc. 

La función de los implicados es sencilla: solo tienen que estar atentos a los abuelos y alertar si ven un cambio en su rutina o en su comportamiento

La función de estos vigilantes es sencilla. Únicamente tienen que mirar y estar atentos a las personas mayores del barrio por si detectan un cambio en su rutina diaria, en su comportamiento o incluso en su aspecto, si ven que no van tan arreglados o notan una falta de higiene. Por eso es primordial la participación de las tiendas de proximidad, aquellas que siguen frecuentando los abuelos tanto por la comodidad de la cercanía como por el trato más personal. El protocolo es claro: ante cualquier anomalía deben de llamar al teléfono de Radars, que conecta de inmediato con los servicios sociales.

Algo no muy diferente a lo que ya hacen muchos comerciantes. Como Laura Albéniz, del bar Gelida (en la calle de Urgell con la de Diputació). La novedad es que ahora saben adónde llamar y tienen la tranquilidad de que su alerta es bien recibida y canalizada. Ese bar, cuyas paredes guardan numerosos secretos de sus parroquianos desde hace 70 años, tiene entre sus clientes fijos a varias personas mayores que responden perfectamente al perfil de Radars.

DESORIENTADOS

Desde que se adhirió al proyecto no ha tenido ninguna alerta, cuenta, pero Albéniz explica que hace algún tiempo un anciano que iba a comer cada día empezó a despistarse y en alguna ocasión volvía a comer tres horas más tarde. «Teníamos que decirle que regresara a casa, que ya había comido. Le perdimos la pista y un día vino su compañera y nos dijo que se habían mudado al Clot y que no le encontraba, que venía al bar por si él había vuelto. No sé cómo acabó, supongo que le encontrarían», añade. También le viene enseguida a la cabeza aquella mujer que también comía a diario en el bar y empezó a frecuentarlo en horas raras, algún día incluso en pijama.

"No cuesta nada preguntarles  por los nietos o por cualquier cosa, son dos minutos que empleas y que valen muchísimo para ellos», explica Laura Albéniz, del bar Gelida

«Como esto es un barrio y nos conocemos todos teníamos el teléfono de la hija. Alguna vez la habíamos llamado, entreteníamos a su madre y ella venía a buscarla. En este bar sabemos el nombre de la gente», cuenta reafirmando la esencia de proximidad de Radars. «No cuesta nada preguntarles por los nietos o por cualquier cosa, son dos minutos que empleas y que valen muchísimo para ellos», prosigue. Albéniz destaca el anonimato del observador. Si ella da la voz de alarma la persona no sabrá quién ha sido. Por un lado, igual se sentirían intimidados, y por otro, quizá perdería un cliente. 

CONSENTIMIENTO

No obstante, el beneficiario de este plan sabe de antemano que participa, ya que debe dar su consentimiento a los voluntarios de Creu Roja que peinan los barrios buscando en escaleras y comercios a voluntarios para el proyecto. 

Relativamente cerca del Gelida se encuentra otro negocio frecuentado por mayores, especialmente mujeres: la mercería Esmar (Entença, 122). Las hermanas Raquel y Glòria Rivero, que la regentan,  también conocen a varias señoras a las que han visto dar el bajón, incluso una vez dieron la voz de alarma y los bomberos encontraron a tiempo a una vecina enferma en su casa a la que hacía días que no veían. «Somos un pequeño confesionario. Aquí te cuentan todo sin que preguntes», coinciden.

Otro comercio de proximidad es la Xarcuteria Hom (calle de Provença, 79), donde todo el personal está implicado. «Siempre hemos colaborado, aunque ahora es más cómodo y después de una alerta sabemos que nuestra llamada ha servido», cuenta Núria Hom, quien se plantea incluso en un plazo corto llevar comida preparada a casa de algunas personas.

Además de esta vigilancia, cada zona se hace suyo el proyecto, planifica y decide qué hacer para ser más sensible. De hecho, algunos comercios con un perfil de público alejado del objetivo de Radars, como la tienda de deportes Tot Porter (Calàbria, 252) o la escuela Helen Doron English (Còrsega, 92) se han sumado al proyecto. Porque no todo es vigilar, también se pueden organizar chocolatadas, grupos de compañía y corales, por poner tres ejemplos.

HUMANIDAD

Se trata de aprovechar lo que tiene cada barrio, como una biblioteca, un centro cívico o un casal, que pueden ser un buen reclamo para que abuelos más aislados socialicen. Es muy bueno animarles a salir  y vincularles a sus vecinos y los servicios próximos, consideran los técnicos de Radars. También se organizan mesas de seguimiento que se traducen en llamadas telefónicas periódicas a las personas beneficiarias para ver cómo se encuentran o sencillamente para charlar un rato o invitarlas a algún acto. Es una llamada amiga, no un servicio profesional. El plan, que emana humanidad a raudales, se ha exportado a otros municipios, como Igualada, Granollers y Mataró, y  todo parece indicar que seguirá su expansivo recorrido.

Más de 450 farmacias amigas

Últimamente la notaba más despistada, como ausente. La veía a diario, hasta que pasó una semana sin saber nada de ella. Como vivía en la misma finca en la que tiene su farmacia (Diputació, 12), Dafne Sicilia decidió subir a verla tras llamarla por teléfono y no obtener respuesta. Encontró a la anciana con la tele encendida, desorientada, sin saber ni la hora que era. Dedujo que llevaba horas sin comer. Decidió coger cuatro cosas de lo poco que tenía en la nevera y quedarse a cenar con ella. «Apagamos la tele, charlamos, le expliqué cosas de mis hijos y poco a poco parecía que iba entrando en horarios y recuperando la normalidad. La dejé con el pijama, a punto de ir a dormir, y avisé a una hija. Poco después ingresó en una residencia», explica esta comprometida farmacéutica sobre una de sus clientas, una mujer octogenaria, ya fallecida, que vivía sola. 
    Sicilia se sumó sin dudarlo al programa Radars cuando se lo propusieron, de hecho, siempre ha actuado como tal. Cuando el Ayuntamiento de Barcelona invitó al Col·legi de Farmacèutics de Barcelona a que colaborara, la respuesta del sector fue excelente. Ya son 458 las adheridas. El hecho de ser lugares de  confianza para los mayores les confiere un perfil idóneo para el proyecto, en tanto además de vecinos integrados en los barrios son agentes de salud. La colaboración de estos establecimientos ha dado un paso más y disponen de tres modalidades de participación: como radares básicos; como espacio de mediación entre los abuelos y los servicios sociales y como radar especializado, ayudando a revisar los medicamentos y preparando dosificaciones personalizadas, como ya hace Sicilia y otras muchos farmacéuticos. También les pueden recetar actividades, o sea, proponerles que acudan a charlas en centros del barrio, a sesiones de teatro o cualquier encuentro que les haga olvidar durante un rato la soledad en la que viven gran parte del día tantos ancianos en la ciudad.

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